Padilla, el mayor de los guardias civiles, parecia hombre experimentado y hablo de los inconvenientes que presentaria la ejecucion del acto.
– De eso hablaremos luego nosotros -dijo Mateo-. Pero no creo que sea demasiado dificil. Manana es sabado y en los hoteles hay mucho jaleo.
Jorge y Benito Civil vivian un poco ajenos al proyecto del Hotel, No pensaban mas que en lo suyo, en la cara que pondria el sepulturero al verlos entrar en el cementerio y dirigirse a las tumbas de Joaquin Santalo y Jaime Arias. «Creera que las diez rosas que llevamos son diez cargas de trilita.»
Padilla continuaba rascandose la cabeza.
– Hay otro asunto -dijo- del que no hemos hablado. -Miro a todos-. ?Que pasara luego…?
Todo el mundo cayo en la cuenta de que existian autoridades.
– A vosotros… nada -dijo el guardia, senalando a Benito Civil y a Jorge-. Nadie podra haceros nada por rezar un padrenuestro en el cementerio. A nosotros -continuo, senalandose a si mismo y a su companero, Rodriguez- tampoco. Vestidos de paisano no nos reconoce ni Dios en Gerona; y tanto mejor. Pero si pasamos a…
– Perdona -le interrumpio Mateo, al oir que nadie los reconoceria-. Es preciso que se sepa que ha sido Falange.
– ?Ya se sabra, hombre de Dios, ya se sabra! -exclamo Padilla-. Pero una cosa es que se sepa que ha sido Falange, y otra que se sepa que ha sido Padilla y Rodriguez, ?no te parece? -El guardia anadio-: En resumen: aqui el unico que peligra eres tu. -Se dirigio a Mateo-. ?Que haras luego?
Mateo hizo un gesto de impaciencia.
– ?Huy, no preocuparse por mi! Ya hablaremos luego de lo mio. Ahora lo que interesa es eso. Explicar a la gente el porque Falange ha llevado a cabo estas dos acciones. Naturalmente… el doctor dara mi nombre. - Reflexiono un momento-. Pero ademas creo seria preciso repartir unos folletos fijando nuestra posicion.
Rodriguez guino el ojo a la manera andaluza.
– Echarlos desde las azoteas, como hacian en Sevilla.
Padilla dio su conformidad al plan. Luego pregunto, cortando:
– ?Donde se imprime eso?
Mateo exclamo:
– ?Oh! Aun hay que redactarlo.
Marta se aparto el flequillo a uno y otro lado.
– Mi padre en el cuartel tiene
Mateo le pregunto:
– ?Estas segura?…
– ?Claro que si!
Padilla la miro. Se veia que en tal clase de asuntos desconfiaba de las mujeres.
– Muchas veces voy a ver a mi padre alli -explico Marta-. El
Mateo salio en defensa de Marta y dio la cosa por resuelta.
– De acuerdo -dijo-. Esta tarde tendras el texto.
– ?Cuantos imprimo? -pregunto la chica.
– Saca los que puedas.
Padilla insistio en saber que pensaba hacer luego Mateo.
– Piensa que Julio, tocandole al doctor…
Mateo se paso la mano por la frente.
– Si, claro… -admitio-. No se. -Luego anadio-: No tendre mas remedio que permanecer escondido en algun sitio.
Marta le miro presa de repentina emocion.
– Claro, claro -anadio Mateo. Se saco un pitillo y el mechero de yesca-. Adios, luz del sol.
Hubo un momento de silencio.
– Vamos a ver -propuso Padilla-. Tal vez el Rubio te permita quedarte aqui.
Mateo movio la cabeza. Luego hizo un gesto de impaciencia.
– ?Bueno! Dejemos eso ahora. Ya lo pensare.
Terminada la sesion llamaron al Rubio. El muchacho aparecio en la puerta de la cocina llevando en las manos el saxofono.
– ?Que pasa?
Al verlos a todos reunidos con tanta seriedad, revivio sus tiempos de conspirador anarquista.
– Menuda orquesta tengo yo aqui.
Mateo sonrio.
– Nos vamos -dijo.
El Rubio tomo asiento mientras algunos se levantaban.
– No vais a salir todos juntos, supongo.
– Nada de eso. -Mateo senalo a Benito Civil y a Jorge-. De momento saldran esos.
Jorge pregunto:
– ?A que hora lo del cementerio?
– Manana, a las cuatro de la tarde.
Mientras los dos muchachos se despedian, Rodriguez dijo, dirigiendose al jefe:
– Hay otro aspecto de la cuestion… Todo esto perjudicara a Octavio, Haro y Rossello…
Mateo guardo un instante de silencio. Luego dijo:
– No hay otro remedio.
CAPITULO LXXV
Cosme Vila habia anunciado la concentracion de militantes y adheridos al Partido Comunista para las tres y media de la tarde. La manana transcurrio, pues, con extrana calma. Nada de barricadas, ninguna coaccion. Los unicos huelguistas que se veian circular pertenecian a la hornada anterior, eran los hijos del Responsable. A las razones que estos tenian de desear reintegrarse al trabajo -cansancio, falta de reservas- ahora se unian las ganas de llevar la contraria a Cosme Vila. No obstante, el Responsable habia ordenado: «Aguantar firme. Todo el mundo sabe que fuimos nosotros los que abrimos brecha. Vamos a ver con quienes desearan tratar las autoridades, si con ellos o con nosotros».
Y, sin embargo, el Responsable vivia amargado. Eran malos dias para el. Tenia que resignarse a asistir al desarrollo de las maniobras comunistas. Lo mismo que en la noche de la Asamblea, aquella tarde el y Porvenir, instalados en un cafe, tuvieron que limitarse a contemplar las riadas de hombres con gorro de ferroviario y de mujeres que llevaban insignias del Partido de Cosme Vila, que iban agrupandose en la Rambla en medio del orden mas perfecto.
El Responsable decia:
– No pasan de quinientos tios.
Porvenir jugaba con una baraja entre las manos.
– ?No seas optimista! A estas horas ya nos doblan.
Y faltaban todavia sesenta minutos para la hora fijada.
A las tres y media en punto, en la Rambla no cabia nadie mas. Era una tarde bochornosa. Fue el momento en que aparecieron en el Puente de Piedra Cosme Vila, Victor, Teo y la valenciana. Cosme Vila se habia puesto por primera vez corbata roja, que llameaba al sol.
La multitud, al verlo, enmudecio. ?Quien iba al lado de Cosme Vila? Los mas proximos reconocieron al mistico orador de Barcelona, al que le faltaba un brazo. Su presencia emociono a todos. Aparecio un taxi descubierto, en el cual se habia instalado un altavoz. Gorki iba en el, de pie, y seria el encargado de transmitir las ordenes. Se veian muchos balcones cerrados, asi como muchas tiendas.
Gorki leyo ante el microfono una cuartilla escrita por Cosme Vila. Era preciso desfilar, en acto de protesta, primero ante la Inspeccion de Trabajo, por no haber sido aceptada la jornada de seis horas. Luego ante
