Marta, al ver a Ignacio, se levanto, esperanzada. Pero en cuanto vio aparecer a Olga cambio inmediatamente de expresion. Iba a decir algo, pero Ignacio se le acerco y la asio de la muneca con ademan conminatorio. Olga, sin inmutarse dijo: «Hay que disfrazarla». Padilla, que guardaba toda su compostura, pidio que esperaran un momento. Salio y volvio con unas trenzas que acababa de cortarle a su hija… Olga le puso las trenzas, atandolas con unas cintas… Luego, una falda de flores verdes… Y Olga se la llevo en el coche, hacia la escuela…

E Ignacio quedo solo, recorriendo la ciudad, en el momento en que comenzaban los incendios.

El rasgo de Olga y la sangre fria de Padilla superaron sus posibilidades de asombro. Fue testigo de cuanto ocurria. Vio la cruz en el rio, vio formarse la columna del Responsable, las otras columnas, vio salir llamas de todas partes, vio los esqueletos a los pies de la Catedral. Su dolor fue total y comprendio que el tumor habia reventado. Entonces sintio que le ganaba el sentido de responsabilidad. ?Ya habia puesto a salvo a Marta! Era preciso defender la familia… y a Mateo. Se dirigio a su casa. Mateo se encontraba ya con el paquete de la merienda y las alpargatas camino de los Pirineos. ?Era preciso salvar a Cesar! Fue al Museo. Mosen Alberto ya estaba fuera. Y se llevo a Cesar a casa. ?Era preciso salvar a la sirvienta! Volvio al Museo y la llevo, sin pedir permiso, a casa de Julio, diciendo a dona Amparo: «Supongo que no hay nada en contra…» ?Era preciso salvar a don Emilio Santos! Fue al piso de la estacion y se lo llevo consigo al piso de la Rambla.

Penso en el subdirector, cuyo sillon habia visto vacio al llegar a la puerta del Banco. Se dirigio a su casa. Llamo y una voz pregunto:

– ?Quien es…?

– Soy Ignacio, del Banco.

Al cabo de treinta segundos la puerta se abrio. Ignacio vio al subdirector, con aire sorprendentemente digno. Este le acompano al comedor y le presento al hermano Juan, de los Hermanos de la Doctrina Cristiana, el cual se encontraba pegado a la radio.

El subdirector no le dejo hablar. Parecia no comprender que Ignacio habia ido a advertirle que tenian que huir del piso, esconderse en algun sitio. El subdirector no pensaba sino en la radio, en las emisoras de onda corta. Le ordeno que se sentara y le obligo a escuchar un extrano locutor que aseguraba hablar desde Jaca. La voz decia que el triunfo militar era seguro, a pesar de que el Alzamiento hubiera fracasado, por traicion, en algunas plazas. Repetia una y mil veces que toda Castilla estaba en poder de los militares, toda Galicia y parte del Sur. Daba gritos de ?Viva Espana! y ponia compases de himnos marciales: el de la Legion, el de Falange.

Ignacio se impaciento y le dijo al subdirector:

– Todo eso esta muy bien… ?Pero ponganse ustedes a salvo!

El subdirector no reaccionaba. Estaba absorto con la radio. El hermano Juan tenia la vista baja, y se le veia pendiente del subdirector.

Ignacio asio a su superior en el Banco por las solapas.

– ?Ande a disfrazarse y a casa de la Torre de Babel! Yo saldre primero y abrire camino. Alla estara usted seguro.

El subdirector sonrio.

– Yo no me movere de aqui -sentencio.

– ?Pero no comprende que es una locura?

Al subdirector le parecia que huir del piso era desertar.

– No sea usted tonto. Todo el mundo se esta marchando. Supongo que don Santiago Estrada ya estara quien sabe donde.

El subdirector le miro por ultima vez.

– Los demas que hagan lo que les parezca. Yo no me movere de aqui.

Ignacio, furioso, dijo:

– Pues vendremos a buscarlos.

Salio. No sabia lo que le ocurria. Tenia el presentimiento de que sucederia algo horrible y cada persona, aunque no le unieran a ella lazos proximos, le parecia sagrada, precisamente porque entendia que su vida pendia de un hilo. Se dirigio al Banco en el momento en que los empleados salian por la puerta trasera, terminado el trabajo de la manana.

