de Soria dormia sobre paja en un calabozo. ?Todo aquello duraria poco o mucho? ?Ocurriria algun milagro y Espana volveria a vivir en paz? ?Pobre Espana! ?Que ocurrira en Malaga…que estaria haciendo en Madrid su primo Jose, que actitud habian tomado los de Bilbao…? Llevaba impresas en la retina las expresiones de los rostros envueltos en panuelos rojos. Todo aquello era infrahumano; el hombre habia renunciado a si mismo. Ignacio sintio que una indomable voluntad penetraba en el. Ni estaba desconcertado ni tenia miedo. ?El fuego estaba alli, las pistolas estaban alli…? Alli estaban. Haria frente a todo y salvaria cuanto pudiera de los que de una forma u otra esperaban de el. El sentido de responsabilidad. Su padre estaba demasiado abatido y su madre tal vez cometiera alguna imprudencia. ?Pobre Pilar, lloriqueando en la cama! Monstruosos planes le vinieron a la mente. Penso en Cosme Vila, le recordo en el Banco Arus, tecleando a maquina, y se preguntaba si seria licito pegarle un tiro… Y otro al Responsable… Y otro a este, a aquel… ?Por que pensaba en aquellas cosas sin sentir escalofrio? ?Y donde estaba el arma? ?Era licito o no era licito? ?Y la infancia de aquellos seres…? ?Y el hambre…? ?Serviria de algo? ?Cuantos Cosme Vila saldrian, cuantos Responsables? ?Es que iba a matar a toda una multitud?
David, a su lado, continuaba diciendo:
– Cosme Vila y el Responsable, por desgracia, se bastaran…
CAPITULO XCI
Con CNT-FAI y el Partido Comunista hubo bastante. Apenas las estrellas fueron duenas absolutas del firmamento, sin nubarrones ni siquiera luna; apenas el monton de imagenes de la Rambla quedo reducido a un rescoldo negro y humedo por la purpurina derretida; apenas todos los hombres de la edad de Matias Alvear oyeron, desde sus casas, dar lentamente las tres de la madrugada en la Catedral, CNT-FAI y el Partido Comunista abrieron para la ciudad la gran puerta del cementerio.
Las gestiones de Julio, que, al igual que David, habia temido aquella noche como ninguna en su vida; el optimismo del general, que creia que juzgando pronto a los militares no pasaria nada; los interrogatorios que Casal se hacia a si mismo, poniendo en un plato de la balanza su indignacion por «el alzamiento contra la Republica» y en el otro el verdadero valor de una vida humana, no sirvieron para impedir que se abriera para la ciudad la gran puerta del cementerio. Tampoco las gestiones de los Costa ni de la Junta en pleno de Izquierda Republicana, que acudieron a Comisaria y luego al local del Comite Revolucionario Antifascista, diciendo que la defensa de la Republica no tenia nada que ver con todo aquello. Nada se consiguio. Los arquitectos Massana y Ribas habian salvado la Catedral, pero no pudieron salvar los hombres, los cuerpos. Los cuerpos de don Santiago Estrada y su mujer; los del subdirector del Banco y el hermano Juan; el de don Pedro Oriol; los de don Jorge, su esposa, todos sus hijos y sirvientas, excepto Jorge, que se hallaba en los Pirineos; el del capitan Roberto, de la Guardia Civil; los de Padilla y Rodriguez, reconocidos por un camarero como atacantes del doctor Relken juntamente con Mateo; el del cura parroco de San Felix y los tres sacerdotes de la ciudad; los de tres medicos y el del abogado de la Enciclopedia Espasa; el de Benito, hijo del profesor Civil, y los Roca y Haro: un total de treinta y seis cuerpos fueron convertidos en pasto de gusanos, porque no podian ser utilizados, como la Catedral, para Museo, ni contener nada util al pueblo.
Fueron los coches, los fusiles que salian de estos, los militantes que habia dentro, el Partido Comunista y CNT-FAI. Cosme Vila y el Responsable habian planeado la operacion desde el despacho presidencial de Liga Catalana, desde el sillon que habia ocupado el notario Noguer. A las tres en punto el primer coche se detuvo ante el domicilio de don Santiago Estrada. Subieron al piso, llamaron; como nadie abria, volvieron a llamar; por fin salio el jefe de la CEDA y en el acto fue invitado a que se entregara, con la esposa y los hijos.
– ?De parte de quien?
– Del Comite Revolucionario Antifascista.
Los hijos no estaban. Don Santiago Estrada comprendio. Su esposa estaba en cama; no le dio tiempo a vestirse. Sintio unos brazos forzudos, los de Blasco, que la empujaban hacia el pasillo, escaleras abajo, que la introducian en un coche junto a su esposo. Don Santiago Estrada y ella se miraron y cada uno leyo en el otro el miedo absoluto. Todo ocurria con sencillez abrumadora, en el silencio de la noche: el chirriar de los neumaticos, la sensacion de frio, los empujones hacia la pared en la que adivinaban nichos, el vago temblor de unos cipreses, pisadas, ruido de cerrojos, el abrazo mutuo, una descarga y la muerte.
