Los que mas se exaltaron fueron los que cumplieron su mision cuando ya amanecia. Entonces no habia trampa ni lineas difusas ni vaguedad. Aquello que tenian enfrente no era un bulto: era una persona. Con toda su pequenez y toda su grandiosidad. La inminencia de la muerte daba a los gestos de los condenados un inusitado relieve, una rara importancia. Algunos se arrastraban como lagartijas, daban asco. Por el contrario, otros mostraban una calma insondable y una extrana precision en cada movimiento. Como si cada uno de sus gestos hubiera sido meditado durante anos. Especialmente la manera de avanzar el pie al dirigirse al lugar elegido, y la inclinacion de la cabeza. Algo como el instante de la absoluta concentracion.
El amanecer ponia al descubierto todos aquellos detalles agravados por el hecho de que el decorado tambien era otro. En efecto, con la llegada de la luz nadie se atrevio a continuar esperando en el cementerio. Estaban tan llenas las vias a derecha e izquierda, que el espectaculo era nauseabundo, ademas de que el sepulturero decia: «Ya esta bien, ya esta bien».
Por ello decidieron -Blasco fue el primero- no detenerse alli, seguir carretera adelante y cumplir su mision en las cunetas, o en un arbol que de repente asomara en un viraje y se mostrara propicio, irguiendose en un terraplen adecuado.
Todo ello hizo que el significado de la accion cambiara. En el cementerio habia un punto de logica en la siega de las vidas. ?Todo aquello olia a muerto, la tierra contenia sus jugos, alla estaban Joaquin Santalo y Jaime Arias! Pero en pleno paisaje, en un arbol o en un bosquecillo…
Carretera adelante se encontraban bosquecillos alados y poeticos a la luz del amanecer. En ellos los pasos de los condenados cobraban mas solemnidad aun, al dirigirse al tronco elegido. La naturaleza entera despertaba con la jornada, empezaba a vivir y he aqui que habia que matar a aquellos hombres. Entonces costaba un poco mas apretar el gatillo, excepto contra aquellos que se arrastraban como lagartijas y se mordian el puno.
Hubo casos en que el decorado impresiono de tal suerte a los milicianos que les entro una especie de terror y no consiguieron dominarse. Asi Blasco y Porvenir, despues de frenar el coche en su ultimo viaje y obligar al abogado de la Enciclopedia Espasa y a dos curas que habian sorprendido en casa de una vieja beata a que se apearan, no pudieron esperar los instantes que se requerian para que los condenados cruzaran la cuneta y se situaran al otro lado. Algo que habia en el ambiente los cego. Y entonces les dispararon por la espalda desde el interior del coche, sin bajarse siquiera de el. Y acto seguido dieron media vuelta rapida, en dos maniobras escalofriantes, y se volvieron sin acordarse de los tiros de gracia.
Asi ocurrio. A partir del alba todos los demas, hasta llegar a treinta y seis, fueron asesinados en las cunetas o en los arboles de la carretera, y dejados alla sin enterrar. Lo cual no era agradable, pues en los caserios la vida continuaba y transitaban cerca muchachas con cantaros de leche, y algun pequenuelo con vacas o cabras. Alguno de ellos quedo horrorizado al descubrir aquellos cuerpos y echo a correr, dandoles inconscientes bastonazos a los animales. Fue a avisar a los suyos. La gente mayor habia oido los disparos. Algunos habian supuesto que eran cazadores, otros habian adivinado. En todo caso, nadie se atrevio a acercarse a aquellos lugares, pues la llegada de los coches continuaba.
No hubo dos milicianos que experimentaran sensaciones identicas. Hubo personas, como el Cojo, que, al tiempo que sentian un gusto amargo en el paladar, se molestaban porque los cuerpos se caian. Hubieran deseado que continuaran en pie, que pudiera continuarse disparando, como en las ferias. Otros intentaban recordar los motivos por los cuales cometian aquello, y no conseguian dar con ellos. No recordaban sino motivos futiles, como le ocurrio a Porvenir al disparar contra don Pedro Oriol. No recordo sino que un dia le vio en una acera recogiendo un pedazo de papel que se le habia caido. ?Imposible recordar nada mas, ni
Hubo impresiones cambiantes, que se sucedieron como olas en el mar. Murillo fue pasto de ellas, en forma extrana. Murillo, por su cuenta y riesgo, en union de Salvio y camaradas, habia llevado a la cuneta a un agente de Bolsa y a dos abogados, todos de la CEDA. Y en el momento de disparar descubrio que el agente de Bolsa se parecia extraordinariamente a Cosme Vila. Enorme cabeza, calvicie prematura, delgada boca horizontal. Entonces, sin saber por que, en vez de apuntar al corazon apunto a la cabeza.
