honestamente, con las piernas cruzadas. Ahora se habian subido a las rejas de las ventanas, silbaban, se daban empujones al hablarse, miraban las bombillas y se reian. ?Y cuantas blasfemias!
Nadie le saludo. El silencio era peor. Habia pasado por sus vidas como agua sobre marmol. «Tio Cesar.» Todo inutil.
Cesar permanecio un rato mas, esperando al ser solitario, al ser unico que sin duda existia y que saldria a su encuentro exclamando: «?Que tal estas, 4x4, 16?»
Pero el patron del Cocodrilo aparecio en el umbral. «Es mejor que te largues», le dijo. Habia gitanos en torno a un organillo donde se pregonaba «El crimen de Cuenca». Un hombre con blusa de matarife pisoteaba un monton de basura y gritaba: «?Huelga, huelga de barrenderos!»
Cesar miro al patron y, dando media vuelta, inicio el regreso. «?Eh, eh, peque…!» El no se volvio. En una barraca de tiro los monigotes eran Alfonso XIII, un moro, un obispo y un militar lleno de condecoraciones. «?Siempre toca, siempre toca!»
En cada esquina habia hombres con papelitos en la gorra. «Proletarios del mundo, unios.» Al pasar, le miraban con curiosidad recelosa. «?Donde hemos visto esa cara?», parecian preguntarse.
Un perro famelico le seguia lamiendole los pantalones. Cesar se agacho y le acaricio el lomo. «Cuco, cuco…», susurro, en el tono justo para que le oyera. En la puerta trasera de la iglesia de San Felix alguien habia escrito: «Viva yo».
CAPITULO LXXIX
La huelga se extendio en forma implacable. Izquierda Republicana abrio cuantas fabricas y talleres pudo. Sin resultado. La buena voluntad de los Costa quedaba anegada en la oleada popular.
La huelga trastornaba implacablemente los puntos vitales de la industria y el comercio y servicios tan importantes -?el matarife tenia razon!- como el de recogida de basuras. Por lo demas, las calles estaban ocupadas por los huelguistas. Cosme Vila hubiera podido suspender el reparto del correo, pues varios funcionarios eran afiliados y se le habian ofrecido; pero no se atrevio.
Los economistas de la ciudad consideraban todo aquello una catastrofe sin precedentes. Los viajantes que llegaban a la estacion con los muestrarios se volvian en el primer tren. Muchos patronos, con su fiel contable al lado, repasaban los libros y se llevaban las manos a la cabeza. Las ratas habian hecho su aparicion en varios almacenes de la ciudad. Se paseaban al acecho, por encima de las cajas, haciendo tintinear botellas vacias.
Los Bancos parecian establecimientos mortuorios. Montanas de impagados. Al subdirector todo aquello le dolia en su carne y, desolado, se contemplaba las unas. Algun cliente despistado llegaba de fuera.
– ?Que ocurre?
– Huelga. Hay huelga.
Y no obstante, la primera impresion que daba la ciudad era mas bien de fiesta, impresion que el propio cierre de establecimientos corroboraba, asi como la profusion de banderas. Todo ello tenia una causa concreta: la puesta en practica de la recogida de viveres que ideo Cosme Vila, y la apertura en el local del Centro Tradicionalista -el de las Congregaciones Marianas no pudo ser conseguido- de la Primera Cooperativa Proletaria Gerundense.
En efecto, aunque no sin vencer dudas y resistencias, el plan de abastecimiento campesino iba siendo una realidad. Las dudas se habian manifestado principalmente entre las mujeres de los huelguistas, las cuales, ante el decreto de huelga ilimitada, habian previsto el hambre para al cabo de una semana. «?Os ocurrira lo que al Responsable!», habian advertido a sus maridos. La alocucion radiofonica de Cosme Vila anunciando que se estableceria una cadena de camiones entre la provincia y la ciudad no habia disipado su escepticismo.
Al ver que la primera caravana de vehiculos se disponia efectivamente, a salir al campo por los cuatro puntos cardinales de la ciudad se acercaron a los militantes montados en la parte de atras diciendoles: «?A ver, a ver!… Os traereis un par de calabazas y gracias! ?Unos cuantos nabos!» Su argumento era simple: los payeses eran unos avaros; era ingenuo pensar que darian algo.
