Oriol negandose a salir del piso, a pesar de los ruegos de su esposa; a mosen Alberto y al matrimonio Noguer detenerse en taxi a veinte kilometros de la frontera, y hablar con un hombre que les pedia dos mil pesetas a cada uno para conducirlos al otro lado de los Pirineos; a los duenos de la fabrica Soler haciendo planes para embarcarse en el puerto de Palamos; a Matias Alvear recibiendo en Telegrafos comunicaciones de este tono: «Felicitaciones triunfo proletariado, Vasiliev». «Llegare manana tarde incognito, Vasiliev.»

Todo el mundo sintio que la eterna mesa con mantel amarillo y flores bordadas, alrededor de la cual, mejores o peores, amandose mas o menos, se sentaban los seres queridos, se iba a convertir en una superficie plana con un plato vacio, o dos, y el comedor en una estancia con una o dos sillas que reclamarian inutilmente su complemento humano, aquel al que estaban habituadas.

En muchas familias las ausencias eran ya un hecho, como en casa del comandante Martinez de Soria, en casa de Mateo, en casa de don Jorge, del doctor Rossello, de los albaniles y el electricista…

Estas familias, y muchas mas, se hallaban en la situacion de desear tener a los suyos a la vez proximos y lejanos. Lo mas cerca posible de su corazon; lo mas lejos posible de los fusiles ametralladores de los murcianos, del Comite Revolucionario que iban a constituir Cosme Vila, el Responsable, Casal.

La propia dona Amparo Campo tenia que lamentar en su piso una ausencia: la de Julio. Julio todavia no habia regresado. Llevaba cuarenta y ocho horas fuera. La vispera de la sublevacion se refugio en casa del doctor Rossello. Al saber que los militares se habian rendido, se presento en la Rambla junto con Cosme Vila y el Responsable; luego se fue a Jefatura y todavia no habia regresado. Dona Amparo Campo le decia al coronel Munoz: «Natural, quiere ver si consigue encauzar las cosas»; y el coronel Munoz le contestaba: «La batalla ha sido demasiado dura en todas partes. Ha corrido demasiada sangre del pueblo».

El general lo veia todo facil. «?A la carcel, a la carcel!» Pero dona Amparo Campo tenia miedo y el propio Comisario se confesaba a si mismo que disminuia de peso.

Julio era quien conservaba la serenidad, aun cuando en algunos instantes habia estado a punto de perderla y en ninguno nego la gravedad de las circunstancias. Por de pronto, no creia ni en la carcel ni en el procedimiento de perder peso para solucionar nada. ?Por que negarlo? Los hechos eran amargos, no tanto por sus efectos como por sus causas. Porque lo que en realidad inspiraba temor a Julio era la transmutacion total, absoluta, de valores, de la escala jerarquica. En otras palabras, que Comisaria y Jefatura se hubieran convertido por arte de magia en despachos muertos. Que en otros lugares de la ciudad brotaran, independientes, como plantas salvajes, otros organismos que se arrogaran sus derechos, que ni siquiera les pedian autorizacion para ello, que ni siquiera les informaban de sus decisiones. Que el nudo de la autoridad estuviera enteramente en manos de los Partidos Politicos y Sindicatos.

Todo aquello era grave. Julio sabia que el era la unica esperanza para las familias de mantel amarillo, con uno o dos platos vacios. Los ocho incendios y demas… mal menor. Ahora bien ?que vendria luego? Su fichero de suicidas le habia ensenado muchas cosas. Sabia que los suicidas, cuando estaban hartos de destruir sus objetos, su casa y sus ambiciones se destruian a si mismos. Del mismo modo cuando los Comites Revolucionarios se fatigaran de derribar piedras, se dedicarian a derribar hombres. Ya ante si tenia un papel anonimo que decia: «?Por Dios, no sabemos el paradero de seis monjas del Corazon de Maria!»

Seis monjas. ?Donde podian haberse escondido? ?Tras las losas que Ideal despego en el pasillo subterraneo? Y el obispo, ?donde estaria? ?Y «La Voz de Alerta»? ?Y el notario Noguer? ?Y mosen Alberto? Todos habian desaparecido. ?Especialmente Mateo y los suyos! Ni un solo falangista parecia vivir en la ciudad. O los luceros de que hablaban los habian atraido como atrae al mar la luna, o se hallaban en el monte; tal vez se escondieran cerca, tapiando brechas con pedazos de camisa azul.

Julio habia recibido una orden del coronel Munoz: custodiar a la esposa y a la hija del comandante Martinez de Soria, garantizar sus vidas. Julio habia cumplido respecto a la esposa, la cual se hallaba en el piso rodeada de guardias de Asalto; tambien habia cumplido respecto a Marta, haciendola acompanar por los guardias a donde ella indico, al salir del Cuartel.

