tonterias».
El catedratico Morales llevaba un libro debajo del brazo y su aspecto era digno. Parecia el teorico de todo aquello, que interiormente sacaria grandes conclusiones sobre la psicologia de las masas. En cuanto a Julio, estaba serio. Aquello no le gustaba. Al ver a los oficiales detenidos y la multitud siguiendolos, comprendio lo que habia pasado. Su primera intencion al salir de su escondite habia sido dirigirse al cuartel y hacerse cargo personalmente de todo; pero comprendio que era el momento de ganarse o perderse a Cosme Vila y al Responsable. Y prefirio ganarselos. «Si todos nos pusieramos en contra, no habria nadie capaz de frenarlos.»
Estaba contento porque la multitud le vio junto a ellos, en medio de los dos jefes, identificado. Aquel gesto bastaba. Ahora podria dedicarse a entorpecer los proyectos de ambos, que imaginaba apocalipticos.
El Comisario, al verle, se le acerco. «?Gracias a Dios!», exclamo. La frase sono extemporanea en aquel ambiente. La valenciana lanzo una carcajada. «?Eres mas fascista que Lope de Vega!»
Cosme Vila y el Responsable, al alcanzar la comitiva, se miraron un momento y parecieron ponerse de acuerdo. ?Los eternos guardias de Asalto! Ni siquiera se permitia al pueblo tomarse la justicia por su mano respecto a los militares. El Cojo tenia razon.
El coronel Munoz se acerco a Cosme Vila. «Le ruego que distraiga a esa gente. A los militares hay que juzgarlos oficialmente. Es ley en todo el mundo.»
Cosme Vila miro al coronel. Julio apoyo la tesis del coronel Munoz, ?e incluso el catedratico Morales! «Es ley en todo el mundo.» Fue un acierto psicologico del coronel. Cosme Vila penso en la prensa del mundo entero relatando los hechos.
– Distraiga a esa gente.
Cosme Vila miro al Responsable. Este estaba furioso y los suyos bailoteaban alrededor, esperando ordenes. Por otra parte, el general no se habia detenido, de modo que los oficiales y la escolta se habian distanciado unos doscientos metros.
– A nosotros estas leyes no nos interesan -dijo el Responsable-. ?Quien las firmo? ?Alfonso XIII?
Cosme Vila se encogio de hombros.
– Tu haz lo que quieras con los tuyos. Yo creo que a los militares hay que juzgarlos.
El coronel suspiro. Dio media vuelta y se alejo. El Responsable se mordio los labios. Estaba en juego su amor propio. Se le acercaron sus hijas.
El catedratico Morales intervino:
– Pero hay que exigir que el Tribunal sea popular, que sea el pueblo.
Aquellas palabras provocaron un entusiasmo indescriptible. ?Tribunal del pueblo! La valenciana se veia con toga y una campanilla, sentenciando a derecha e izquierda. La idea subyugo al mismisimo Responsable.
– Pero que sea pronto -dijo.
La agitacion entre la muchedumbre que no oia el dialogo crecia por instantes, al ver que se perdia contacto con la comitiva. Ya los oficiales y los guardias habian doblado la esquina de la Plaza Municipal. «?Que se hace, que se hace?» El caudal de energia disponible era incalculable.
Entonces se oyeron bocinazos. El camion que habia ido a dejar las armas del Partido Comunista regresaba abarrotado de militantes, los de los panuelos en la cabeza a modo de piratas. Todos llevaban fusil ametrallador. En el centro de ellos iba Gorki. Cosme Vila reconocio entre los del camion al obrero de la tintoreria, que dijo: «Para mi mujer querria saber de que se trata».
Gorki pego un salto desde el camion, a pesar de su barriga, y se acerco a Cosme Vila. «?En Madrid estan muriendo los nuestros por centenares! ?El Ejercito y los curas se han atrincherado en el Cuartel de la Montana!»
Los curas, los curas… Fue la palabra magica. Fue el acierto psicologico de Gorki.
«?Camaradas, el pueblo da su sangre, en Gerona el pueblo ha ganado! ?A exterminar las cuevas de la oposicion!»
Cosme Vila, en mangas de camisa, con su cinturon ancho y sus alpargatas, se puso en marcha en direccion opuesta a la de los militares. Su decision estaba tomada. Era preciso arrasar las iglesias de la ciudad. ?No mas farsa ni espera!
