Mateo sentia vertigo. Su postura y la expresion de Antonio Sanchez le daban vertigo. Julio aparto un momento el foco de luz.

– ?Por que causas cree usted que hemos detenido a sus tres camaradas?

Mateo arrugo el entrecejo.

– Pues… a Rossello, por tenencia ilicita de una pistola; a Octavio y Haro, por haber gritado «?Arriba Espana!»

– ?Como supone que les tratamos?

– Con correccion.

Julio abrio inesperadamente un cajon del escritorio y pregunto:

– ?Por que guardaba usted esto en su despacho? -Y saco un trozo de papel. Estaba escrito por el hermano de Mateo, detenido en Cartagena.

Al ver el trozo de papel, Mateo se puso serio. Julio lo desdoblo y leyo: «Es terrible estar entre cuatro paredes cuando hay tanto que hacer fuera. Tus noticias me han llegado bien. Continua».

– ?Que noticias? ?Que es lo que debe usted continuar?

Mateo no contesto. Julio, sin insistir, volvio a guardar el papel en el cajon.

– ?Su hermano es mayor que usted?

– Un ano mas.

– ?Ingreso en Falange cuando usted?

– Exactamente.

– ?Y que es lo que tiene usted que hacer fuera?

Mateo volvio a protegerse los ojos.

– ?Yo que se! -dijo, aburrido.

Antonio Sanchez se impaciento. Entonces Julio informo a Mateo de que en aquellos momentos se estaba efectuando un nuevo registro en su despacho.

Mateo le pregunto:

– ?Podria quedar yo en la carcel y mis tres camaradas en libertad?

– Eso incumbe al Comisario.

Julio consulto de nuevo la lista.

– ?A que atribuye usted que ningun obrero le haya ofrecido sus servicios?

Mateo contesto:

– A que aqui no nos conocen. En otras partes tenemos a muchos obreros afiliados.

– ?Y por que se alistan?

– Porque estan cansados de demagogia.

– ?Ustedes proponen Sindicato Unico?

– Sindicato Vertical.

– ?En que consiste eso?

– Seria largo de contar.

Julio medito un momento.

– Asi, pues… el resumen de su doctrina es: Hombre profetico, Partido Unico, Sindicato Vertical.

Mateo nego con la cabeza.

– No. El resumen de nuestra doctrina es: amor a Espana.

Julio se puso nervioso. El sonsonete le estaba fatigando. Se levanto y se reclino en la pared. Pero de repente noto que un inesperado sentimiento abria brecha en el. Penso en Pilar. Penso que Pilar queria a aquel muchacho que tenia delante. Y tambien penso en don Emilio Santos, con quien tantas veces habia jugado al domino en el Neutral. El hecho de que aquellas dos personas vivieran enteramente para el falangista impresiono a Julio de una manera subita y penetrante. Se reprochaba haber cedido a la tentacion de utilizar el foco de luz.

Mateo callaba. Se mostraba fatigado. No sabia que hacer con su panuelo: tan mojado estaba. Parecia absurdo, sentado en un taburete en el centro del despacho sin respaldo en que apoyarse, la mecha amarilla colgandole del bolsillo del pantalon.

Julio contemplo a Berta que habia llegado a sus pies. Entonces se acerco al falangista y le sometio a un interrogatorio de intensidad creciente. Y mostro estar enterado de todo cuanto habia hecho desde su llegada a Gerona, desde sus primeros contactos con Octavio hasta la reciente entrega del carnet a Marta Martinez de Soria y el telegrama a Madrid. «A las ordenes siempre.» Le pregunto que entendia por revolucion, por que hasta el momento se habia abstenido de la menor accion violenta. Por que llevaba dos semanas entrevistandose con un capitan de la Guardia Civil. Por que habia colocado al rubio ex anarquista de asistente del comandante Martinez de Soria. Por que le dijo por telefono a J. Campistol de Barcelona: «Absteneos de venir». Por que sus tres camaradas, al ser interrogados sobre el particular, se habian mirado entre si con estupor. Por que Octavio llevaba en la cartera una lista de personas de la ciudad encabezada por los Costa; por que Haro habia escrito en un papel: «El acento del doctor Relken no es aleman, es checo». Por que Benito Civil introducia con frecuencia su mano derecha entre los papeles personales de los arquitectos Massana y Ribas. Por que el hijo de don Jorge le habia dicho a un colono: «Necesitaria cien sacos vacios, altos de noventa centimetros». Donde habia visto Mateo que los pajaros disecados tuvieran una puertecita en el vientre, que se abria con solo tocarles una pata. Donde habia oido que un hijo le dijera a su padre: «Si, si, ya lo se. Pero nada importante se ha hecho en el mundo sin el empleo de la fuerza». Por que hablando en la Tabacalera de una remesa de habanos que tenia que llegar en noviembre, habia exclamado: «?Bah! ?Quien sabe lo que pueda ocurrir en noviembre!»

