cantidad de juegos que podian inventar alla dentro! Ninguno estaba satisfecho de lo que habia conseguido. Solo Porvenir… Porvenir destrozaba los tubos del organo.
– ?Fuera, fuera…!
Todos obedecieron. Era una pena. El incendio era oloroso. Todo el templo despedia olores excitantes: la madera, el incienso. Olor a cosa buena. La lampara central acababa de desplomarse y el chico de uno de los murcianos se habia salvado de milagro.
Al aparecer en la puerta, Cosme Vila se llevo la gran sorpresa. Imaginaba que la muchedumbre que no habia cabido en el templo se habria estacionado fuera, y no era asi. «?Donde estan?», pregunto. Vio que en realidad, excepto los de dentro, no habia quedado casi nadie.
– Se han ido -informo alguien-. A otras iglesias.
Era cierto. No habian podido soportar el suplicio de la inactividad y pronto se habia formado otra columna, capitaneada por Blasco, que se dirigio a la iglesia del Carmen.
Cosme Vila se enfurecio. Hubiera querido organizar todo aquello metodicamente. Pero no era posible. Entonces el Responsable se dio cuenta, por su parte, de que en realidad Cosme Vila dirigia la orquesta. ?Con el trabajo que habia en la ciudad! Llamo a los suyos y sin decir una palabra echo a andar hacia otro lado, como tocado por una idea repentina. Antes de abandonar la calle, volvio la cabeza. Y vio que la primera llama gigantesca salia por la puerta principal. Era extrano que uno no quisiera tan solo ver el remate de la obra empezada, que se cansara uno tan pronto de operar en el mismo lugar. Era la riqueza. La cantidad de guaridas de la oposicion que se ofrecian a su labor purificadora.
Mientras la iglesia de los jesuitas ardia por dentro, en la del Carmen, ocupada por Blasco y su grupo, se repetia la escena anterior, pero con mayor experiencia. El Cojo, que odiaba copiar -y, sobre todo, copiar a Cosme Vila o a Gorki-, en vez de subirse al pulpito y otras zarandajas, se habia dirigido directamente al Sagrario, destrozandolo de un culatazo. Su idea era sacar el copon y asi lo hizo. Lo tomo en sus manos y de pronto se volvio. «
El Cojo trepo entonces por los peldanos del altar mayor. Se situo tras la imagen de la Virgen del Carmen y de un empujon la tiro abajo. Entonces el ocupo su lugar, la hornacina, y extendio los brazos como un predicador. Alguien habia encendido las luces, por lo que las costras de los labios del Cojo eran visibles, en tono amoratado. Se oyeron disparos, autenticas rafagas con destino a las imagenes. El Cojo temio que le confundieran con un santo. «?Cuidado!» Y pego un salto. La madera del altar cedio bajo sus pies y se encontro hundido hasta medio cuerpo, causandose rasgunos de los que broto sangre. Aquello desato su ira. Pudo liberarse con la ayuda de varios camaradas. Al pisar terreno firme vio un marco y un cristal que relucian en el suelo. Los destrozo de un taconazo. Era el Evangelio de San Juan.
Este grupo de asaltantes parecia tener mas imaginacion. A los de Cosme Vila, en realidad, habia terminado por deslumbrarles el oro. El oro de los candelabros, de las coronas, de la custodia. Moverse entre objetos de oro pudiendo destrozarlos; el Cojo y sus huestes se inclinaron mas bien por la parodia. Atacaron al hombre posible mejor que a los objetos. Asi que, en vez de sacar a la calle el mayor Crucifijo, sacaron dos confesonarios. Y un comunista salio del interior de uno de ellos mostrando a los transeuntes una coleccion de postales pornograficas y diciendo que las habia encontrado alli. Del otro confesionario otro individuo saco un porron. «?Eh, eh, para rociar los pecados!» Se puso a beber. Todos querian participar de la ronda. Algunos transeuntes se reian. La mujer de Casal -su piso estaba alli mismo- habia salido a la ventana y preguntaba: «?Sabeis donde esta Casal, sabeis donde esta Casal?»
Nadie la oia. Del interior del templo surgian tambien llamas. Unas llamas inmensas, lenguas de monstruo, de tonos diversos. El material parecia mas combustible que el del Sagrado Corazon; los olores menos penetrantes.
En toda la ciudad se establecio una suerte de competencia. Lo que empezo siendo una multitud, eran ahora grupos dispersos de cincuenta a cien individuos. La sensacion de que eran libres habia despertado en muchos de ellos la idea de constituirse en jefes. No se resignaron a ayudar a Porvenir a tirar a Cristo al rio. Quisieron obrar por su cuenta.
