ironicamente. «?Que le vamos a hacer, mi general! Tal vez Cabanellas no llevara mandil.» El alferez Roma reprendio severamente al chico. Su conciencia de militar le impedia mofarse del comandante de la plaza. A gusto le hubiera pegado un tiro al general, pero de ninguna manera consentiria ofenderle.

Ante los sindicatos, la guardia era solida. Prohibida la entrada. Ello impidio las consabidas concentraciones. Los militantes de Cosme Vila, del Responsable, de Casal y los miembros de Izquierda Republicana y Estat Catala se hablaban entre si en una esquina, o se visitaban a domicilio. «?Esto es intolerable! ?Que hacer?» Unos decian: «Yo tengo arma; yo un fusil, yo una pistola». Pero ?como organizarse? Al saberse que los respectivos jefes estaban detenidos, el furor de unos y otros aumento. «?Hay que hacer algo!» El catedratico Morales temia que fusilaran a Cosme Vila. Olga estaba convencida de que lo mismo le ocurriria a Casal. «?Hay que hacer algo!» Pero… aunque pocas, alli estaban, en lugares estrategicos, las ametralladoras. Y un par de canones. Todos tenian la sensacion de que habian sido unos imbeciles. «?Si nos lo estaban diciendo ellos mismos!»

Era evidente que ante el enemigo comun se despertaba de hombre a hombre un sentimiento de solidaridad. Muchos militantes se repartian por la ciudad en actitud provocadora. Elegian los lugares custodiados por los muchachos de la CEDA y de Falange. Se detenian y sacaban la petaca. Rossello y el hijo mayor de don Santiago Estrada no se avenian a razones y se les acercaban apuntandoles. Ante el Matadero Municipal, Mateo ordeno a varios: «?Manos arriba!» Y procedio a registrarlos. Hallo un bulto extrano. Era una pipa. El militante sonrio. A otro le hallo un revolver. Mateo se llevaba detenido a este militante. Un alferez se le acerco. «?Que ocurre? No hagas nada sin consultarmelo a mi.» Fue el alferez quien se llevo al detenido.

Gran numero de familias habian prohibido a sus hijos salir de casa. Algunas no les permitieron ni siquiera ir a misa. El numero de personas que encontraban justificada la sublevacion era crecido, pero de una parte el desconocimiento de las verdaderas intenciones de los militares y de otra el temor de que todo aquello fuera un fracaso, con las terribles represalias que ello traeria consigo, mantenian los animos en un estado de angustia incalculable.

Matias Alvear habia prohibido a los suyos que salieran. Solo hacia las once de la manana, al ver que en realidad en las calles no habia nada que temer, accedio a los constantes ruegos de Ignacio y Pilar y permitio que ambos fueran a dar una vuelta, con la orden de no separarse. Ignacio queria ver el aspecto de la ciudad, a los sublevados en accion, y a Marta; Pilar queria ver a Marta con el botiquin… ?y sobre todo a Mateo! Las cuatro horas de espera, de las siete a las once, se le habian hecho interminables. Continuamente oteaba la Rambla desde los cristales del balcon. Habia visto a muchos soldados, al notario Noguer, a «La Voz de Alerta», pero no a Mateo. Al salir, cruzaron calles y mas calles sin resultado. No veian ni a uno ni a la otra. Finalmente, delante del Matadero, vieron a Mateo.

Pilar perdio la respiracion. Alli estaba su novio, con camisa azul, unas flechas bordadas en el pecho, arma al brazo. Palido por la encerrona; larguisimos cabellos, que reclamaban unas tijeras. Mateo no la veia. Fue Padilla quien le dijo: «Me parece que alla viene alguien sospechoso».

Mateo se volvio como un rayo. Al ver a Pilar quiso acercarse, instintivamente. Pero el alferez le miro con fijeza. La chica vio que Mateo, sin insistir, desde lejos se dirigia a ella inclinando la cabeza, y comprendio que aquello era lo maximo que le estaba permitido. Apreto los dientes y se hubiera puesto a patalear. Entonces se dio cuenta de que a cinco metros escasos habia una ametralladora y que unos soldados les hacian signos de que se alejaran. Pilar contemplo aquel artefacto diabolico, nervudo, con tentaculos de muerte. Se hubiera echado a llorar. Queria gritar: «?Mateo!»; pero este habia dado media vuelta otra vez, cumpliendo alguna orden. Por su parte Ignacio, al ver a su amigo con el arma, habia recibido una impresion fortisima y todas sus conversaciones sobre la «dialectica de las pistolas» le vinieron a la mente. ?Mateo, en 1935, ya se habia alistado a un proyecto de marcha sobre Madrid, desde la frontera de Portugal! Ahora observaba sus gestos siguiendolos uno a uno. Al verle acercarse a un grupo de hombres y registrarlos, experimento un indecible malestar, a pesar de que Mateo actuaba sin fanfarroneria. Luego dirigio la vista hacia la ametralladora, lo mismo que Pilar. Y su angustia aumento. El canon, increiblemente estrecho y delgado, apuntaba a la fachada de Correos, a la puerta por donde a diario entraba y salia Matias Alvear.

