situacion. ?Retirarse!… Salvese quien pueda. Goded se habia rendido. ?Y el comandante Martinez de Soria?
– El comandante Martinez de Soria es quien ha dado la orden.
Un soldado dijo:
– Se acabo la farsa.
Aquella fue la revelacion del electricista, del ultimo alistado. Traspaso su fusil a la mano izquierda, y acercandose al soldado le arranco el gorro de la cabeza y con el le dio en la cara a modo de guantazo. Hubo un altercado tremendo, el primero desde la declaracion del Estado de Guerra. El soldado barboto: «?Ya nos veremos, guapo!» Mateo acudio. Habia sido presentado al electricista a
– ?A que llamas tu farsa? ?A la redencion de Espana?
El soldado, sonriendo, se alejo. Entonces un oficial le ordeno cuadrarse y le dio un bofeton de una dureza inimaginable.
Cada hombre hacia sus planes. Algunos suponian que no les ocurriria nada y se volvian a sus casas dispuestos a permanecer en ellas. A otros les entro un miedo indescriptible, y pensaban en los mas inverosimiles lugares donde esconderse. Otros decian: «Inutil, inutil; daran con nosotros dondequiera que nos metamos». Alguien insinuo timidamente que los militares se habian precipitado y que no era como para agradecerles el lio en que los habian metido.
La orden era: «Devolver el arma al cuartel». Algunos obedecieron, otros la guardaron consigo. Todos pensaban en sus familias, en como los recibirian al verlos regresar derrotados, en el miedo que se apoderaria de todos. Voces serenas hacian oir su timbre. «?Que mas da! Hemos cumplido con nuestro deber. ?Viva Espana! ?Arriba Espana!» Los ojos se humedecieron al oir aquello: «?Viva Espana!»
Empezaba a clarear cuando las calles se desalojaron. La ametralladora de Correos habia desaparecido, lo mismo que los canones. Solo quedaban los guardias civiles, algunos soldados y algunos oficiales y los de Falange. Los demas hombres se habian retirado.
«La Voz de Alerta», al llegar a su casa y contar a Laura lo ocurrido, temblaba de pies a cabeza. «?Tengo que huir, tengo que huir!» Comprendia que no tenia salvacion. Pensaba en los Costa. «?Hay que avisar a tus hermanos en seguida!» Laura lloraba. «?Que quieres pedirles? Estaban furiosos por la sublevacion. Ademas que no se si conseguiran nada. ?Dios mio!, ?que vamos a hacer?» En la puerta de la alcoba sonaron dos golpes. Era la criada, Dolores. «Senorito…se lo que ocurre. Todo el dia de ayer estuve pensando en usted. Cojamos el coche y nos vamos a mi pueblo. Ya sabe usted que alli todos le queremos. Le defenderemos todos, ?todos!» «La Voz de Alerta» sintio que aquellas palabras eran el Evangelio: «?Haz las maletas! Pon esto, pon lo otro…»
El notario Noguer subio a ver a mosen Alberto, el cual no se habia acostado. El notario le dijo: «Hay que pasar la frontera inmediatamente. Hay que ir en coche hasta donde sea y luego buscar un guia. Usted se viene tambien con nosotros».
Mosen Alberto dudo. Dijo que no podia tomar ninguna determinacion sin consultarlo con el senor Obispo. «?Pues vaya a Palacio y vengan a casa antes de las ocho! El comandante no hablara con las autoridades hasta media manana. No hay tiempo que perder.»
Don Pedro Oriol no queria moverse del piso. «Estoy fatigado. Ademas, ?que pueden hacerme? Supongo que les interesaran otras victimas.»
Mateo reunio a todos los falangistas y les dijo: «Camaradas, ya sabeis que en Gerona el Movimiento no ha fracasado. Quien diga lo contrario, miente. Aqui hemos triunfado… sin resistencia ademas. Nuestra labor ha resultado inutil. Ahora tenemos que retirarnos porque en Barcelona ha habido traicion. ?Pero no importa! Tal vez muramos todos, pero Espana se salvara. Con solo un reducto que hubiera quedado bastaria, y han quedado no solo reductos, sino provincias enteras. Que Dios nos proteja. ?Arriba Espana!»
Todos le rodearon con efusion. Rossello le dijo: «Por lo menos tu, ponte a salvo». Mateo contesto: «Yo me voy a visitar a mi padre. Tal vez volvamos a vernos. Os doy mi palabra de honor de que hare lo que crea mejor para el servicio de Espana. Si pudiera dar la vida para salvar la de Jose Antonio o la vuestra, la daria».
