Entonces oyo claramente la voz de Julio, que le preguntaba:

– ?Reconoce usted eso…?

Mateo abrio los ojos. Advirtio con sorpresa que veia con claridad, que distinguia las formas. Una gran sensacion de alivio le invadio. Miro a Julio, y vio que este habia reclinado contra la lampara un retrato con marco. Reconocio en el retrato a Jose Antonio, que le miraba sin pestanear.

– Si, le reconozco. Me lo dedico en 1933, en El Escorial.

La gran sorpresa de Mateo fue que, a pesar de todo aquello y de la gravedad de las acusaciones, fue puesto en libertad. Julio subio a ver al Comisario y al bajar dijo:

– Bien, va usted a ver que no somos tan fieros como nos pintan. El Comisario dice que le soltemos. Asi que queda libre; en cambio, sus tres camaradas, de momento, quedan retenidos en el calabozo. De todos modos considerese en libertad vigilada. Tenga la bondad de no ausentarse de Gerona, y de presentase cada cuarenta y ocho horas aqui. El agente de servicio en la puerta tendra un libro de firmas a su disposicion. Ahora puede usted marcharse, y perdone las molestias.

Mateo se levanto, desconcertado. Las piernas le temblaban. Tenia la sensacion de que los ojos le hervian. Advirtio que la mecha amarilla le colgaba del pantalon y la introdujo en el bolsillo. Echo a andar en direccion a la puerta. Tropezo con un obstaculo imaginario. Luego recobro el equilibrio y salio.

No tenia idea del tiempo transcurrido. Vio que el agente de servicio no era el mismo. Aquello le hizo suponer que debia de ser muy tarde. Maquinalmente se toco la camisa y vio que el escudo le habia sido arrancado. Recobro la conciencia y una ola de indignacion le invadio. Los ultimos pasos hasta la puerta de salida los dio con su energia habitual.

Al llegar afuera vio inmediatamente unas sombras que se le acercaban: eran Pilar, Ignacio y Marta.

Las dos muchachas le asieron del brazo. El pregunto:

– ?Que hora es?

– Las diez. Las diez menos cinco.

Antes de continuar miro al aire. Sintio que Pilar, Ignacio y Marta le llevaban calle abajo. Habia un cielo rutilante, cielo de mayo, por encima de los tejados. Pilar le preguntaba:

– ?Que te han hecho, que te han hecho?

Mateo contesto:

– Dejemos eso; ya hablaremos.

Sentia el temblor de las manos de Pilar, asidas a su brazo. Miro a la muchacha. Vio sus brillantes ojos, su expresion dulcisima; percibio una gran atencion en todo su ser. Pilar le llevaba como el mejor tesoro recobrado, como defendiendole contra los transeuntes. Mateo sintio que amaba a aquel ser directo y sencillo. A pesar del peinado, poco elegante aquel dia, pues, segun dijo Pilar, tenia que lavarse la cabeza.

Al llegar a la Rambla, Pilar queria que subiera con ellos. -No, no. Me voy. Manana hablaremos. -Sube a casa. Yo misma ire a avisar a tu padre y vuelvo. Mateo dijo:

– No, de veras. Es mejor que vaya a casa. Ignacio opuso que era lo mas prudente. -Yo te acompanare. -Te acompanaremos todos -dijo Marta. Mateo pidio que solo le acompanara uno de ellos: Pilar. Pilar le agradecio la eleccion. Sus dedos presionaron una vez mas el brazo de Mateo. Ignacio dijo: «Manana nos contaras…» Mateo respondio: «Nada, ha ido bien». Marta le estrecho la mano. «?Arriba Espana!» El contesto: «?Arriba!» Mateo y Pilar echaron a andar.

Cruzaron el Puente de Piedra y tomaron la direccion del domicilio de Mateo. Habia una extrana calma en la ciudad. La temperatura era templada y dulce. Circulaban pocas personas. Pilar queria decirle muchas cosas y no le salian. Andaban muy despacio, ella con su cabeza reclinada en el hombro de Mateo.

Solo le pregunto, sin modificar esta posicion:

– ?Que eran unos paquetes que llevaban dos agentes que han entrado?

Mateo contesto:

– El retrato de Jose Antonio y la calavera. Pilar prosiguio:

– Te duelen los ojos, ?verdad?

– Un poco.

– Subire a prepararte algo.

– No, no hace falta.

Llegados frente a la casa, Mateo se detuvo. Sus dos manos retenian las de Pilar. Con sus ojos, que le dolian, miro los de la muchacha.

– Perdona, ahora tendras que regresar sola. -No importa.

Mateo prosiguio:

– Manana ire a veros despues de comer.

– De acuerdo. Por la manana te telefoneare.

– No, no. Es mejor que no lo hagas. Pilar callo un momento.

– ?No puedo hacer nada…? ?No tienes que darme ninguna instruccion?

– Pues… si. Espera un momento. Dejame pensar. -Inclino la cabeza-. Si. Vete a ver a Jorge y dile que manana pase por la Tabacalera antes de las doce.

– Entendidos.

Pilar deseaba que Mateo le diera un beso, pero este no lo hacia. Pilar se puso de puntillas y le beso en la frente. Mateo le devolvio el beso. Se despidieron. «Vete de prisa a casa.» «Ire despacio, pensando en ti.»

Mateo se disponia a franquear el umbral de la puerta cuando percibio una sombra en el balcon. Era don Emilio Santos. Mateo sintio una gran emocion en el pecho.

– ?Subes? -le pregunto su padre.

– Si.

Subio las escaleras apoyandose en la barandilla. Tenia ganas de abrazar a su padre cuando este le abriera la puerta.

No tuvo necesidad de llamar. La puerta estaba entreabierta. La cabeza de su padre aparecio tras ella. Don Emilio Santos le estrecho la mano e hizo: «?Chiiissst…!» Y cerro la puerta sin hacer estrepito.

– Tienes visita -le dijo en voz baja.

– ?Quien?

– En el comedor. Dos guardias civiles.

Mateo tuvo un sobresalto.

– ?Que quieren?

Don Emilio Santos dijo:

– No se. No creo que tengas nada que temer.

Mateo se miro al espejo del perchero y se compuso la corbata sobre la camisa azul. Dio unos pasos y entro en el comedor.

Los dos guardias civiles se levantaron al verle. Uno aparentaba unos veinticinco anos; el otro era bastante mayor, gordo y con cara de persona de gran fidelidad.

Mateo se les acerco. El mayor de ellos dijo:

– El capitan Roberto nos ha hablado…

Mateo los miro profundamente. Le parecio no equivocarse, leer sinceridad.

Contesto:

– Depende de vuestra capacidad de sacrificio.

CAPITULO LXXII

El Tradicionalista denuncio a los gerundenses que la colocacion de la bomba numero cuatro fue ordenada por Cosme Vila en persona, y que Murillo, ejecutor del atentado, aprovechando la confusion, se habia aduenado de una de las imagenes que cayeron a la calle y la habia vendido al doctor Relken, «quien la guardaba, junto con otras piezas, en la habitacion numero veintitres del Hotel Peninsular».

Don Pedro Oriol habia supuesto que la denuncia provocaria gran revuelo. Alguien comento en el Neutral:

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