agresion. Reconocio al seminarista, a quien recordaba del Museo; pero no dijo nada y se volvio despacio al Hospital.
Cesar habia vencido su azoramiento de antano. En su casa habian imaginado que ante aquellos acontecimientos abriria las manos diciendo: «No comprendo, no comprendo». Y no era asi. Miraba las cosas cara a cara y reaccionaba en forma energica. Tal vez porque de noche dormia, porque de momento sus pies no se despegaban del suelo ni en las palmas habian brotado aun los estigmas.
Confeso que se alegraba de que el doctor Relken hubiese recibido unos coscorrones y cuando, en el Museo, la sirvienta al verle le pregunto: «?Quiere usted una taza de chocolate, Cesar?», el contesto: «Si, traigala. Me sentara bien».
La teoria de Cesar era identica a la de don Emilio Santos: el odio habia ganado a la ciudad, era preciso derramar amor por todos lados. Subir a los pisos, a las murallas, a la Catedral y derramar amor sobre la ciudad.
Encontro un aliado en mosen Francisco. El vicario le decia: «Nuestra mision es actuar como si tal cosa. Si nos prohiben esto, hacer lo otro o procurar hacerlo de otra manera. Si prohiben a la gente venir a misa, iremos a celebrar misa en los pisos. Hay algo que no nos pueden arrancar.» Y se toco la cintura, que un cilicio mas penetrante que el de Cesar rodeaba.
?Mosen Francisco habia obtenido permiso de Julio para entrar en la carcel! Don Jorge, «La Voz de Alerta» y los demas detenidos por la misma causa que estos habian solicitado confesar. Mosen Francisco fue alla, y al salir le conto a Cesar lo que vio: unos hombres que acaso un dia volvieran a sus egoismos, pero que en los momentos que estuvieron arrodillados ante el habian conseguido despojarse incluso del odio. Todos se arrepentian de no haber sido mejores, de haber contribuido por sus actos o por sus omisiones a aquel estado de cosas. «Si no existiera el secreto de confesion, te contaria detalles edificantes -decia mosen Francisco-. Verias que pronto cambia a veces el corazon de los hombres, por que caminos les llega el amor.»
Esta era la esperanza de mosen Francisco, que Cesar compartia con poco entusiasmo, obsesionado por las frases de su profesor de latin: «La sociedad se aparta de Dios». «El pecado se ha aduenado de nuestra Patria.»
Esta era la esperanza de mosen Francisco, a pesar de que al marcharse y pasar delante de Teo, este escupio al suelo. Y a pesar de que las paredes de los pasillos de la carcel estaban llenas de insultos, que se prolongaban, siguiendo la historia. Los detenidos de octubre habian iniciado los mueras, «La Voz de Alerta» al entrar les habia impreso direccion opuesta. Ahora Teo escribia por su cuenta y su letra insegura, pero de tamano colosal, vencia de nuevo y arrancaba carcajadas del gitano, el cual se habia convertido en su perro fiel.
Una cosa habia afectado al seminarista: que hubiera sido precisamente Murillo quien colocara la bomba en el Museo y robara la imagen. Ahora oia decir de el: «Espera ordenes del POUM, de Barcelona. Tal vez sea este el peor grano que le salga a Cosme Vila». A Cesar, a pesar de sus teorias amorosas, le seria dificil perdonar a Murillo. Tan dificil como creer que «La Voz de Alerta» se habia despojado del «?dio efectivamente.
A Cesar le ocurria un poco lo que a Marta: habia cosas que eran mas fuertes que el. Por eso en seguida el seminarista y la chica se llevaron bien, aun cuando esta en sus actos le desconcertase un poco. Marta le desconcertaba porque, a pesar de las circunstancias -por la situacion de Mateo tenia prohibido ir con Ignacio por la calle-, su energia y su alegria eran totales. No que hiciera de si misma lo que quisiera, sino que cuando un sentimiento se manifestaba potente en su interior se entregaba a el por entero. Esta era la verdad. Daba la impresion de hallarse en su ambiente, combatiendo, y Matias Alvear quedaba anonadado. «Es hija de militar, es hija de militar…», decia. Habia impreso las octavillas en las propias narices del comandante Campos. Veia todos los dias al Rubio y le daba los recados precisos para Mateo. Veia con harta imprudente frecuencia a Padilla y Rodriguez, y los instruia sobre Falange, pues la adhesion de los dos guardias civiles era puramente instintiva. «El error de los sistemas capitalistas y marxistas es considerar que los intereses de patrono y obrero son opuestos - leia la chica en una Circular, mientras los dos guardias civiles torcian la boca, con una colilla en los labios-. En el orden sindical que…» Padilla y Rodriguez se rascaban el cogote. «Esta bien -decian-. Esta muy bien. Pero… - Acercaban sus sillas a la de Marta-. Oye una cosa. Ya volveremos a eso luego. ?Por que esperar a noviembre? ?Que dice tu padre? ?No comprende que se nos van a merendar?» Marta contaba todo eso a los Alvear y decia que ella personalmente no le temia en absoluto a Julio. «Se cuidara muy mucho de meterse conmigo.» ?Se permitia incluso el lujo, al menor descuido de su padre, de saltar sobre su jaca e ir a dar una o dos vueltas al circuito de la Dehesa! Un dia, los anarquistas la vieron y le tiraron piedras. Ella tan fresca. Ahora se proponia volver alli, aun cuando la Dehesa estuviera plagada de huelguistas de Cosme Vila. Ignacio entendio que era una provocacion sin gracia, y lo mismo opino Cesar. Marta reconocio que tenian razon. «No lo he dicho para darmelas de valiente, creedme -explico-. Pero es que me molesta, la verdad, que por esos palurdos no podamos seguir nuestras costumbres.»