La mujer de don Pedro Oriol queria que la llevaran con este. Porvenir dijo: «Tu no, tu no has hecho nada». Don Pedro le dijo a su esposa: «?Quedate, y reza por mi!»
Don Jorge los recibio con solemnidad. Nadie se habia acostado aquella noche. Una de las sirvientas abrio al oir los golpes y pregunto: «?Que desean?» «Hablar un momento con tu amo». Cuatro murcianos y Cosme Vila en persona entraron y siguieron a la sirvienta. A Cosme Vila le extrano tanta ceremonia y empujo a los murcianos por delante. La sirvienta abrio una puerta y en el acto sono un disparo, y luego otro y luego otro. Tres de los murcianos cayeron gritando. Cosme Vila vio a don Jorge con un fusil en la mano, guantes, botines, en actitud tranquila. A su lado toda la familia en pie, la esposa con unos rosarios colgandole de los dedos. Cosme Vila se arrimo a una pared y puso en marcha su fusil ametrallador. «Ta-ta-ta-ta.» La familia fue cayendo. Las sirvientas hicieron un movimiento para arrodillarse o huir, y fueron alcanzadas a su vez. Cosme Vila entro en la habitacion y el murciano remato los cuerpos, que yacian unos sobre otros. Cosme Vila le ordeno: «Quedate aqui de guardia. Voy a buscar gente para llevar esos al Hospital». Dos de los murcianos gemian en el suelo, el tercero estaba inmovil.
Treinta y seis cuerpos fueron arrancados de sus casas y llevados al cementerio. Unos murieron con panico, otros valientemente. Roca y Haro gritando «?Arriba Espana!» Benito Civil llamando a su mujer; los tres medicos con el estupor retratado en el semblante; el cura de San Felix deseando perdonar a sus agresores, sin conseguirlo; el abogado de la Enciclopedia Espasa pidiendo de rodillas que le respetaran la vida; Padilla despidiendose de su mujer con las palabras: «Que la pequena se deje crecer las trenzas otra vez»; Rodriguez diciendoles a los milicianos: «Pero Espana ganara, no os hagais ilusiones»; el subdirector convencido de que quien habia decretado su muerte era la Logia de la calle del Pavo.
La mitad de la ciudad se entero, durante la noche, de lo que ocurria. Los vecinos de los que eran sacados de sus casas, los que se asomaban secretamente a las ventanas al oir frenar los coches, los que oian los gritos de las victimas en la escalera, los que percibian algo doloroso, insolito, en los portazos, los que sin moverse de la cama reconocian en las pisadas de la acera algo duro, belico, de sentencia inapelable. La otra mitad no se entero de nada. Supuso que los registros continuaban, que los milicianos se emborrachaban del placer de conducir un Fiat o un Cadillac, que andaban mujeres de por medio.
La mayor parte de los milicianos quedaron sorprendidos al ver que matar un hombre, o cinco, era tan facil. Pensar en la palabra «fascista», apuntar al corazon o a la cabeza y disparar, nada mas. Por lo demas, la noche, a pesar de las estrellas, velaba muchas cosas en el cementerio. No se veian los ojos del condenado; eso era lo principal. Se veia un bulto pegado a los nichos, y algunas cosas que brillaban, casi siempre objetos: un boton, la pulsera, la pluma estilografica. Pero lo principal era no ver los ojos; los ojos de don Pedro Oriol, por ejemplo.
Lo que la oscuridad no conseguia velar, sin embargo, eran las palabras. Las palabras brotaban con claridad perfecta. Invocaciones a Dios -?quien habia visto a Dios?-, amenazas como las de Rodriguez, gritos de ?Viva Espana!, peticiones de clemencia. Pero, sobre todo, el tono de las voces… Alguna voz habia sonado de una manera particular entre los nichos y los cipreses. Por ejemplo, la del hermano Juan. El hermano Juan era frances y exclamo: «
Quien no tuvo miedo fue el Responsable. El Responsable, por el contrario, hubiera deseado que hubiese luz, y no oscuridad. A el le molestaba no ver los ojos, aunque estaba seguro de que los hombres alineados en la pared veian los suyos. En el tercer viaje que hizo, al acercarse a tres hombres del Partido Tradicionalista para darles el golpe de gracia, de pronto sintio ganas de hundir su mano en la sangre. Fue algo mas fuerte que el. Se agacho, vio una herida, no sabia en que parte del cuerpo, no sabia de quien, y aplico la palma de su mano deseando oir: ?chap! No lo oyo, y aquello le enfurecio.
