– Si. De otro.

El militante no comprendia.

– No comprendo.

– De cualquiera -prosiguio Gorki-. De cualquier camarada…de Victor. -Se reclino en la barandilla. Luego anadio, en el mismo tono-: Dar la vida de tu mujer.

El militante se echo para atras Por un momento supuso que aquello iba en serio.

– ?Que ha hecho mi mujer? -pregunto.

Gorki le tranquilizo.

– No, no, no tengas miedo. No se trata de que haya hecho nada. Tenemos una conversacion, ?no es eso?

Cosme Vila se acerco a ellos. El militante daba vueltas a la gorra con una sola mano. La idea de la mujer le obsesionaba.

– Pues… para mi mujer -dijo, mirando subitamente a Cosme Vila- querria saber el porque.

Cosme Vila disimulo. Hizo un gesto como denotando que ignoraba de que estaban hablando. Y, sin embargo, arrugo imperceptiblemente el entrecejo. Al sugerir la pregunta a Gorki y Morales lo hizo por un placer casi exclusivamente intelectual. Ahora, al tener ante si un hombre de carne y hueso, casado, comprendio que la cosa tenia verdadera importancia. Hasta tal punto que se pregunto a si mismo si sacrificaria a su mujer. Recordo sus facciones, su palido rostro despues del parto, su manera inhabil de manejar el fusil en el Centro Tradicionalista. Le parecio que la sacrificaria. Se reclino en la barandilla. El militante se habia marchado, nervioso. Cosme Vila penso en su hijo, en el crio que ya senalaba con el indice caballos y vacas en el libro en colores. «Al crio, no. Al crio no -se dijo-. Tambien querria saber de que se trata.»

Esta frase le salio casi en voz alta, de modo que Gorki le interpelo:

– ?Que estas diciendo?

– Nada, nada -contesto Cosme Vila.

Morales proseguia su labor. Se sentaba frente a los interrogados. Recordaba los examenes en el Instituto, cuando preguntaba a los alumnos: «?Quienes fundaron Roma?» Ahora las preguntas las hacia a hombres y eran mucho mas importantes.

El comandante Martinez de Soria habia procedido, sin saberlo, a una encuesta parecida. En realidad, cuantos oficiales, en la sala de armas, le habian dado su palabra de honor habian hecho con tal acto ofrecimiento de sus vidas. Y lo mismo los doscientos treinta y cinco hombres que sumaban las ultimas listas -la lista definitiva- suministradas por los cuatro Partidos que el llamaba nacionales.

Pocas horas despues de conocida la muerte de Calvo Sotelo habia recibido la orden de prepararse. Ante la dramatica situacion, el Alzamiento se adelantaba en cuatro meses a la fecha prevista. De un momento a otro recibiria la orden de concentrar las fuerzas disponibles y declarar el estado de guerra en la ciudad. «Queda usted facultado para tomar las medidas que estime convenientes.»

El comandante se paseo por el cuartel, inhospito y sucio. Leyo en los muros toda suerte de inconveniencias escritas por los soldados. Estos, al licenciarse, querian dejar constancia de su desacuerdo. Ponian la fecha y el nombre, lo cual era honrado de su parte.

El alferez Roma y el teniente Delgado no se movian de su lado. Por fin el telegrama llego, cifrado. Decia escuetamente: «Dia 19».

CAPITULO LXXXV

Mateo recibio la orden mientras estaba preparando la comida de Pedro.

Le ocurria una cosa estupida, sin explicacion. Las horas se le hacian tan largas que continuamente se acercaba a la ventana de la cocina y miraba la inmensa mole de piedra del campanario de la Catedral. Y de pronto le parecia que este campanario, en el que el sol daba de lleno, empezaba a inclinarse, a inclinarse, que su base era movil y que de un momento a otro caeria sobre su cabeza. Mateo retrocedia en la cocina, tropezando con la silla de patas cojas. Se pasaba la mano por los ojos. Aquello era una pesadilla. Queria dominarse y volvia a la ventana. Luego se dirigia a los fogones a preparar la comida de Pedro.

