tanto como dure la ayuda del siervo a su hermano.» ?Que significaban estas ultimas palabras? Era la imprecisa poesia musulmana. El Caid tambien habia dicho: «?Ya vereis como a nuestros heroicos hombres no les importa la muerte!»
Cesar penso: «A mi tampoco». Luego se arrepintio de su vanidad. Y, sin embargo, era lo cierto. Mejor dicho, la deseaba. El no entendia una palabra de lo que estaba ocurriendo. No sabia si la dureza de la mirada del comandante era loable, si eran ciertas las cifras dadas por Calvo Sotelo; si estas cifras justificaban lo otro… Lo unico evidente era que en Espana habia faltado caridad, y que para expiar el mal era preciso que alguien diera la vida. El se ofrecia. El no era Cosme Vila, ni soldado ni pertenecia a Falange; el era un seminarista. En resumen, representaba a la Iglesia renovandose eternamente; pero tambien al pecador. Habia ido a misa a las seis y media de la manana, y su regreso coincidio con la salida de las tropas. ?Fue de los escasos ciudadanos que oyeron la primera declaracion de Estado de Guerra! En la misa le parecio que mosen Francisco, en el momento de la Elevacion, contemplaba la Hostia con ojos de suplica infinita. Como si supiera que «en aquella jornada moririan muchos hombres». Mientras don Emilio Santos hablaba, Cesar pensaba en mosen Francisco. Estaba seguro de que a mosen Francisco tampoco le importaria la muerte.
Carmen Elgazu le dijo a Cesar:
– ?Que te pasa, hijo? ?Por que no comes?
El sol caia a chorros sobre la ciudad.
CAPITULO LXXXVI
Hora por hora, las noticias iban siendo alarmantes. El Movimiento fracasaba en muchos lugares. El pais vasco se habia declarado adicto al Gobierno. El comandante Martinez de Soria no se lo explicaba. ?San Sebastian se consideraba seguro! Pudo mas en los vascos su nacionalismo que otras consideraciones.
En Madrid se combatia encarnizadamente. Valencia era «leal». En Barcelona… por de pronto, el general Aranguren, de la Guardia Civil, se habia puesto a disposicion de las autoridades gubernamentales. Aquello fue un nuevo golpe para el comandante. El capitan Roberto, de la Guardia Civil, y Padilla y Rodriguez casi lloraban de rabia. «?La Guardia Civil al lado de estos canallas, no!» Y, sin embargo, era cierto, y muy posible que aquello inclinase la balanza de la ciudad en favor del Gobierno, arrastrando a toda Cataluna, la frontera, los puertos de mar.
Las unicas noticias satisfactorias continuaban llegando de Africa, de Castilla, de Navarra, ?de Oviedo!, y de algunos puntos aislados del Sur: Cadiz, Granada… En Sevilla, el general Queipo de Llano manejaba como podia sus hombres y los refuerzos que llegaban de Marruecos por via misteriosa.
Casi todos los aerodromos en que habia aparatos, estaban en manos del Gobierno. La Marina tambien, tal como previo Julio. El destructor
El comandante Martinez de Soria decia: «Madrid se ha considerado siempre perdido, y los planes han previsto desde el primer momento dirigir sobre la capital cuatro columnas, dos del Norte y dos del Sur. ?Pero habiendo fallado el pais vasco, todo cambia!»
Se sabia que en Castilla los falangistas voluntarios se contaban por centenares, y que en Navarra los requetes acudian en masa al llamamiento del general Mola. «Hay familias en que se presentan con boina roja, el abuelo, el padre y todos los hijos», informaba don Emilio Santos. Carmen Elgazu decia: «Los navarros son medio vascos». «?No me hables de los vascos!», grunia Pilar. Pero, por otro lado, en muchas plazas «el pueblo» se habia lanzado a la calle con absoluto desprecio del peligro.
A ultima hora de la noche llego la noticia definitiva, sin remedio, que no dejaba lugar a la esperanza: las fuerzas sublevadas en Barcelona se habian rendido. El propio general Goded, ?el general Goded!, habia hablado por radio pidiendo que se evitara un inutil derramamiento de sangre. Ello significaba que las demas guarniciones catalanas debian seguir su ejemplo.