Se extranaron al verle llegar con tanta prisa y sudoroso. Ignacio penso:

– Tal vez no sepan nada de los incendios.

Por el contrario oyo que hablaban de ellos en terminos de absoluta indiferencia.

Se mordio los labios y llamo, aparte, a la Torre de Babel. Le describio la situacion del subdirector, el peligro que corria.

– Llevatelo a tu casa.

La Torre de Babel le miro desde su enorme estatura.

– ?Yo…?

– Si. En tu casa estara seguro.

La Torre de Babel le miraba como si Ignacio estuviera loco.

– Pero ?por que? ?Que peligro corre?

– ?Que peligro…? ?No comprendes que ha salido con armas?

– ?Y eso que tiene que ver?

– Pues… que los mataran a todos.

– ?Que los mataran…? -La Torre de Babel reanudo su marcha-. Anda, Ignacio. Tu confundes el pueblo con los militares.

No logro convencerle. Ignacio quedo desconcertado un momento. Pensaba otro plan, pero de pronto vio pasar a Blasco seguido de unos limpiabotas. Sus rostros resultaban extranos, sus cinturas aparecian rodeadas de pistolas y punales. Le miraron de extrana manera. Ignacio penso que en su propia casa estarian inquietos y tomo la direccion de la Rambla. Los himnos de la emisora de Jaca le zumbaban en los oidos.

Entretanto Mateo y Jorge, con los pantalones medio rotos, veian campanarios de Gerona a lo lejos, y humo… Humo que salia del centro de la ciudad.

Mateo le decia a Jorge:

– Si, ya se. Espana esta ardiendo. Pero Espana ?ves…? -Le ensenaba un mapa cosido en el interior de la camisa- es un destino en…

Jorge le interrumpia:

– Ale, Mateo, que los Pirineos son mas verticales que tu Sindicato.

CAPITULO XC

A las seis, Gorki fue nombrado alcalde. La multitud irrumpio en el edificio municipal, tirando a la calle los retratos de hombres ilustres cuya imagen les resulto desconocida. El perfumista vio, en el despacho que le estaba preparado, el inmenso sillon de la alcaldia rodeado de tapices heroicos. Estaba euforico. Se dirigio a todos los que habian subido al despacho. «?Camaradas, los antifascistas de Gerona tendreis agua, gas y electricidad gratis! ?El Municipio al servicio de los ciudadanos y no los ciudadanos al servicio del Municipio!» Cosme Vila nombro los consejeros de Gorki: el catedratico Morales y el brigada Molina. En un cajon del escritorio, este ultimo descubrio un paquete de cigarrillos rubios. Gorki lo levanto, mostrandolo a todos… «?Pitillos rubios, pitillos rubios!» La carcajada fue unanime, dedicada al alcalde dimisionario, arquitecto Massana.

Afuera, simultaneamente, se efectuaba otra ceremonia que el instinto popular adivino de primerisima importancia: la requisa de coches. Dos horas le bastaron a la multitud para hacerse con casi todos los coches de la ciudad. En realidad, el primero en apropiarse de uno habia sido un andaluz, Alfredo, eligiendo el de don Pedro Oriol. Luego vaciaron todos los garajes de la ciudad. Porvenir requiso una camioneta que repartia cafe. Cosme Vila habia dado orden para que lo menos tres coches fueran puestos al servicio del Partido Comunista. El Responsable habia previsto por su parte muchos viajes. Murillo, cuya celula se manifestaba muy activa, se hizo con dos Buicks: el del notario Noguer y otro. ?A Gorki le correspondia, por derecho propio, el Ford del Ayuntamiento! La valenciana estaba harta de montar en camiones que olian a ajo y esperaba que Teo dejaria de hacer bobadas y le ofreceria algo mejor. El Balilla de don Santiago Estrada fue requisado por la UGT.

En los garajes hubo altercados.

Вы читаете Los Cipreses Creen En Dios
Добавить отзыв
ВСЕ ОТЗЫВЫ О КНИГЕ В ИЗБРАННОЕ

0

Вы можете отметить интересные вам фрагменты текста, которые будут доступны по уникальной ссылке в адресной строке браузера.

Отметить Добавить цитату