aseguraba que las personas mas inteligentes de la ciudad eran Julio y «La Voz de Alerta».

Mucha gente decia del doctor que escribia un libro de razas comparadas. En el Banco de Ignacio se aseguraba que era homosexual. El subdirector le tenia, como siempre, por mason; el profesor Civil por un judio que esperaba el momento de meter mano sobre el primer filon de metal que apareciera en el Pirineo. Mateo le consideraba, simplemente, un agitador politico, con pretensiones de maquiavelismo, pero cretino como el solo, inferior al mas zoquete de los espanoles, y que en circunstancias politicas menos anormales ya hubiera tenido que largarse a Andorra o Francia.

En todo caso fue el primer ciudadano que leyo en El Democrata la noticia de que todos los acuerdos de la Comision de Seguridad habian sido ejecutados. Los leyo en la misma imprenta, antes de que el periodico fuera repartido. Con frecuencia iba alla a visitar a Casal, al que decia, viendole trabajar: «Con esas maquinas que tienen ustedes es imposible sacar periodicos en serio». Casal le contestaba: «En serio o no, las noticias que damos son importantes».

Era cierto. Las noticias eran importantes: encarcelamiento de don Jorge, de «La Voz de Alerta», de Rossello, por tenencia ilicita de armas. Encarcelamiento de Octavio y Haro por gritos subversivos y ofensas a la Republica. Disolucion de Falange e interrogatorio al jefe. Entrega del teniente Martin a la Autoridad Militar.

Ante estas noticias, los izquierdistas se frotaron las manos de gozo. Entre los derechistas cundio el panico. Todo el mundo condenaba el acto del teniente Martin, y el propio comandante Martinez de Soria, al enterarse de ello, lamento no ser general para arrancarle las dos estrellas de la manga; y por su parte Carmen Elgazu habia dicho: «Se necesita ser muy poco hombre para hacer una cosa asi en el cementerio». Sin embargo, nadie suponia que ello traeria consigo la detencion de otras personas, nuevos registros y la disolucion de Falange Espanola.

Laura habia quedado yerta al ver que los agentes se llevaban a su marido. «?No pueden hacer eso, no pueden hacer eso!» El dentista habia pedido unos minutos para cambiarse de ropa. Se puso su mejor camisa, la mejor corbata. Barbotaba los mas intraducibles insultos. Retardaba el momento de salir de la habitacion. Laura se le habia colgado al cuello y le decia: «?No salgas, no salgas!» «La Voz de Alerta» le dio varias instrucciones relativas a las joyas y valores de la casa. Redacto una nota para don Pedro Oriol. «Que la publiquen en seguida.» Finalmente, le dijo: «Te prohibo que tus hermanos intervengan en este asunto».

Don Jorge reacciono en forma distinta. Miro a los agentes y dijo: «De acuerdo. Dejenme despedirme de los mios». Llamo a su esposa, a todos sus hijos, y uno a uno fueron desfilando y dandole un beso. Nadie lloraba. Las dos sirvientas estrujaban el delantal entre las manos. Don Jorge pidio su hongo, sus guantes y su baston. Se dirigio a su hijo falangista y le ordeno: «Vete a buscar un taxi». Los agentes le hicieron comprender que tenian orden de llevarle a pie. Don Jorge dijo a su esposa: «Avisad al notario Noguer y que vaya a verme con el abogado».

Octavio estaba en Hacienda cuando los agentes fueron a buscarle. Apenas si nadie se dio cuenta. Solo el cajero, con quien siempre discutia. Mas tarde nadie lo lamento, pues todo el mundo le consideraba colerico y presumido. Solo su novia fue a ver a Pilar y se echo en sus brazos, creyendo que Matias Alvear podria hacer algo por el.

Haro le dijo a su padre, el guardia urbano: «Lo siento. Da parte a Mateo y llevame libros de Marina». Haro y Octavio se encontraron en el cuartelillo con Rossello, quien ya llevaba cuarenta y ocho horas en el. «La Voz de Alerta» y don Jorge se encontraron en la carcel con un gitano medio dormido en un rincon, y con un campesino de cicatriz en la frente que, por entre unos pajares, habia perseguido con una hoz a un hermano suyo.