La unica mujer que intervino en todo aquello fue la valenciana. Solo en dos viajes. Cosme Vila, antes de ir por don Jorge, habia ordenado a dos patrullas de la Milicia Popular que se encargaran de los tres medicos. La valenciana quiso seguirlos porque odiaba a los medicos. Nunca la habian curado cuando los necesito; y en sus cinco partos tuvo que arreglarselas ella sola, jamas la ayudaron.
La valenciana no disparo, porque contrariamente a lo que suponian Gorki y Teo no sabia manejar un fusil; pero en cada viaje abrio la portezuela a los medicos y los invito galantemente a apearse. Todo el rato los trato con extrema cortesia, a veces con refinamiento, y en el ultimo viaje reconocio que uno y otro medico tenian aspecto venerable, de hombres con los que de joven tal vez hubiera deseado casarse.
Luego se rio, y tuvo valor despues para llevarse los relojes de pulsera y los anillos; de lo cual no fue capaz nunca Blasco, ni Gorki tampoco en la vez en que intervino. En realidad, solo saquearon objetos personales la valenciana, Porvenir, el Cojo, Santi, los murcianos y Cosme Vila. Cosme Vila, en el piso de don Jorge, al marcharse, y un momento despues de haber cruzado el umbral, retrocedio y se llevo el mapa genealogico, pues recordo que se lo habia prometido al Museo del Pueblo.
Los murcianos fueron, acaso, los mas espontaneos. Realizaron su labor con una especie de alegria primitiva y animal. Estaban convencidos de que cumplian un deber, una importante operacion quirurgica en beneficio del obrero y la sociedad. Las calaveras de los parabrisas les parecian simbolos del bienestar futuro, la muerte de la miseria. Para ellos no contaban ni las palabras, ni los ojos, ni las frases en frances, ni los bultos ni los cambios de luz y decorado. Lo hubieran hecho todo, siempre de identica manera, a cualquier hora y en cualquier lugar. Y no solo les parecia logico quedarse con las carteras, sino con las muelas de oro.
Por eso les dolio no encontrar en su domicilio a «La Voz de Alerta». Fue el gran fracaso de la noche estrellada y revolucionaria, sin nubarrones. Todos habian imaginado que la muerte de «La Voz de Alerta», con sus lentes de oro, su sonrisita de oro, su reloj de oro, seria verdaderamente sensacional, y encontraron el piso vacio. Fue la gran decepcion. Lo mismo les ocurrio a Cosme Vila, al Responsable, al Cojo y a todos. El piso de «La Voz de Alerta» fue visitado por todas las patrullas, una tras otra; y a todas les sucedio lo mismo. Puerta abierta, clinica, instrumentos de tortura. Los murcianos encontraron en la pared un retrato de un general carlista; los que llegaron despues, lo encontraron, roto, en un rincon.
Lo de mosen Alberto fue distinto, porque a todos les cupo la esperanza de que la presa no se habia escapado. Lo que ocurrio que el Museo lo custodiaban guardias de Asalto, respaldados por los arquitectos Massana y Ribas, delegados de Cultura de la Generalidad. Ni una sola de las patrullas dio credito a las palabras del oficial: «Mosen Alberto no esta». Pero no era cosa de empezar a tiros con ellos. Asi que tiempo habria; bastaba con situar centinelas en la Plaza, bajo los arcos.
Algunas personas se inhibieron, no participaron en la matanza, como se hubiera podido esperar. Victor trabajo toda la noche en
Lo mismo que Casal. Casal sabia que ocurriria aquello, pero nada podia hacer. Estaba intranquilo porque su combate interior no habia terminado. De un lado, la medida le parecia monstruosa; de otro se decia: «Tal vez sea necesario». De todos modos, le confeso a su mujer que por primera vez en su vida habia oido unas cifras que le daban vertigo.
Con las cifras se referia «a lo que quedaba por hacer». Porque era evidente que aquella noche no era sino el comienzo, y que sus grandes triunfadores, sus triunfadores indiscutibles -Cosme Vila y el Responsable- tenian en el meollo otros planes que se irian llevando a cabo en etapas sucesivas. La diferencia entre los dos jefes estribaba en que Cosme Vila aceptaba de buen grado los plazos. Comprendia que nada en el mundo, ni siquiera una bala disparada a sangre fria, puede atravesar de un golpe mas de un corazon, tal vez dos. De modo que admitia como un hecho necesario que, dado el numero de corazones, harian falta muchas noches y muchas balas; en cambio, el Responsable vio que se le escurrian las horas por entre los dedos, como le habia ocurrido con la sangre, y se rebelaba contra este hecho. Llego el alba y no se habia avanzado casi nada en la labor. Ahora ya despertaba la ciudad, en las carreteras pasaban bicicletas, seria preciso esperar la noche proxima. ?Por que no podria detenerse el tiempo?
