se golpeaban las rodillas, lo cual provocaba hilaridad. De pronto, Murillo se volvio con la custodia. Sus grandes bigotes le daban aspecto feroz. Y en aquel momento se canso de todo aquello. Le parecio que, en realidad, aquello no era nada al lado de los esqueletos que habia encontrado Ideal. Lanzo la custodia al aire y quiso bajar de prisa como poseido repentinamente de una idea. Pero la casulla le estorbaba. Todo el mundo se rio. Los del palio se sintieron desamparados. Por suerte, alguien con un caliz iba repartiendo vino. Aquello alegro a todos, aunque pronto unos y otros volvieron a mirar a uno y otro lado, como queriendo contemplar de nuevo lo hecho, e imaginar nuevas cosas que hacer.

En realidad, era increible lo poco que daba de si una custodia. Ideal hubiera creido que uno podia mofarse de ella durante toda una vida; una vez rota no era nada, no se diferenciaba de cualquier trasto de los que Blasco tenia en su habitacion.

Sin embargo, los cuatro incendios crecian en tamano y mantenian aquel estado de animo. «?A ver lo que ha pasado en San Felix!» Todos juntos, Murillo y los suyos, anarquistas y el resto se lanzaron pendiente abajo. Solo dos o tres mujeres permanecieron ante los esqueletos, montando guardia a los huesos y repitiendo: «Hay que ver, esas cochinas».

La iglesia de San Felix olia a sangre. Las llamas brotaban de aberturas inverosimiles y mucha gente se habia congregado en la plaza contemplandolo. El campanario era hermoso como cuando, en otros tiempos, en la noche de San Juan, lo iluminaban con focos desde abajo.

En el centro de la muchedumbre congregada destacaba por encima de toda ella un hombre, un gigante: Teo. A las nueve de la manana habia salido liberado junto con el gitano y el mozo que persiguio a un hermano suyo con una hoz. Teo sabia que Cosme Vila habia dado la orden de liberacion; pero no se lo agradecio. ?Dias y dias olvidado! No quiso presentarse a Cosme Vila. Contemplo el paso de los oficiales desde el balcon de un amigo. Y luego vio que la multitud se dirigia al templo del Sagrado Corazon… sin contar con el. Ni una vez se habla vuelto Cosme Vila para preguntar: «?Donde esta Teo?»

Entonces Teo obro por cuenta propia. Bajo a la calle en el momento en que el Responsable habia formado su columna dirigiendose hacia el convento de las Dominicas. La imponente humanidad de Teo consiguio arrastrar consigo unos cincuenta de estos hombres y dirigirse a San Felix. «?Despues de la Catedral es lo mas importante!» Antes hubiera querido ir al piso de «La Voz de Alerta» y al de don Jorge, pero comprendio que la gente exigia trabajos de importancia.

Por ello San Felix olia ahora a sangre. Porque los que siguieron a Teo, casi en bloque, fueron los murcianos. Cosme Vila los intimidaba, pero no Teo. De modo que al penetrar en el templo y descubrir que, contrariamente a lo ocurrido en el Sagrado Corazon, los bancos no estaban desiertos, todo el sol que habia caido sobre sus cabezas en la plaza de S'Agaro, todas sus suplicas al arquitecto para obtener agua potable, todas las escenas de su infancia en su tierra pusieron una venda ante sus ojos, los cegaron y apenas se dieron cuenta de lo que hacian.

Se acercaron a los bancos, antes de incendiar nada. Cada uno llevaba un fusil ametrallador: en el cuartel habian sido «de los sagaces». Y en los bancos hicieron otro descubrimiento: las personas que habia alli arrodilladas no eran personas como ellos las entendian, no eran como sus hermanas o sus mujeres: eran monjas. Y los murcianos, contrariamente a Ideal, que acusaba a estas de tener bebes en los pasadizos subterraneos, las acusaban de no querer tenerlos, de no querer ser madres, de traicionar a la humanidad. Por ello, y por sus monos ridiculos, y por sus vestidos largos, y por sus aires de moscas muertas, y por el panico de sus ojos al volverse y ver aquellos hombres con panuelos rojos en la cabeza, y por los diminutos puntos luminosos de los rosarios que tenian en las manos, las acribillaron a balazos. No sabian cuantas eran; cinco o seis. Unas se doblaron hacia delante, apoyadas en el banco de enfrente como si continuaran rezando. Otras se cayeron de lado, sobre las piernas de las primeras. Una, la mas joven, se echo para atras y su cara, chata, desorbitada, se quedo contemplando la boveda del templo, extendidos los brazos.

