lincharan a los oficiales. «La orden de reincorporacion podra darse en cualquier momento», anadio.
El general le oia enfurecido, pero estimo que todo aquello era razonable. Entro en el cuartel. «?Donde estan esos cretinos?» «En el salon de oficiales.» Alla se fueron, y el general en persona abrio la puerta.
El comandante Martinez de Soria estaba en el centro de cuantos habian secundado el movimiento. Eran unos veinte y el general fue mirandolos uno a uno, deteniendose especialmente en el alferez Roma, que le habia tenido en pijama unas cuatro horas, en su cuarto. Los oficiales estaban de pie, los brazos a lo largo del cuerpo. Ninguno de ellos se cuadro ante el general ni saludo militarmente. Este comprendio. No acerto a articular una silaba: tanta era su indignacion. Se acerco al comandante Martinez de Soria y de un tiron le arranco la estrella, respetando las condecoraciones. Luego hizo la propio con los demas, con ritmo nervioso y rapidez inaudita. Mientras tanto, el coronel Munoz procedia a desarmarlos. Al quitarle el sable al comandante le dijo: «Lo siento…» Este, al encontrarse sin sable, se quito tambien los guantes blancos y los dejo sobre la mesa, al lado de la botella de conac.
El general hizo un breve discurso anunciandoles que se les acusaba de rebelion militar contra el Gobierno al que habian jurado fidelidad, y que serian sometidos a juicio sumarisimo. El comandante Martinez de Soria le hizo observar que habian jurado fidelidad a Espana, pero no a un Gobierno que procedia a su ruina. El general le contesto que no era el momento de jugar con palabras.
– ?Donde quedan detenidos? -pregunto el coronel Munoz.
El general replico:
– ?En… el calabozo! ?En cualquier calabozo!
El comandante Campos se acerco al general. Le advirtio que la masa concentrada afuera preferiria sin duda alguna la carcel, la carcel civil. «No olvide, mi general, que sido el pueblo el que…»
«?Al diablo con el pueblo!» El general estaba harto de oir aquella palabra. Por desgracia, los calabozos en condiciones estaban en el cuartel de Infanteria. «?Hay que trasladarlos alla ahora mismo! ?Andando!»
El comandante Martinez de Soria palidecio. Habia oido el rumor de la multitud afuera y sabia que solo el comandante Campos y el temor de las pistolas habian contenido aquel alud. ?Salir ahora, seguramente a pie y cruzar la ciudad! Conocia al general. No suponia que hubiera mala fe. Habia en el algo inconsciente, obraba por instinto.
– General -dijo-, aqui al lado, en el despacho, esta mi hija. Le agradeceria a usted que mandara custodiarla hasta mi casa.
El general abrio y cerro los ojos precipitadamente.
– ?Su hija…? ?Que hace su hija?
El comandante marco una pausa.
– Pues… ahi esta.
El coronel Munoz intervino:
– No se preocupe. Se la acompanara a su casa.
Los guardias de Asalto rodearon a los detenidos. El general, el coronel Munoz y el Comisario salieron, y aquellos detras. Al comandante Campos le parecia una enorme imprudencia, pero sabia que el general no le daba importancia a nada y suponia que con un grito contendria una multitud.
Al aparecer en la puerta del cuartel la figura del comandante Martinez de Soria, el clamor de la turba fue infernal. «?Asesinos, asesinos!» Por primera vez se hallaban verdaderamente mezclados comunistas y anarquistas, sin distincion. Socialistas en menor numero, pero tampoco faltaban. Y soldados, con boinas o blusas de mujer en la cabeza. Y en primera fila los murcianos. La colonia de murcianos estaba alla entera, con algunos chiquillos. «?Asesinos, asesinos!» Muchos iban armados y blandian sus pistolas. Al aparecer el teniente Martin el clamor redoblo en intensidad. «?Las tumbas de Joaquin Santalo y Jaime Arias!» Casi las habian olvidado. El teniente habia encendido un cigarrillo, y un oficial de Asalto, de un manotazo, se lo tiro al suelo. «?No haga el chulo, idiota!»
La comitiva echo a andar. La guardia era cerradisima; imposible abrir brecha. De pronto se oyo una voz que salia de lo alto de un camion militar parado alli. «?Por las armas!» El general no entendio claramente, pero se volvio en redondo. «?Por las armas!» La multitud se dividio instantaneamente en dos grupos definidos. Los que preferian ver al comandante Martinez de Soria sin estrella, sin sable, sin guantes blancos, despidiendo dolor por los ojos y el alma; al alferez Roma adoptando una actitud de olimpica indiferencia; al teniente Delgado, palido como un cadaver; al teniente Martin y a los demas; los que preferian esperar que de un momento a otro pudiera despejarse la escolta y echar todos los oficiales al rio, y los que al grito de «?Armas!» se sintieron subyugados por esta palabra, recordando las que habian visto la vispera en manos de los amotinados, la ametralladora de Correos y los canones. Los primeros continuaron cercando a los oficiales; los segundos entraron en tromba dentro del cuartel.
