Ignacio barbotaba mil juramentos desde la ventanilla. La chica grito: «?Que Dios te proteja…!»

En cuanto el tren desaparecio, Marta se metio el panuelo en la manga. Y al instante experimento una clara sensacion de soledad. Miro al profesor Civil. Luego se dijo que las circunstancias no permitian lloriqueos. Al contrario. En aquellos dias lo que debia hacer era redoblar su actividad. La gente, en la estacion, tenia los periodicos desdoblados y los leia con avidez. ?Que ocurria? Las noticias eran alarmantes. En el Parlamento, las discusiones entre diputados eran violentisimas. Calvo Sotelo habia sido amenazado claramente, sin rodeos. Jose Antonio continuaba en la carcel; y Calvo Sotelo era precisamente el jefe politico del comandante Martinez de Soria.

Marta se fue a su casa y desde aquel instante no cejo. Procuraba imitar de su padre la energia que este demostraba en determinadas circunstancias. Muchos de sus consejos de estrategia los llevaba impresos en la memoria. Ahora le parecia que debia ponerlos en practica. Marta penso en uno de ellos: «Es preciso conocer lo mejor posible los colaboradores de que uno dispone».

Marta penso en el acto en sus camaradas. ?Eran buenos o malos? Un poco de todo. En conjunto, no podia quejarse.

La encantaban, desde luego, Jorge y Roca. El hijo de don Jorge, a pesar de su aspecto engomado, se mostraba valiente. En la manifestacion comunista habia descubierto la presencia de los dos principales colonos de su padre. Los espero en la Rambla y les dijo: «Mi padre esta en la carcel y a mi me ha desheredado. Pero como intenteis nada contra el o contra otro miembro de la familia, os las entendereis conmigo. Y ya sabeis que yerro dificilmente una perdiz…»

Roca tambien le gustaba a Marta. Era algo ingenuo. Estaba seguro de que triunfarian «porque Hitler tambien habia empezado asi y habia triunfado». A el le hubiera gustado reunirse con los camaradas en una cerveceria, como el jefe aleman; pero en Gerona no las habia y tenian que coincidir en la barberia de Raimundo, o ver a Marta en casa de esta, que en el fondo continuaba siendo el lugar mas seguro. Pero Marta le queria. Podia contar con el. A su padre le habian despedido de guardia urbano. «Porque yo marchaba contra direccion», habia bromeado el muchacho.

En cambio, Marta queria menos a Benito Civil. El hijo del profesor le parecia un pobre hombre. Sus chalecos eran de por si algo inadmisible. Tal vez tuviera la culpa su mujer, que no cesaba de lamentarse. Cuando Benito fue al cementerio a poner las rosas rojas, su mujer le dijo: «A lo mejor ya no vuelves». Y se le habia echado al cuello. Marta tampoco queria mucho a Octavio, a este menos que a ninguno, y no comprendia que Mateo le apreciara tanto. «Hipocrita y presuntuoso.» Se alegraba de que estuviera el en la carcel, y no Jorge o Roca, por ejemplo. A Rossello le echaba de menos por su impetuosidad y porque le plantaba cara a su padre; a Haro le conocia muy poco.

Padilla le decia a Marta: «Es curioso. En conjunto sois unos crios A veces me pregunto si no me he metido en un lio». Marta le contestaba: «Sientate y calla». Y le soltaba otra circular.

El comandante Martinez de Soria espiaba, por su parte, los manejos de su hija. Ahora le parecia que Falange le seria de utilidad el dia del Alzamiento, a pesar de que eran tan pocos. «Lastima que no sean doscientos.» Con todo, tenia mas confianza aun en los tradicionalistas. «Los tradicionalistas tienen una ventaja -pensaba-. Casi todos son cazadores; en cambio, de esos chicos posiblemente solo Jorge sabe manejar un fusil.» Ademas, entre los tradicionalistas habia muchos mayores de edad. Gente como don Pedro Oriol que, al dirigirse al cuartel, lo haria a conciencia. El comandante estaba satisfecho porque despues de muchas dudas se habia entrevistado con el notario Noguer, y el notario le habia contestado: «Cuente conmigo». El notario Noguer le dijo luego que no podia calcular el numero de afiliados que se pondrian a sus ordenes en cuanto los avisara. «Ya sabe usted. Esto es muy grave… Y esta por medio el asunto Cataluna. Sin embargo…me parece que muchos responderan. -Luego anadio, poniendo la mano sobre la mesa como si esta fuera un acta-: De todos modos, cuente por lo menos con treinta hombres».

?Treinta hombres! ?Quienes eran, mas o menos? Un abogado, un medico, tres industriales, dos agentes comerciales… «Basta, basta», interrumpio el comandante. Aquello le satisfizo. Se sintio optimista. De Renovacion podia contar con diez. Don Santiago Estrada le habia prometido cincuenta. Tal vez exagerara, pero tal vez no.