?Rendirse! El comandante Martinez de Soria palidecio. El alferez Roma y los dos tenientes le miraron con sobrehumana intensidad. El teniente Martin, que tambien habia sido liberado, pensaba: ?Rendirse? ?Jamas! Muchos de los voluntarios que montaban guardia en las calles no sabian una palabra de lo que ocurria; suponian que todo marchaba viento en popa.
El comandante Martinez de Soria calculaba las posibilidades solidas de resistencia. Consideraba que mas de la mitad de la poblacion estaba con el. Habia pedido flores para el cementerio, para el comandante muerto en octubre, y todo el dia fue un desfile de personas llevando ramos. Contaba con edificios macizos, con las murallas, con Montjuich… Penso en la guerra de la Independencia. En la cima del monumento rugia el leon…
Pero comprendia que seria una locura. Siempre se habia considerado que en Barcelona las fuerzas sindicales podian organizar en pocas horas un ejercito de 80.000 hombres. ?Estos y la Guardia Civil acarrearian el fracaso! Caerian sobre Gerona con impetu incontenible. Sin contar con los campesinos de la provincia. Sin contar con los enemigos del interior, armados en su mayor parte.
No era posible resistir. Gerona estaba perdida. El comandante suponia que Castilla, Navarra, Galicia -al parecer en Galicia se habia triunfado-, Sevilla y Africa bastarian para organizar desde estos puntos la reconquista del territorio. Estas regiones y algun milagro… Pero Gerona estaba perdida y no cabia otro remedio que rendirse… Ya los huelguistas y otra gente que hablaba de «leales» y «facciosos» -«?Leales a quien -decia el comandante-, a Casares Quiroga, a Vasiliev?»-, se agitaban, parecian prepararse a caer sobre la presa.
El comandante Martinez de Soria, en el cuartel, pidio que le sirvieran conac. Penso en su esposa, en la arenga que leyo en sus ojos. Penso en Marta, que se hallaba en el Hospital Militar con el botiquin esperando heridos, que por fortuna no llegaban… Penso en los doscientos treinta y cinco hombres a los que habia arrastrado a la aventura. En los otros doscientos, como el profesor Civil, cuyos servicios no se habian utilizado pero que figuraban en las listas.
El comandante sabia que le tocaria morir. Podia tomar un coche y acercarse a la frontera. A la sola idea sintio que su carne se despreciaba a si misma. ?Gritaria «?Viva Espana!» hasta que el plomo mandara callar su corazon! Mejor era morir de esta suerte que no haber perecido unos dias antes en manos del Cojo… Por lo menos ahora habia plantado la semilla. Y se reuniria con su hijo. «?Donde estaba su hijo?» Mateo decia: «En los luceros». El comandante sonrio. El otro, Fernando, estaba en Valladolid… y Valladolid era de Espana. ?Barcelona se ha rendido, Barcelona se ha rendido! Se hubiera dicho que las voces salian de los muros. El comandante se levanto. Era preciso dar la orden de retirada a los voluntarios, advirtiendoles que se
Era una noche calida, en la que se hubiera dicho que todos los misterios de la antiquisima ciudad salian a flote. Lluvias de estrellas descendian sobre la Catedral y el profesor Civil, viendolas, le decia a su mujer que presagiaban la guerra. En el empedrado de las calles solitarias se oian pisadas. Rodriguez, que patrullaba, les decia a sus companeros que aquellas pisadas eran las de la tropa que lucho contra Napoleon. «?Entonces hasta las mujeres tomaron un fusil!» «Ahora no ha habido mas que una mujer: Marta.» Rossello le contesto: «Si hay guerra veras como saldran Martas por docenas». Los que montaban guardia en la via oian el rumor de las turbias aguas del Ter, Del fondo del pozo de la casa Pilon subian chillidos de extranos pajarracos. Tras las murallas, las estaciones del Via Crucis, pintadas en blanco, trepaban por la colina recibiendo el beso de la luna. Era una milagrosa ciudad en donde se hubiera dicho que el amor debia de ser rey. Bajo los arcos se hubieran podido cantar salmos, uno tras otro, en letania inefable.
En cambio, la consigna que comenzo a circular recordaba mas bien el