El general comprendio que era tarde para actuar, y que la media docena de sargentos que habia dejado en el cuartel seria impotente para contener el alud. En cuanto al comandante Martinez de Soria dio un grito en direccion del coronel Munoz: «?Me ha prometido usted velar por mi hija!» El coronel le contesto: «Y he cumplido, no tenga usted miedo».
Los soldados licenciados fueron los guias de los que prefirieron entrar en el cuartel. Los acompanaron a traves de largos corredores en direccion al deposito de fusiles, de bombas de mano. En uno de los patios aparecieron dos canones. Los milicianos montaron en ellos. A gusto hubieran disparado. Querian arramblar con cuantas armas pudieran. Algunas bombas de mano, por su tamano, no les cabian en los bolsillos; otras si. Se llenaban de ellas la pechera. Cogian balines y los tiraban al aire o hundian las manos en ellos, dejandolos caer en cascada. Muchos se pusieron uno en la boca. El contacto frio y metalico los refrescaba. Los mas sagaces descubrieron fusiles ametralladoras, se apoderaron de ellos y salieron afuera. Otros se ponian correajes con dos pistolones. Trozos de bandera servian para colocarselos en el cuello, a imitacion del Cojo. Algunos se los doblaban en la cabeza a la manera de los piratas. Los soldados decian: «?En el cuartel de Infanteria hay mucho mas!» El camion que habia fuera fue abarrotado de armas y alguien lo condujo a toda velocidad hacia el local del Partido Comunista.
Entretanto la otra comitiva avanzaba, cruzando el Puente de Piedra. La gente habia ocupado las aceras y contemplaba el paso de los oficiales detenidos. «?Asesinos, asesinos!» «?En Barcelona han muerto tres mil camaradas!» «?En Madrid dos mil!» Aquellas cifras impresionaban al general. Los guardias de Asalto se multiplicaban para que ningun oficial ofreciera blanco seguro a la muchedumbre.
Al entrar en la Rambla se produjo el choque inesperado. En direccion contraria avanzaban, en fila, Cosme Vila, el Responsable, la valenciana, el catedratico Morales y Julio. Los primeros acababan de ser liberados. Julio se habia decidido a salir de su escondite en casa del doctor Rossello.
El Comisario, al verlos, grito: «?Ahi estan!» El general ordeno avanzar sin hacer caso. Pero la multitud habia visto a sus jefes y, dirigiendose a su encuentro con los punos en alto, gritaba: «?Viva Cosme Vila! ?Viva el Partido Comunista! ?Viva la CNT! ?Viva Rusia!» El alferez Roma le dijo al teniente Delgado: «Ni un solo viva a la Republica». El teniente Delgado no pudo contenerse y grito: «?Viva Espana!» Solo le oyeron unos cuantos. El coronel Munoz le miro por primera vez retadoramente. El teniente Delgado le dijo: «?Un coronel se asusta de oir Viva Espana?»
Cosme Vila parecia un muerto. En veinticuatro horas sus ojos se habian hundido de forma inverosimil, como si los centinelas que le tocaron en suerte no hubieran cesado de apretar en ellos los dedos.
Alrededor de la cabeza tenia aun mucho pelo, pero arriba la calvicie era absoluta y ahora relucia al sol. Iba en mangas de camisa, con el cinturon ancho regalo de su suegro y las alpargatas ligeramente abiertas. Correspondio a los vivas de la multitud levantando el puno como solo el sabia hacerlo. Todo el mundo advirtio que en el costado derecho llevaba un enorme pistolon.
El Responsable llevaba dos. Su gorra, puesta con energia increible, su visera saliendo agresiva, no bastaban a ocultar, alla al fondo, el color gris de sus ojos. Era mas bajo que Cosme Vila, pero al andar se afincaba mas en el suelo. Cosme Vila revelaba al andar su origen burocratico, de empleado de Banca. Habia llevado zapatos durante muchos anos. El Responsable apenas levantaba el pie. Y avanzaba, avanzaba con ritmo incontenible. Daba la impresion de que hubiera podido atravesar los cuerpos del comandante Martinez de Soria, del general, de la multitud, y continuar avanzando sin detenerse. Los suyos le habian rodeado. Santi, de un salto, se le habia colgado al cuello y le habla dado un beso. Luego miraba los dos pistolones y los acariciaba. El Cojo decia, mirando al teniente Martin: «?Y no podemos matarlos!»
La valenciana llevaba el escote de las grandes solemnidades. Al ver a los crios de los murcianos se enternecio. «?Cinco hijos, cinco hijos!», grito, senalandose los senos. Julio le dijo: «Ale, ale, no decir