Teo no supo si aquello era bueno o malo. En todo caso, algo, era un acierto: se habia hecho sin tener orden de Cosme Vila. Por lo demas, ?que mas daba? ?No creian en el cielo? Alla se encontrarian con el hermano Alfredo. Por mas que, segun decian, a este no le gustaban las mujeres…

De todos modos, a Teo el espectaculo le desagrado. Llevaba dias sin ver la plataforma gigantesca de su carro y no creia ya en una disciplina que aconsejaba a un jefe abandonar en la carcel a un militante como el. Su alma individual se habia reencontrado a si misma. De modo que no pudo resistir la vision de los murcianos introduciendo las manos entre los vestidos de las monjas para ver que habia dentro, si joyas o carne que no era de mujer. Y decidio quemar la iglesia. Lo decidio sin que ello hubiera sido su intencion al ponerse en cabeza de la columna. Su intencion habia sido simplemente comprobar una cosa que le torturaba desde su infancia: la historia de la incorruptibilidad del cuerpo de San Narciso, que era el patron de la ciudad y que guardaban en una urna de cristal en aquella iglesia, tras el altar que llevaba el nombre del Santo. Teo recordaba que su madre, cuando las Ferias, los habia llevado alli a el y a su hermano y les hacia besar el relicario. ?Queria conocer la verdad! Porque estaba seguro de que todo el cuerpo era de madera. No le quedaba mas remedio que quemar la iglesia, para que el espectaculo de las monjas muertas no le persiguiera y para no ver a los murcianos haciendo tonterias. Ahora bien… ?por que no sacar antes, afuera, la urna con el cuerpo del Santo e incendiar la iglesia luego? «?Eh, eh…!» Llamo a los mas forzudos. Todos querian ayudarle. Les costo horrores, la urna estaba empotrada. Pero lo consiguieron. Teo era un gigante. «?A mi casa, a mi casa!» leo vivia alli mismo, al comenzar la calle de la Barca. Subieron a su casa y abandonaron la reliquia. Y cuando regresaron al templo, ya este ardia por dentro, ya las llamas brotaban de inverosimiles aberturas.

Aquello olia a sangre… y no a madera ni a incienso. Olia a sangre para los murcianos y para Teo, los unicos que conocian la verdad, Murillo, al ver al gigante, retrocedio. Recordo que cuando su expulsion en la Asamblea, al escapar del escenario, Teo habia intentado hacerle la zancadilla. Y, sin embargo, ahora todo ocurria de otro modo. Teo tambien le habia visto, y al descubrir la casulla, el alba hasta media pierna y el bonete en la cabeza, todos sus resquemores desaparecieron y hasta el desagrado por los cinco -o seis- asesinatos. Teo lanzo una carcajada. «?El obispo, el obispo!» Se acerco a Murillo, Todo el mundo le siguio. Teo recordo que Murillo odiaba a Cosme Vila. Le abrazo. Murillo no comprendia. Detras de el, Ideal, con su hisopo, bendecia la escena.

La ciudad entera parecia un campo volcanico del que de pronto pudiera surgir la ultima llama, la grandiosa y definitiva. Docenas de corazones sentian en su centro, en ese diminuto y exacto centro solo perceptible en las grandes ocasiones, que la humanidad del hombre habia muerto, que en su lugar se habia introducido entre los huesos algo inferior, ajeno a el, participante a la vez del estado primitivo y del que tal vez dominara en los ultimos instantes del universo, que le convertia en un ente desenfrenado, que buscaba saciar su sed precipitando al abismo el agua de todas las fuentes.

Mosen Francisco, desde una ventana de cocina parecida a la que se asomo tantas veces Mateo en casa de Pedro, habia visto a Teo sacando en hombros la urna del cuerpo de San Narciso, y luego vio las llamas brotar del templo. Se arrodillo en el suelo de la cocina, con las manos en el rostro, y sus sollozos inundaron la casa y un gato que habia alli, sobre los fogones, le miro como electrizado y se le acerco, restregando su pelo suave en su sotana. De pronto mosen Francisco se levanto y quiso lanzarse escaleras abajo, como si recordara la frase del Caid que Cesar le habia aplicado desde el fondo de su memoria; pero los duenos de la casa le detuvieron. Le dijeron que era demasiado joven para morir. Mosen Francisco queria salvar la Custodia, el caliz, el cuerpo de San Narciso, a Teo y al mundo; el dueno de la casa pidio una cuerda a su esposa y ato el vicario a una silla. Le ato las manos y los pies y le puso en un rincon. Mosen Francisco entendio que la voluntad de Dios era que continuara vivo y entonces dejo de presionar con sus brazos para romper las cuerdas. Sonrio. Dijo: «Hagase tu voluntad». Y rogo al dueno que le liberara una mano, una mano tan solo para acariciar al gato.

Docenas de personas seguian con angustia la division de las columnas por la ciudad, y sabian que el Responsable, en las Dominicas, incendiaba no solo la capilla, sino el edificio entero, e Ignacio habia visto al huir del Banco -?el Banco trabajaba, a pesar de todo!- que Cosme Vila subia en persona, escoltado por seis milicianos, al domicilio de don Jorge, y otros al de «La Voz de Alerta» y otros al de don Santiago Estrada, y como inesperadamente, de una tienda de musica brotaban guitarras, violines -?y pianos!- e iban a parar al rio, donde unos se hundian en el barro hasta quedar ocultos y otros se clavaban en el como el Cristo del Sagrado Corazon.

Todo el mundo sabia que el general y los veinte oficiales habian llegado ya al cuartel de Infanteria y que los veinte detenidos habian quedado encerrados en el calabozo, sin estrellas, sin guantes blancos. Todo el mundo sabia que Julio habia salido alocado, echandose el sombrero a uno y otro lado, en busca de Cosme Vila, para que pusiera coto a su obra demoledora. Todo el mundo sabia que en muchas ciudades de Espana los combates

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