«Lo que siento -pensaba a veces el comandante, mientras su esposa rezaba el Rosario en voz alta y el se perdia por los pasillos de la casa- es que el chico no este aqui. En Valladolid se ganara seguro; en cambio, aqui me prestaria un gran servicio.» Tambien le dolia que no pudiera hablar de todo aquello con el hombre que acompanaba a su hija; aunque no dudaba que Ignacio acabaria siendo de Falange un dia u otro.

El comandante echaba de menos a «La Voz de Alerta». «Este seria el personaje clave.» Pero ya no confiaba en que saliera de la carcel. La quincena habia transcurrido y no le sacaban. Tambien echaba de menos al teniente Martin, «ese majadero que insulta a los muertos»; aunque habia encontrado un sustituto eficaz en el alferez que recibio a Teo, el alferez Roma, de pudiente familia barcelonesa.

El comandante ignoraba que el Rubio alojara a Mateo. Le habia admitido de asistente sabiendo que habia sido anarquista, por creer que ello desconcertaria a determinados oficiales. Le mandaba hacer recados, que sacara brillo a las polainas, que cuidara del caballo; pero tenia buen cuidado de que no husmeara en sus papeles.

Marta se reia una vez mas de estas precauciones y se complacia en demostrar ante su padre la amistad que la unia con el Rubio.

– Pero… ?que te pasa con ese bromista? -le preguntaba el comandante-. Deberias tener mas cuidado con el.

Marta le contestaba:

– ?Ah…! ?no tienes tu secretos? Yo tambien… -Y acercandose a su padre le pellizcaba en las rojas mejillas.

Cosme Vila no se dormia sobre los laureles. Desde el primer momento habia previsto la dificultad de que hablo el coronel Munoz. La cantidad de viveres que se necesitaba era fabulosa. ?Hasta cuando resistirian los campesinos? Por otra parte, habia varios productos basicos carne, leche, aceite- que no entraban en la distribucion.

El jefe consideraba que seria un error exprimir demasiado el jugo de la provincia, especialmente teniendo en cuenta que de momento la ciudad no podia corresponder. El sentido comun aconsejaba evitar que a los campesinos pudiera ocurrirseles siquiera que se abusaba de su generosidad. Quince dias mas exigiendo el mismo ritmo en las entregas y los primeros toques de alarma se harian sentir. Una mujer que al advertir el bajon dado en la pila de garbanzos miraria a su hombre conteniendo el mal humor. Otra que al ver partir, euforicos, a los militantes de los camiones comentaria con recelo: «?Sabes que esa gente ha encontrado el sistema?»

Cosme Vila era el unico en anticiparse a este peligro. Los demas vivian absolutamente confiados. ?Quien dijo que los campesinos solo darian lo del propietario? Ahora ya se mordia en su carne y no por ello habian cambiado de actitud.

Entre los militantes de la ciudad se comentaba mucho esta prueba de fraternidad. Algunos obreros confesaban que los campesinos eran mas fanaticos que ellos. «Desenganaos, lo son, lo son. No les llegamos a media pierna.»

El catedratico Morales, en sus conversaciones con David y Olga, y sobre todo con Victor, a quien pretendia deslumbrar sin conseguirlo, daba una explicacion del fenomeno.

– Los campesinos ven en el comunismo una solucion mas fulminante aun que los industriales -decia-. Los obreros industriales saben que la fabrica produce lo accesorio, y que esta condicion no se alterara aunque un dia su riqueza les pertenezca en comun; en cambio, a los campesinos les consta que en cuanto se les reparta la tierra, esta les suministrara lo necesario para vivir.

A ello atribuia que las celulas en los pueblos agricolas fueran menos espectaculares que las de la ciudad, pero mas conscientes y aun mas violentas. Lo mismo que Cosme Vila, habia hecho un viaje por la provincia regresando edificado. Asistio a las reuniones cotidianas de los militantes. Contaba y no acababa de lo que vio. «Los payeses se reunen en los cobertizos o en la era, porque en la taberna o en el estanco siempre esta el sargento de la guardia civil. Palabras, pocas; rondas de vino, muchas, y muchas miradas fuera, a los campos, y mucho prestar oido al mugido de las vacas.» Cosme Vila era considerado como un padre por aquellos que le conocian; un ser mitologico por los que no. Los primeros les describian y hablaban de la anchura de su frente, para medir la cual se veian obligados a levantar la visera de la gorra. Algunos le preguntaron al catedratico: «Y a letra te gana incluso a ti, ?no es eso?»

Siempre habia un labrador que explicaba la doctrina comunista. Si lo hacia en terminos elementales, los ojos

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