Ello origino que en dos horas escasas fueran ocho las iglesias que se incendiaran en la ciudad. Y tres conventos de monjas -el de Pilar, las Dominicas y las Escolapias- habian quedado destrozados. ?El pupitre en el que Pilar habia estudiado, hecho astillas! Y las camas virginales de las monjas, orinadas. Y los pianos. Los pianos de aquellos conventos cuya Madre Superiora no quiso seguir el consejo de mosen Alberto. ?Y donde se habian metido las monjas? Los milicianos no encontraban una sola, pero, en cambio, descubrian sus secretos… En las Escolapias, viveres para cinco anos; en el convento del Corazon de Maria… un pasadizo subterraneo.
«?Las catacumbas, las catacumbas de que hablaban!» «Si, si, catacumbas, esto debe de comunicar con la sacristia de San Felix, con los curas. ?O creeis que dormian solas?» El capitan de aquel grupo era Ideal. El chico, con una lampara electrica, se interno por el oscuro pasillo. Adelante, adelante. Los demas le seguian con la seguridad de dar, ?por fin!, con el centro vivo y oculto donde radicaban las orgias eclesiasticas y las torturas. De pronto notaron humedad. Agua, mucha agua. «?Como puede ser si el nivel de esto es mucho mas elevado que el rio?» «?Lo habran inundado, lo habran inundado para que no veamos nada!» Desesperados, tuvieron que regresar. Pero pronto descubrieron una bifurcacion. Y entonces, a pocos pasos, hallaron una especie de patio rectangular en el que se veian losas adosadas a la pared y montones de tierra removida. Ideal se detuvo. Le acompanaba el brigada Molina, de la Milicia Popular. «?Que hay aqui?» Alguien trajo un pico y un martillo. Con el pico despegaron una de las losas, que cedio con facilidad y la atrajeron hacia si. «?Esqueletos!» ?Alli estaban! «?Miserables!» «?Alli escondian los cadaveres!» Alguien dijo: «Los cadaveres de los crios que tenian de extranjis». Bien claro se veia. Eran esqueletos raquiticos, como encogidos. Una a una fueron despegando las losas. Ideal hundio sus manos entre los huesos de un esqueleto y el armazon se desmorono. En cambio, otros se conservaban enteros dentro de ataudes de madera. «?Afuera con eso, afuera con eso!» Sacaron los ataudes. Subieron con ellos al convento. Salieron. «?Donde los dejamos?» «?Ahi en la acera, para que todo el mundo los vea!». «?Puercas, cochinas!». «?Traed aquel del crio, el pequeno!»
La exposicion de los esqueletos en la acera desato la imaginacion de todos. Murillo, que capitaneando su celula trotkista era quien trabajaba en el convento de enfrente, en el rico convento de las Escolapias, fue informado del hallazgo en el convento del Corazon de Maria. Le parecio que limitandose a no dejar titere con cabeza y a comerse los viveres de cinco anos, hacia el ridiculo. ?Un disidente tenia que superar a los adversarios en todo! Su lugarteniente era Salvio, el novio de la criada de Mateo. Murillo habia visto demasiado yeso roto en sus tiempos de decorador para que derribar imagenes o fusilarlas le impresionara. Por lo demas, desde aquella parte de la ciudad se veian cuatro incendios. El mas cercano, el de San Felix. De modo que quiso superarse. La plaza del convento era la de las escalinatas de la Catedral. El decorado era, pues, grandioso. Entro en la sacristia con un grupo y todos se pusieron las vestiduras sagradas. Murillo un alba que le llegaba a media pierna y luego la casulla mas dorada que encontro y un bonete viejo que colgaba en el perchero. Salvio se puso una sobrepelliz y se enrosco una faja roja en la cintura. Y otra casulla. Ni uno solo dejo de ponerse casulla. Tomaron el hisopo, dos incensarios y misales. Y luego el palio. Alguien descubrio un pequeno palio que las monjas utilizaban cuando el obispo visitaba su capilla. Y luego la custodia, que Murillo tomo en sus manos. Y de este modo salieron afuera.
Al otro lado, en la acera, los esqueletos. A este lado la procesion improvisada, cantando
Ideal fue informado a su vez. Salio con los demas a contemplar la farsa. Murillo, bajo palio, subia ya los peldanos de la escalinata. Los incensarios bamboleaban en el aire. Sus poseedores eran inhabiles en el manejo y