CAPITULO LXXXVII
A las nueve en punto, el comandante izo la bandera blanca en el cuartel y mando una nota al general indicandole que se rendia con todos sus hombres y armamento «para evitar derramamiento de sangre». La nota anadia: «Creo haber servido a Espana. Una y mil veces volveria a hacer lo que he hecho».
Aquella fue la senal. Todos cuantos custodiaban a los detenidos se retiraron al cuartel y luego a sus casas. El general salio a la calle y se encontro con el coronel Munoz que salia en su busca. Ambos se dirigieron a Comisaria. El Comisario estaba en su puesto, secandose el sudor. Tambien el agente Antonio Sanchez. Julio no habia llegado todavia. El general dijo: «Hay que proceder inmediatamente a la detencion de esos traidores. Vamos al cuartel». El Comisario sugirio la conveniencia de esperar unos minutos. Habia mandado aviso a todos los jefes de los Sindicatos y Partidos Politicos que se habian mantenido adictos al Gobierno de la Republica, y parecia deber de correccion que ellos formaran parte de la comitiva que fuera al cuartel. «No hay que olvidar que ha sido el pueblo el que ha ganado la batalla en Barcelona y en tantos lugares.»
El general creia que era asunto estrictamente militar y de Orden Publico. El coronel Munoz lo mismo. «Vamos nosotros, usted como Comisario y Julio como Jefe de Policia. ?Donde esta Julio?» Los acompanarian guardias de Asalto.
El Comisario accedio de mala gana. ?Cosme Vila, el Responsable, Casal! Se indignarian al saberlo. Tal vez estuvieran detenidos aun. «Tal vez alguno de ellos haya sido fusilado.»
Salieron a pie, formando un grupo compacto que cruzo la Rambla en medio de la mayor expectacion. La gente empezaba a salir, insegura. Al reconocer al general y a sus acompanantes, todo el mundo comprendio lo que habia pasado. La rendicion era un hecho. «Se dirigen al cuartel a detener al comandante Martinez de Soria.»
La comitiva cruzo el Puente de Piedra. Un extrano silencio se habia aduenado de aquella parte de la ciudad. Tomaron la avenida paralela al rio. Alla al fondo, frente a los cuarteles, se veian manchas oscuras. Se hubiera dicho que habia agitacion. A medida que avanzaban, percibian voces y ruidos. «?Que ocurre?» Suponian que encontrarian el cuartel muerto, con los oficiales formados en espera de su llegada. En vez de esto, era evidente que habia gran movimiento. El general, de pronto, temio que la nota mandada por el comandante fuera una estratagema y que los oficiales se aprestaran a disparar sobre ellos a quemarropa. A lo lejos se veia, pequena, la bandera blanca. Y los gritos continuaban. Ordeno a varios guardias de Asalto que se acercaran a ver lo que ocurria. Estos obedecieron y regresaron con la noticia de que la gente que habia alla eran militantes del Partido Comunista y de la CNT-FAI. Habian visto la bandera blanca en seguida y se habian adelantado a pedir justicia. El general lanzo varias imprecaciones. «?Son muchos?» «Continuamente llega mas gente. Si no se da usted prisa, asaltaran el cuartel.»
Echaron a andar. Y al llegar a unos quinientos metros del edificio se ofrecio a sus ojos un espectaculo inaudito. Del cuartel empezaban a salir los soldados tirando sus gorros al aire y pisoteandolos. «?Licenciados, licenciados!», gritaban. Se quitaban las guerreras, y algunos paisanos les cedian, riendo, sus chalecos, camisas o boinas, poniendose por su parte la indumentaria militar, en actitudes ridiculas. Habia mujeres que se quitaban las blusas y las colocaban sobre la cabeza de los soldados a modo de panuelo.
– ?Quien ha ordenado licenciarlos? -grito, exasperado, el general.
Nadie contesto. Los soldados, al verle, iniciaron un movimiento de huida, algunos ni eso. De pronto alguien informo: «?El comandante Campos!» Porvenir estaba alli y comento, en voz alta: «No vamos a continuar con Ejercitos, ?verdad?»
El coronel Munoz hizo comprender al general que lo mas urgente era proceder a la detencion de los oficiales sublevados. Todo aquello se arreglaria mas tarde. «?Paso, paso!» La multitud que se iba congregando era enorme. La noticia de la rendicion se habia propagado ya por toda la ciudad. «?Y donde esta el comandante Campos?»
Este aparecio en la puerta del cuartel, en compania de dos sargentos que se habian quedado en sus casas durante la sublevacion. El comandante Campos explico al general que, al ver que la turba se congregaba ante el cuartel, habia temido lo peor, y que licenciar a los soldados fue la unica forma que vio eficaz para evitar que