Julio le dijo a Mateo que al llegar noviembre no habria ocurrido absolutamente nada de particular. Tocante al escudo de la camisa, debia escoger entre quedarse sin escudo o sin camisa; y en cuanto al doctor Relken, no era aleman ni checo: era simplemente el doctor Relken, sabio arqueologo, aficionado a antiguedades.

Julio le dijo a Mateo que no bastaban un panuelo azul y un mechero de yesca para fundar una celula fascista en una provincia como Gerona, fronteriza, de gran responsabilidad. Hacian falta cierta experiencia, algunas canas e incluso simpatia personal. Tampoco bastaba con decir: «Me voy a Abisinia». Lo importante era ir; y en tal caso volver. De todos modos, que no se imaginara que una Jefatura de Policia era una tribuna dialectica. De momento, las acusaciones contra el eran concretas y era preciso que las oyera, pues a pesar de todo la Republica no negaba posibilidades de defensa a ningun ciudadano. Quedaba acusado de haber intentado fundar en Gerona una asociacion politica declarada ilegal en Madrid, de haber utilizado para ello menores de edad y de haberles repartido armas, de estar dispuesto a obedecer a jefes de esta Asociacion antes que a las autoridades gubernamentales, de haber confeccionado listas con miras a una accion de represalia, de participar en un movimiento clandestino de rebelion que se iniciaba y de haber entregado una carta al comandante Martinez de Soria, cuyo texto incitaba a este a tomar el mando de dicha rebelion en la plaza de Gerona.

Durante todo este discurso, Mateo habia continuado protegiendose los ojos con su mano. De haber oyentes, se habria esforzado en esgrimir argumentos; alla entendia que no valia la pena. Estaba fatigado. Lo que deseaba era la sentencia, conocer la suerte que le esperaba.

La violencia de la luz habia terminado por ocasionarle un vertigo tal, que a lo ultimo oyo a Julio como si la voz de este brotara del fondo de un parque con niebla. Ahora que se habia hecho el silencio, el vacio era mas intenso, mas doloroso aun. Tenia la sensacion de que esperaban algun comentario de su parte, unas palabras, la defensa que el Gobierno de la Republica no negaba a ningun ciudadano; pero no podia. De pronto se habia quedado absorto, contemplando estupidamente un objeto del escritorio, el pisapapeles, dentro del cual Julio, sin querer, habia desencadenado una nevada.

Mateo tenia la sensacion de que los musculos de su rostro se relajaban, de que alteraban su forma. La frente se le ensanchaba enormemente. Estaba seguro de que sonreia y por nada del mundo queria hacerlo en aquella circunstancia. La voz de Julio habia callado. No se oia nada.

De pronto le parecio oir ruidos de puertas que se abrian, de pasos. Y al instante unas sombras se irguieron ante el, amenazantes, ocultando la sonrisa de Antonio Sanchez. Eran hombres, que se dirigian a el, que acaso quisieran esposarle o llevarle quien sabe donde, acusado de tener un deposito de armas en el vientre de un pajaro disecado.

Mateo no pudo reprimir un grito de espanto, al reconocer, entre aquellas sombras, muy proximo a sus ojos, un objeto de su despacho que imaginaba lejos, un objeto agujereado, amarillento. Lo sostenian dos manos de venas rojas, que temblaban ligeramente: la calavera. La calavera de su escritorio. La hubiera reconocido entre mil. ?Que habia ocurrido, por que la habian llevado alli?

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