– ?A ver si te arranco lo que yo me se! -gritaba la valenciana. Y entre carcajadas iba sirviendo patatas, harina, cerezas… Muchas veces las cerezas las colgaba, riendo, de las orejas de los militantes.
Las mujeres desfilaban hacia sus casas. Jamas habrian cocinado con tanto entusiasmo. ?Menudo arroz…! Los maridos, a medida que la manana avanzaba, se alejaban de alla y se sentaban en las aceras y en la barandilla a lo largo del rio. Poco a poco fueron liando un cigarrillo y desdoblando
Las autoridades, que no habian tomado del todo en serio ni la alocucion radiofonica ni lo de los certificados familiares, arrugaron el entrecejo. A mediodia, dona Amparo Campo le dijo a Julio:
– ?Te das cuenta? ?Sabes lo que ocurre con eso? Que las pocas tiendas que hay abiertas preven que pronto todo escaseara y aumentan los precios que da gusto.
Julio no la oyo siquiera. La direccion que todo aquello imprimia a la huelga era insospechada. ?Diablo de Cosme Vila! Penso en el coronel Munoz: «Dentro de quince dias, ?que?» Se fue a Comisaria y convoco a los de siempre: Comisario, Alcalde, Fiscal, los Costa, doctor Relken…
Entretanto, Cosme Vila, sentado ante su escritorio, recibia informes sobre la marcha de los acontecimientos. Su consigna era no dormirse sobre los laureles. El catedratico Morales le dijo: «?Vamos a la imprenta!…
Cosme Vila le despidio. Queria quedarse a solas. A solas podia permitirse saborear su triunfo. No tanto el de la Cooperativa -conseguir vivas regalando arroz es facil- como el del campo. Las noticias que traian los militantes que llegaban con los camiones eran euforicas. Nunca hubieran supuesto una tal predisposicion en los camaradas de la provincia. Varios conductores le contaron detalles tan magnificos del desinteres y entusiasmo con que eran recibidos y con que los payeses les regalaban los viveres que Cosme Vila, por primera vez despues de mucho tiempo, sintio que se le humedecian los ojos.
– ?Os reciben bien, si…?
– ?Como! ?Tendrias que verlo!
Verlo, verlo… Era la invitacion que faltaba. Cosme Vila lo abandono todo y decidio participar en uno de los viajes. Eligio una caravana de seis camiones que se dirigian a la comarca de La Bisbal. Subio en el primero.
– ?Cuando salimos?
– En seguida.
Todo aquello era un brusco cambio de decoracion. Los carteles «Ayudad a los huelguistas de Gerona», tremolaban al aire. Por las carreteras se veian ninos y ninas saludando a su paso. De pronto, a unos diez kilometros escasos, el primer camion vio alguien en la cuneta agitando una bandera.
– ?Ahi, ahi tienen algo preparado!
Frenaron. Un campesino dijo:
– ?Camaradas! Tenemos algo para vosotros.
Mes de junio. Las faenas de la siega estaban en su apogeo. El camion se interno por el campo. En toda la provincia las hoces cortaban espigas. Los militantes saltaron al suelo. Cosme Vila los imito. Los militantes saludaron con el puno. Los payeses contestaron cruzando con el la hoz. Detras, a su espalda, se extendian las doradas mieses. La provincia debia de ser, en efecto, un jardin, como decia Gorki.
Los acompanaron a un cobertizo abarrotado de sacos. «Para los camaradas de Gerona.» Etiquetas con letra parecida a la de Teo.
Se acercaron mujeres que lavaban en una acequia.
– ?Eh…! ?Dadles aquellos higos que hay en el cesto!
La enorme cabeza de Cosme Vila asistia inmovil a la escena. El jefe llevaba alpargatas nuevas. Uno de los militantes era bajo y jorobado, y los sacos tenian donde apoyarse. Cosme Vila no revelaba su identidad a los payeses. Los miraba a los rostros, duros, duros, de nariz enorme, parecida a la de Casal. Se les leia el fanatismo en los ojos pequenos, inquietos, puntos negros titilando. Un camion se lleno. «?A ver, las cuerdas!» Todo acontecia con extrema simplicidad. Poco ruido. Escaso numero de personas, ancho paisaje. Parecian contrabandistas. Algo de rito religioso. «?Dentro de quince dias, volved!» Cuando la caravana arranco, un payes grito: «?Decid a Gerona que esperamos las bases!»