Julio decidio poner de su parte cuanto pudiera para contener la marcha de las fuerzas que se llamaban revolucionarias y que el llamaba ciegas. Era preciso hacer un llamamiento al buen sentido de Cataluna, hablar de la Generalidad y no de Rusia, de los Costa y no del Responsable. ?Massana y Ribas habian salvado la Catedral! La ciudad y el arte les deberian su existencia. El ejemplo era consolador. Era verdaderamente una lastima que se nombrara alcalde a Gorki, aragones, y que el coche de don Pedro Oriol lo condujera ahora un andaluz. ?Por que permitir eso? Era la ocasion, para Cataluna, de demostrar su personalidad… Tendria que hablar con Cosme Vila, con el Responsable; y, sobre todo, con Casal y con David y Olga.

Una cosa le preocupaba: el agente Antonio Sanchez habia visto a Pilar cuando se llevaba los dedos a los labios y mandaba un beso al coche en que pasaba el comandante Martinez de Soria. El agente Sanchez sabia que la familia Alvear era sagrada para Julio, y a pesar de eso habia comunicado el hecho a los demas guardias de Asalto; y la mayoria de guardias de Asalto, segun el coronel Munoz, de no ser por el y el general, al conducir a los oficiales, a gusto se hubieran hecho el tonto, permitiendo que los mil punos en alto que los seguian cayeran sobre ellos, precisamente en el momento de cruzar el rio…

Julio, no sabia por que, pensaba ahora de una manera especial en la familia Alvear. ?Cuantas partidas de domino con Matias! Cuantos cafes preparados por Carmen Elgazu, la cual decia: «En seguida se lo traigo; me gusta dejar que se serene…» ?Quien los llevo a enamorarse de Mateo, de la hija del comandante? Todo aquello era ahora un lio, teniendo en cuenta la constitucion del Comite Revolucionario. Y con Cesar, a quien nadie impediria intentar poner a salvo… ?quien sabe que!, a lo mejor el mismisimo Museo Diocesano.

– ?Sanchez, cierre la radio!

La voz del catedratico Morales heria los timpanos de Julio.

CAPITULO LXXXIX

Los doscientos treinta y cinco hombres que habian salido a la calle con armas y que se habian retirado por orden del comandante Martinez de Soria, habian desaparecido de las calles. Fueron muy pocos los que se hicieron ilusiones; la mayor parte de ellos ya antes de que se produjera la detencion de los oficiales y los incendios, comprendio, como «La Voz de Alerta», que no quedaba otro remedio que ocultarse o huir.

Huir fue la decision que tomo Mateo. Antes de que apareciera la bandera blanca en el cuartel y en cuanto se hubo despedido de los camaradas, fue a su casa. Don Emilio Santos le abrio la puerta. Cerraron por dentro. Don Emilio Santos le abrazo.

– Padre, no puedo hacer nada por mis camaradas, tengo que huir.

Don Emilio Santos no podia con su alma.

– ?Huir adonde, hijo mio? ?Y como?

– Tengo que pasar la frontera. -?A pie…?

– A pie, naturalmente… Las montanas se ven alla arriba.

Padre e hijo hubieran querido prolongar la escena, el abrazo, decirse muchas cosas. Pero se daban cuenta de que no habia tiempo que perder. Miraban a traves de la ventana. La ciudad estaba tranquila aun. Todavia la bandera blanca no habia sido izada.

Don Emilio Santos le dijo, separandose por fin de Mateo:

– Deberias buscar un guia. Te dare dinero.

– Dame un poco de dinero, pero no tengo confianza en ningun guia.

Mateo expreso a su padre la seguridad que tenia en el triunfo final, en que volverian a verse. Le aconsejo que se escondiera a su vez. «Tienes que buscar un lugar seguro, salir de Gerona.» Luego anadio:

– Prometemelo.

Don Emilio Santos le contesto una y otra vez: «No te preocupes por mi».

Don Emilio Santos hablaba y no tenia conciencia clara de que se estaba despidiendo de su hijo. ?Que rapido iba todo aquello! Hasta que Mateo, de repente, sintio que los ojos se le llenaban de lagrimas. Se echo de nuevo en los brazos de su padre. Este le dijo: «Que Dios te bendiga». Y luego le abrazo fuerte, respirando tambien fuerte, como llevaba tiempo sin respirar. Sentia que su hijo entraba en una etapa mas dura aun que las precedentes y queria darle animo, que no se perdiera por el. Imposible prolongar la escena. No habia tiempo que perder. Mateo, subitamente decidido, abrio de un empujon la puerta de su despacho sellado y lo contemplo por ultima vez. Los

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