Marta conto que los dos hijos de don Santiago Estrada habian ido a verla, acompanados de dos muchachos mas de la CEDA. «?Habriais tenido que oirme! Brazo en alto y diciendo: Depende de vuestra capacidad de sacrificio.» Y volver a empezar con las Circulares.
Cesar no sabia si admirarla o no. La queria, pero no sabia si aquel era el papel que correspondia a una mujer. En todo caso, Carmen Elgazu no habia leido nunca Circulares ni siquiera vascas; y en cuanto a Pilar, se contentaba con repasar los cuadernos atrasados de su Diario intimo, de los tiempos en que Mateo la esperaba manana y tarde a la salida del taller de costura. ?Pilar estaba menos en su ambiente que Marta! Soportaba la separacion con entereza, pero adelgazaba a ojos vistas. Su amor por Mateo se revelaba algo absoluto, conmovedor. ?Le habian prohibido incluso pasar por la calle de las Ballesterias, por debajo del balcon en que el Rubio montaba guardia hablando con los vecinos! Una fotografia. Nada mas que una fotografia de Mateo en la mesilla de noche, a los pies de San Francisco de Asis y Santa Clara. Si Pilar miraba hacia arriba, era para rezar por el de abajo, y este era su egoismo. Un retrato de Mateo, su imagen en la mente… y un sobresalto cada dos por tres. En la manera de sonar el timbre le parecia que llegaban malas noticias. Al desplegar el periodico, temia a los titulares. «?El Jefe de Falange ha sido hallado en…!»
Cesar sentia todo aquello mas proximo a su alma que el ano anterior, cuando se notaba extrano entre los mortales. A gusto hubiera ido a ver a Julio y le hubiera contado cuatro verdades. Su preocupacion eran los Hermanos de la Doctrina Cristiana, que habian quedado sin techo. Consiguio de mosen Alberto que los instalaran como se merecian, en casas particulares. ?Tambien queria conseguir la destitucion de David y de Olga como inspectores del Magisterio! Por desgracia mosen Alberto le desanimaba. «No hay nada que hacer, ya lo ves -le decia-. Ni destituciones, ni taller de imagenes, ni catacumbas, ni nada. Y si se intenta un levantamiento militar, perderemos. ?Vete, vete a la calle de la Barca y veras como te recibiran! Pero te aconsejo que dejes la navaja de afeitar en casa…»
Cesar no compartia su opinion. Mosen Francisco iba a la calle de la Barca y no le ocurria nada. Mosen Alberto estaba demasiado afectado por la muerte de la sirvienta y no creia que aun existieran personas como el patron del Cocodrilo.
?El patron del Cocodrilo! ?Por que no visitarle y a traves de el conseguir un buen escondite para Mateo…? ?Porque el piso del Rubio, siendo este asistente del comandante Martinez de Soria, era un polvorin!
Actuar, actuar… como decia mosen Francisco. En la tarde del lunes, al encenderse las montanas de Rocacorba como todas las tardes desde el cambio de luna, se fue a la calle de la Barca, bamboleandose sobre sus pies. Y nada mas entrar en el Cocodrilo, quedo estupefacto, reclinada en el mostrador vio a Canela, rodeada de soldados. Todos bebian y ellos echaban al aire los gorros de militar. Canela estaba borracha y al reconocerle le dijo: «?Que…ya se curo tu hermanito?» Cesar no comprendio. Vio levantarse de un rincon una mujer guapetona. «?Eh, este es el que engatusaba a los crios con cuentas y catecismos!»
Cesar salio. La calle estaba abarrotada. Le parecio reconocer antiguos alumnos, chicos y chicas a los que habia lavado las piernas en el rio. Habian perdido su compostura. Los recordaba sentados en el suelo