Cosme Vila oyo el grito. Salia de entre las espigas. Las bases agricolas. Las mujeres se volvieron a las acequias a lavar. Las bases. Era evidente que en todo aquel rito latia la esperanza de las bases. Los donantes eran colonos; llevaban generaciones encorvados inutilmente.
La peregrinacion continuo. Llegaron hasta cerca del mar. El viento del camion en marcha despejo los pensamientos de Cosme Vila. Paralelo a la carretera asomo el tren pequeno, lento, que iba a la costa, con los primeros veraneantes acodados en las ventanillas. Ni uno solo contesto a sus punos levantados. «?Fascistas!», les grito el conductor. Pero no le oyeron.
A Cosme Vila, los donantes espontaneos -las banderas agitandose de pronto en la cuneta- le llenaban de gozo. Y sin embargo, prefirio en mucho las citas prefijadas, las colectas en las celulas comunistas. «Campesinos del mundo, unios.» En ellas todo se ejecutaba con un sentido instintivo de la organizacion. El jefe local presentaba al conductor una lista de lo preparado. En el papel, el sello del partido garantizaba que no faltaria un kilo y que la calidad era la mejor. «Hubieramos querido llegar a setecientos quilos, pero ha sido imposible.» En muchos portales se veian aun carteles anunciando la manifestacion en Gerona. El secretario preguntaba: «?Cuantos sois los que haceis la revolucion?» Se les informaba del numero aproximado: «Un millar». Jefe y secretario se miraban. Seria preciso intensificar la ayuda. Se dirigia al conductor. «Vamos a
El regreso a Gerona fue triunfal. El paisaje era hermoso, pero seria preciso aprovechar mejor el terreno ?y canalizar el rio! Cosme Vila comprendia que la union entre la ciudad y el campo se estaba realizando, las dos tenazas de que hablaban los comunistas alemanes. Magnifica idea la huelga, su nutricion. ?Las tapias de las grandes propiedades amurallaban de trecho en trecho la carretera! Con los vidrios sembrados como unas de senores medievales.
Al llegar al paso a nivel, Cosme Vila oyo: ?Cosme! Pero el tren se interpuso. Luego, la barrera se levanto. Sus suegros le saludaron con la mano, emocionados al verle sentado, coronando la inmensa pila de sacos del primer camion.
En los arrabales habia mujeres esperando el paso de los camiones. Clima de euforia. Por todas partes senales de agradecimiento. La caravana freno al entrar en el casco urbano. Cosme Vila pasaba a la altura de los balcones. Algunos habian cerrado, agresivos, como el de la Inspeccion de Trabajo; en otros, por el contrario, las familias palmeteaban.
Cuando la caravana se detuvo frente al Centro Tradicionalista para descargar, la valenciana aparecio en el umbral de la puerta. Estaba agotada. Sin embargo, tuvo animo para decir: «Hoy hemos hecho mas adeptos que en un ano de discursos».
Frente al Centro Tradicionalista vivia don Pedro Oriol. Vio la llegada de Cosme Vila. Entorno los postigos meditabundo. Don Pedro-Oriol sufria, era de los seres que mas sufrian en la ciudad. En aquel Centro habia pasado muchos anos de su vida; su destino actual le llenaba de congoja. Y echaba de menos
Por otra parte, le habian anunciado que cerca de la ermita de los Angeles, uno de los camiones habia dejado una mancha de gasolina en el camino, y que se veia humo, humo en la montana.
– ?Peor para el, mucho peor para el! -le habia dicho el coronel Munoz a Julio al ponerle este al corriente de la situacion-. ?Los que dan son los colonos, y dan lo del propietario! ?Cuando les muerdan a ellos, diran que nones! ?Y entonces va usted a ver a los de aqui, acostumbrados como estaran…!
A los ocho dias de Cooperativa Proletaria y de huelga, el resto de la poblacion estaba asustado. Los suegros de los Costa habian telefoneado a estos: «?Nos estan robando el arroz, nos estan robando el arroz!»
El Partido Comunista daba la impresion de haber decidido jugarse su existencia a cara o cruz. Era el tema de