Y, sin embargo, todo ocurrio de otro modo. Cuando, a la caida de la tarde, los mismos camiones hicieron su aparicion cargados de toneladas de productos de la tierra, la estupefaccion y el jubilo no tuvieron limites. Y de ahi el aspecto festivo de la ciudad. Todo el mundo andaba de un lado para otro preguntando: «?Y donde repartiran eso, donde repartiran eso?»
– En lo que fue Centro Tradicionalista.
Las mas impacientes acudieron alla en seguida con sacos, capazos y toda suerte de enseres en los que cupiera algo. Otras les decian: «?Pero no tanta prisa!… ?Ya daran instrucciones!» – «?Que instrucciones ni que tonterias? El estomago no espera». Y alla se fueron, a la Primera Cooperativa Proletaria Gerundense, haciendose acompanar de sus hijos, por si la carga resultaba demasiado pesada.
Entonces comenzaron las decepciones. En primer lugar, las mujeres imaginaban que todo aquello funcionaria al buen tuntun. En vez de esto se encontraron con una organizacion estricta y severisima, que haria imposible el escamoteo. Se habian improvisado unos mostradores detras de los cuales un equipo de militantes, capitaneados por la valenciana, haria la distribucion.
– Pero ?que diablos esperais aqui? ?Fuera, fuera!
Las mujeres quedaron estupefactas.
– ?Y todo eso que? ?Para vosotros?
– ?Sal de ahi!
La valenciana estuvo a punto de arrancar el mono a una militante de los barrios extremos.
Por fin se supo algo. El reparto empezaria el jueves, a las ocho en punto de la manana. Era preciso llevar en papel de la alcaldia certificados del numero de familiares, y el carnet del Partido a la vista.
Aquello fue el origen de una de las mayores concentraciones femeninas que se recordaban en la Plaza Municipal. En las veinticuatro horas que habia de plazo, el Ayuntamiento fue asaltado. El conserje volvio a salir enfurecido de su cuartucho de objetos perdidos. ?Atras, malas brujas, atras! Le molieron materialmente. Dos andaluzas le encerraron con llave en su chiscon. El conserje armo un ruido infernal y los urbanos le liberaron. Entretanto, las mujeres habian subido hacia la oficina del Censo. ?Un certificado, un certificado! Apenas, si, teoricamente, existian familias de menos de seis miembros. Las discusiones eran interminables. El arquitecto Massana, desde su despacho de alcalde provisional, oyo la algarabia y salio hecho un basilisco. Ordeno a los urbanos que utilizaran las porras. «?Fascistas! -gritaban las mujeres-. ?No quereis ni certificar cuantos somos! ?Fascistas, querriais que estuvieramos muertos!»
Todo paso y los certificados se extendieron, no sin ser valorados en un real por el municipio.
Y el jueves, a la hora convenida, se abrieron las puertas de lo que habia sido Centro Tradicionalista. A las ocho y cinco minutos la primera mujer -la esposa del sepulturero- cruzo el umbral llevando un cesto enorme repleto. Un murmullo de admiracion se levanto de la cola interminable que se habia formado. Inmediatamente salio otra mujer -una pariente lejana de Teo- izando con entusiasmo un monumental melon sobre su cabeza. Los «huiras» a Cosme Vila y a la Cooperativa Proletaria empezaron y llevaban trazas de prolongarse quien sabe hasta cuando. «?Viva el Partido Comunista!» «?Viva Cosme Vila!» «?Viva Rusia!» Otras mujeres iban saliendo con sus cestos rebosantes.
Muchos maridos se habian instalado en la acera, esperando.
– ?Que te han dado? ?Que te han dado?
– ?Mira, ya lo ves! Patatas, arroz, harina, ciruelas. ?Huele, huele esta sandia!
– ?Y de eso que…? -pregunto uno, cerrando la mano y frotando pulgar e indice.
– Nada, ni una perra.
La resistencia habia sido vencida. La huelga podia durar semanas. En el interior del almacen, Victor revisaba los certificados y los carnets, Gorki se encaramaba por unos sacos tratando de alcanzar algo, y la valenciana se cuidaba de las balanzas que ella hubiera deseado basculas.
– ?Abre el saco, abre el saco!
– ?Que…? ?Pensabas que iba en broma?
Algunas mujeres se quejaban de la racion. Les parecia que las primeras beneficiarias habian obtenido mejor lote.