Pedro se habia dado cuenta de su nerviosismo y le habia dicho:

– Si quieres, ire a buscarte una mujer. Tendremos las luces apagadas.

Mateo, por mas esfuerzos que hizo, no pudo indignarse. Comprendio que tal vez Pedro estuviera en lo cierto. No obstante, se domino. No solo por el peligro y su promesa de vida casta, sino por Pilar. La Historia Universal continuaba ofreciendole a menudo la entranable plegaria: «Virgen Santa, Virgen Pura, haced que me aprueben de esta asignatura».

Rodriguez le dijo: «El dia diecinueve, a las seis y media de la manana».

La preocupacion de Mateo era saber si subiria a ver a Pilar o no, antes de presentarse en el cuartel. Las seis y media de la manana le parecia una hora inconveniente. A veces dudaba y pensaba: «Me parece que mi obligacion seria subir a ver a mi padre, que se lo merece de sobra».

A Pedro no habia podido sino arrancarle una confidencia: Estaba seguro de que en Rusia el hombre era feliz.

– Mi padre, en Rusia, no se hubiera suicidado -dijo.

Mateo le miro con simpatia.

– ?Por que? -pregunto.

– Porque no, porque alli hubiera sido feliz.

Mateo intento explicarle que en Rusia la felicidad era imposible porque los creyentes se veian perseguidos y los no creyentes llevaban en el alma, como en todas partes, la angustia de lo incompleto; pero Pedro negaba con la cabeza, mientras comia sardinas, que era lo que mas le gustaba.

– Ojala fuera esto como aquello. Mi padre no se hubiera suicidado.

El muro que constituia Pedro a veces descorazonaba a Mateo. Se preguntaba si despues de la victoria conseguirian convencer a alguien. Pensando en los albaniles y el electricista, cobraba animos. Pero se decia que cada alma en torno suyo buscaba lo absoluto y que lo absoluto -bien claro se veia en San Agustin- no podria darlo aqui abajo ni siquiera Falange… Entonces llegaba Rodriguez y en el entusiasmo del guardia civil banaba de nuevo su espiritu.

Mateo tenia otra preocupacion: que el comandante Martinez de Soria les permitiera custodiar al general, al Comisario y a Julio Garcia hasta que se decidiera sobre su suerte. Mateo creia que nadie como Falange era digna de confianza para tal mision.

Rodriguez le pregunto:

– ?Has tirado muchos tiros?

Mateo sonrio.

– En Madrid.

– ?Caray, cuantas cosas haciais en Madrid! -comento el guardia.

«La Voz de Alerta» y don Jorge supieron por Laura que se acercaba el momento de su liberacion, pero no conocian la fecha exacta. Desde aquel momento vivian con el oido atento a las pisadas en la escalera. Reconocian el caminar de todos los de la carcel y pronto se miraban decepcionados. Solo el gitano les daba a veces alguna esperanza, pues el ritmo de sus pies era variable. Casi siempre subia sonoliento; pero alguna vez parecia bailar. Los pasos del baile les sugerian la imagen de un emisario haciendo tintinear las llaves… y llevandoles armas en abundancia.

Laura habia conseguido introducir un revolver por entre las rejas. Don Jorge lo queria para el, «La Voz de Alerta» tambien. A veces, cuando Teo se paseaba por el patio, «La Voz de Alerta» le apuntaba con la imaginacion. Pero en varias ocasiones habia sentido pena por el gigante. Teo no parecia el mismo desde su entrada en la carcel. La decepcion que sentia por el hecho de que Cosme Vila no le liberara, era indescriptible. El mundo se le caia encima. Toda su escala de valores se veia transformada. «?Yo, que hubiera dado la vida por el!» Tampoco se explicaba que no acudiera a liberarle la valenciana, Don Jorge habia advertido que Teo, fuera del contagio de la multitud y separado de su carro, era un nino. La gigantesca plataforma de su carro y la multitud le convertian en algo que no era el, en un bruto, en un loco.

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