En cuanto a Mateo, acababa de enterarse de la detencion de sus camaradas cuando los mismos agentes de la otra vez llamaron a la puerta. Les abrio la criada y al verles exclamo: «?Pasen, pasen!» Los agentes la miraron sorprendidos, temiendo que aquellas palabras ocultaran algo. Preguntaron por Mateo. Este salio al pasillo. Le entregaron una orden, que el muchacho leyo con atencion. Saco el panuelo azul y se seco la frente. Luego pregunto: «?Puedo sacar algo del despacho?» Los agentes contestaron: «Absolutamente nada». Mateo insistio: «?El retrato de mi novia…?» Uno de ellos repitio: «Absolutamente nada». Pero el otro agente intervino: «Puede usted sacar el retrato de su novia». Mateo espiaba todos los movimientos de los dos hombres. Finalmente dio media vuelta y regreso con el retrato de Pilar, que puso en la mesa del comedor. Entonces el agente de mas autoridad procedio a sellar el despacho. Don Emilio Santos acudio en aquel momento y contemplo en silencio la operacion del policia.

– ?Te vas con ellos? -pregunto luego a Mateo.

Este contesto:

– Supongo que si.

El agente dijo:

– No. Nada de eso. Tiene que presentarse usted mismo, a las ocho de la noche.

Mateo enarco las cejas.

– A las ocho tengo clase de Derecho.

El agente levanto los hombros.

– Lo siento.

Toda la tarde transcurrio en medio de gran zozobra. La familia Alvear estaba convencida de que Julio se quedaria con Mateo. Sabian que este defenderia sus ideas hasta el fin, y que protestaria por la detencion de sus camaradas. Pilar alternaba ira y llanto, y de repente exclamaba, refiriendose a Julio: «?Y pensar que ese hombre sube a casa y le damos cafe!» Matias Alvear procuraba contemporizar, pero el propio Ignacio estaba convencido de que Mateo ya no dormiria en su casa, e imaginaba a Pilar con un cesto en la mano, subiendo a la carcel a llevarle la comida.

Mateo no estaba tan seguro. Decia que si la intencion de Julio hubiera sido detenerle ya lo habria hecho.

– Lo que tenemos que hacer es pensar en otra cosa. Yo creo que tu, Ignacio, deberias ir a clase lo mismo, y excusarme con el profesor Civil. Tu, Marta, a Bellas Artes. ?Por que no? A ver si terminas de una vez el retrato de tu padre. Y Pilar que vaya a Comisaria a buscarme a las nueve. Vereis como saldre. De un humor de perros, pero saldre.

Pilar era la mas reacia al optimismo. Consideraba a Julio un monstruo y la sola idea de que pudiera detener a Mateo excedia a sus posibilidades de resistencia.

– Si a las nueve no has salido, ese barbaro me oira -decia-. Con una mujer no se atrevera.

Nadie comprendia que podria hacer Pilar. Dejaron que se desahogara, pero la situacion era penosa.

?En cuanto a Marta, era la que demostraba mas serenidad! Y suponia que en el fondo Mateo deseaba ser detenido, para acompanar a sus tres camaradas.

Decidieron seguir el consejo de Mateo. Cada cual iria a lo suyo. Esperaban con ansia el momento de separarse. Les parecia que algo hermoso se quebraba y que tardaria en volver. Pilar miraba a su padre como pidiendole que hiciera algo. Este no sabia que decir, pues comprendia que Julio estaba al margen de sentimentalismos.

CAPITULO LXXI

Cuando Mateo llego a la Jefatura de Policia el agente que estaba a la puerta le dijo que esperara y llamo al despacho de Julio. Al cabo de un momento, Antonio Sanchez asomo la cabeza. Miro a Mateo y dijo: «Sientese, por favor».

Mateo tomo asiento. En aquel instante daban las ocho en la Catedral.

A los diez minutos fue Julio en persona quien aparecio en la puerta.

– Pase, haga el favor.

Mateo entro en el despacho del jefe en medio de la mas exquisita correccion.

Cuando se hallo sentado ante Julio se dio cuenta de que le molestaba mas aun la presencia del extremeno Antonio Sanchez, que tenia los labios finisimos y delgados y una expresion sibilina. Permanecia de pie entre el jefe y el fichero.

Lo primero que le pregunto Julio a Mateo, ahorrando otro preambulo, fue si el teniente Martin pertenecia a Falange.

A Mateo la pregunta le sorprendio. Contesto:

– Pues… no.

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