Ignacio asio a Pilar del brazo. «?Vamonos! Cuando todo este terminado, que venga el a casa.» Pasaron frente al local comunista. Desierto. El letrero cubria el balcon como algo no estrenado. La Catedral dio las horas. La luz temblaba en Montjuich, como si las murallas sintieran vivir jornadas importantes.

Imposible dar con Marta. ?Por Dios, que no le ocurriera nada! «La Voz de Alerta» gritaba en el Puente: «?Dispersaos!» Llevaban arma personas que no se hubiera sospechado nunca. Varios empleados del Banco, bajo los arcos, usaban metaforas futbolisticas para profetizar la derrota de los militares.

De repente, Ignacio vio al comandante. Pasaba en coche, con el teniente Delgado, lentamente. El comandante saco la mano por la ventanilla y los saludo a el y a Pilar. Pilar, sin darse cuenta de lo que hacia, se llevo la mano a los labios y les mando un beso. ?Continuaba queriendo mucho al padre de Marta! Le tenia por un valiente; y el comandante continuaba obsequiandola con cocktails a escondidas.

Ignacio se limito a inclinar la cabeza.

El paso del comandante transformo a Pilar. La chica penso que, en realidad, ella tambien hubiera debido salir… con botiquin. ?Ahora se daba cuenta! ?Y si los comunistas empezaban a disparar desde los balcones? ?Dios mio, que pocas enfermeras debia de haber! Claro que ella no sabia ni siquiera poner inyecciones… Y, sin embargo, lo hubiera dado todo por encontrar a Marta y preguntarle que debia hacer. Ignacio le decia: «?Ale, a casa, que ya deben de estar intranquilos!» Por la Rambla pasaba el subdirector. Encontro el medio de acercarse a Ignacio. Estaba desesperado. Penso que la primera providencia seria ir a la Logia de la calle del Pavo y poner al descubierto todo aquello, y el comandante se habia negado. Un teniente se les acerco: «Basta de conversaciones».

Ignacio y Pilar subieron las escaleras. La mesa estaba puesta. ?Don Emilio Santos sentado en el comedor! Al verlos, se levanto. No habia podido resistir la soledad, en su piso, con su criada que de tan nerviosa habia roto un plato y una taza a la hora del desayuno. Se quedaria a almorzar con ellos.

– ?Habeis visto a Mateo…?

– Si. Esta delante de Correos.

Don Emilio Santos habia recorrido media ciudad sin dar con el.

«?Hubiera podido venir a verme!», lamento. Ignacio dijo: «Si no lo ha hecho, es que le estaba prohibido. Hay un alferez que los tiene en un puno».

Don Emilio Santos habia escuchado las radios. En muchas ciudades se luchaba a brazo partido. «?Cuanta gente esta muriendo en estos instantes!» Se sabia de varias provincias en que el Alzamiento habia fracasado. Las emisoras del Gobierno daban noticias alarmantes para los sublevados… Se veia que las autoridades no habian dudado en entregar armas al pueblo. Al parecer, casi todo el litoral mediterraneo se habia declarado adicto al Gobierno.

Las palabras de don Emilio Santos convirtieron la fuente de arroz en algo frio y poco apetitoso. A todos se les hizo un nudo en la garganta. ?El litoral! Aquello significaba que Cartagena… Pero don Emilio Santos tenia confianza en que seria un bulo. Ignacio penso tambien en Alicante, donde estaba detenido Jose Antonio… «A lo mejor, en los primeros momentos le han liberado…» «?Cuanta gente esta muriendo en estos instantes!» Esta frase martilleaba los cerebros, mientras los tenedores subian lentamente hacia la boca. Carmen Elgazu penso: «Deberiamos encender otra vez la mariposa». Sin embargo, en vez de encenderla a San Ignacio, no sabia por que le parecio mas adecuado hacerlo a San Francisco de Asis.

Don Emilio Santos le dijo:

– San Ignacio, San Ignacio, que era militar…

– ?San Ignacio era militar? -pregunto Pilar, sorprendida.

Carmen Elgazu accedio a los deseos del huesped. Matias Alvear estaba nervioso. Era de las personas que con mas hondura sentia la importancia de lo que se estaba ventilando. Comprendia que cualquiera que fuera el resultado, los acontecimientos seguirian una marcha loca. Pensaba en su hermano de Burgos. Burgos, probablemente, quedaria en manos de los militares. En toda Castilla, Falange era poderosa. Aunque los campesinos… ?Que harian los militares con su hermano, jefe de la UGT? En Gerona se decia que a Casal iban a fusilarle… ?Y si los mineros asturianos bajaban al asalto de Castilla…?

Carmen Elgazu pregunto si se sabia algo del Norte. Don Emilio Santos no sabia nada. «No se sabe, no se sabe… El Norte es catolico. Estara al lado de los militares. Pero no se sabe nada.»

Cesar oia a unos y otros sin pronunciar una palabra. Le habia impresionado en grado sumo la arenga del Caid, que don Emilio Santos tambien habia oido por radio. «Las bendiciones sean sobre ti.» «Dios ayuda al siervo

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