La direccion que tomaba era la de la iglesia del Sagrado Corazon, la de los jesuitas. Era la mas cercana. La multitud comprendio en seguida y se olvido del comandante Martinez de Soria con sorprendente facilidad. Tambien comprendio Julio y, disimulando, se retiro, tomando el camino de Comisaria. Cosme Vila arrastro tras si el millar de fanaticos entre gritos, vivas y mueras. La iglesia aparecio a la vista de todos. El espectaculo de sus torres grises, serenas, y, sobre todo, el de su enorme puerta cerrada, acabo de enardecerlos. «?Han cerrado, sabian lo que les esperaba!» Junto a la iglesia estaba la residencia de los jesuitas, abandonada. Alguien sabia que a traves de ella se comunicaba con el templo. ?Adelante!
Los conductores de la turba irrumpieron en la residencia. Nadie, todo desierto. En la sala de espera, una mesa y un enorme album cronologico de los Papas. Santi se habia colado entre los primeros y tocaba todos los timbres que hallaba a su paso. A traves de un corredor austero dieron con la puerta de comunicacion. Entraron en la iglesia. Los que habian quedado fuera esperaban que de un momento a otro la inmensa puerta del templo se abriera de par en par.
Cuando oyeron los primeros golpes no pudieron contenerse y todos a una subieron los peldanos y, embistiendo con los hombros, ayudaban a los que forcejeaban desde dentro. «?A… hoop! ?A… hoop!» A la sexta tentativa la puerta cedio. Y al instante se encendieron todas las luces del templo. Santi habia dado con el tablero de interruptores en la sacristia y habia iluminado la fiesta. El templo se manifesto impotente para contener a todos. Se oyeron disparos. El Responsable, con su arma, disparaba contra el Sagrado Corazon del altar mayor. No fallaba un tiro, pero la imagen no se caia. Casi siempre le daba en la boca, de modo que la imagen, a cada tiro, cambiaba de expresion, lo cual enardecia mas y mas a todos. Otros asaltantes destrozaban los altares laterales, los bancos. La valenciana se habia mojado la cara en agua bendita. Gorki se habia subido a uno de los pulpitos y con un baston larguisimo que alguien le dio intentaba alcanzar la enorme lampara central, cuyos cristales tintineaban.
Lo que mas obsesionaba a la mayoria eran los confesonarios. En cada uno habia una tarjeta con el nombre del confesor. «?Lastima que ninguno de ellos este ahi dentro!» La madera era dura, resistente. Los culatazos apenas hacian mella en los angulos. Unos se sentaban en el interior, otros se arrodillaban. «?Las cosas que habran pasado ahi!»
Porvenir era el atleta. Fue el primero en acercarse al inmenso crucifijo de la entrada. Agarrandolo por los pies pidio ayuda. «?Al rio, al rio!», grito. Pronto docenas de manos se ofrecieron. «?Paso, paso!» La caravana salio. Cristo habia quedado tendido, inclinado hacia abajo, pues los que sostenian la imagen por detras eran mas altos que Porvenir. Al alcanzar la barandilla del rio se ofrecio el Onar, fangoso, a su vista. Para tirar la Cruz abajo tuvieron que apoyarla en la barandilla y levantarla con esfuerzo sobrehumano. «?Va…!» Cristo cayo, dando media vuelta completa. Se cayo y quedo clavado en el barro como una flecha. Los brazos de madera de la cruz eran pateticos, senalaban en todas direcciones. La imagen, cabeza abajo, como San Pedro.
En el interior de la iglesia la lucha de los hombres contra la materia estaba en su apogeo. No habria otro remedio que emplear el fuego. Todo era de primera calidad. «?Lo que tendran ahi esos tios!» Cosme Vila fue el primero en incendiar el altar mayor. Se decidio a ello porque calculo que, dado el espesor de la piedra, el edificio no arderia, de modo que no habria peligro para la vecindad. Solo arderian los altares. Las llamas prendieron en las telas. Ardio un confesionario, luego unos bancos. El Responsable disparaba ahora contra la lampara y muchos le imitaron. Cosme Vila, al ver a Gorki en el pulpito, de repente penso: «En realidad, el alcalde tiene que ser el».
El catedratico Morales no comprendia que fuera tan facil destruir cosas que tenian siglos. Y lo que le llamaba la atencion era que todo ocurria sin apenas intervencion de la voz humana. Cada ser empleaba las manos, los pies; derribaba obstaculos empujandolos con el vientre, disparaba; unos se reian, otros pensaban en que se habian casado alli; sonaba una bandeja como si fuera un gong, temores supersticiosos de que se cayera algo y los aplastara;
De pronto las llamas crecieron de tamano. El humo se iba haciendo espeso. Todos, el propio Cosme Vila, comprendieron que habia sido un error provocar el incendio tan de prisa. Aquello los obligaria a salir. ?Con la
