penso: «Es la etapa necesaria». El comandante Martinez de Soria admitia que Ideal fuera capaz de pegarle un tiro, pero no que el Gobierno de la Republica ordenara hacer lo propio con Calvo Sotelo.

Matias Alvear en el Neutral, encontro a la gente muy excitada. Don Emilio Santos era el que estaba de mejor humor, pues habia recibido noticias de Cartagena: «?Mi hijo vive todavia!»

Eran horas lentas. El catedratico Morales anoto en sus cuadernos: «Elite y masa empiezan a fundirse: el Presidente del Consejo y el Cojo sentencian a las personas por los mismos motivos».

No hubo descanso porque no podia haberlo. Y no podia haberlo porque la gente cumplia su palabra. Cuando Santi prometia comerse una tortilla de seis huevos, se la comia.

Por ello, al llegar el 13 de julio todo el mundo comprendio. A Matias Alvear no le sorprendio; al comandante Martinez de Soria tampoco… Cuando la radio, La Vanguardia y El Proletario dieron la noticia de que el Presidente del Consejo habia cumplido su palabra, todo el mundo comprendio que tenia que ser asi, que no habia acaso descanso porque no podia haberlo.

«La Direccion del cementerio del Este, de Madrid, ha comunicado al Ayuntamiento que, sobre las cinco de la madrugada, ha sido dejado alla un cadaver que ha resultado ser el del senor Calvo Sotelo.»

La sorpresa se la llevo la esposa del comandante, al ver que las manchas del rostro de este adquirian un tono violaceo. Y Carmen Elgazu, al ver que Matias se sentia incapaz de continuar con el periodico en las manos y se levantaba y salia a la calle.

La sorpresa se la llevo el alferez Roma al ver llegar al comandante al cuartel, en contra de su decision de no salir sin escolta.

– ?Que ocurre?

El comandante no le contesto:

– ?A que dia estamos hoy? -pregunto.

– 13 de julio.

13 de julio. Las radios dieron los consabidos detalles. Guardias de Asalto se habian presentado en el domicilio de Calvo Sotelo invitandole a que los siguiera. En la camioneta le atravesaron la nuca de un balazo. David y Olga lamentaban el hecho. Casal lo atribuia a un acto de venganza de los guardias. «Falange habia asesinado al teniente Castillo, de su compania, y han querido vengarle.»

El comandante no se avenia a razones. Por primera vez habia gritado: «?Asesinos!» Los periodicos publicaban fotografias del incesante desfile, en Madrid, por la casa mortuoria. El comandante Martinez de Soria fue el primero en patentizar desde Gerona su adhesion. Mando un telegrama de pesame. Don Pedro Oriol le imito y don Santiago Estrada. Pronto se formo la caravana. Matias Alvear, con el lapiz en la oreja, le dijo a Jaime: «Esto me recuerda aquellos dias de octubre».

Carmen Elgazu vivia un poco ajena a los datos concretos y desconocia la real importancia que podia tener Calvo Sotelo. Cada dia desconfiaba mas de las mujeres que para defenderse o defender a sus maridos decian: «?No ha leido usted…?» A ella le parecia que lo bueno y lo malo estaban perfectamente delimitados en el fondo de cada uno; y cuando existian dudas, no cabia sino mirar las Tablas de la Ley.

Asi que en aquel momento no preveia la direccion precisa de los cambios politicos que podia haber, y entendia que, en realidad, el hecho de ser presidente de un Consejo no alteraba las bases por las cuales un hombre no debia amenazar a otro. Habia preguntado a Ignacio: «?Calvo Sotelo era catolico…?» E Ignacio le habia contestado: «Si».

Aquello le basto. Creyo comprenderlo todo. Por un momento imagino una desgracia que abarcaba a la Patria entera. Pero, de pronto, el espacio le dio vertigo. Algo instintivo la obligo a cenir el problema a lo que pertenecia de forma inmediata a sus entranas. Como si su corazon le dijera: «?Que entiendes tu de los demas?»

Tuvo el presentimiento de que se avecinaba una catastrofe no en el cementerio del Este de Madrid, sino en el seno de su familia. Tal vez ello ocurriera porque se encontraba sola en el piso, porque ninguno de sus hijos estaba alli y Matias se habia marchado de aquella manera.

No sabia que hacer. Podia leer el periodico para enterarse mejor; pero no quiso. Miro afuera. Un maravilloso cruce de sombras iba envolviendo los tejados. En las casas de enfrente se encendian luces. Se veian mujeres preparando la mesa.

La mesa. La mesa eterna. Hubiera querido ver a todos los suyos en la mesa. ?Que hora era? Entro en el cuarto de Ignacio y encendio una mariposa ante la imagen de la mesilla de noche.

Sono el timbre. Era Pilar. Carmen Elgazu sonrio al verla. Le dio un beso con fuerza desacostumbrada «?Que te ocurre?» -le pregunto la chica-. «Nada, hija, nada. No me pasa nada.»

Llamo Ignacio. Carmen Elgazu le dio un beso como siempre.

– ?Ha venido Marta? -pregunto el muchacho.

– No, hijo.

Regreso Matias. Habria ido al Neutral. Miro afuera, al rio. Carmen Elgazu penso: «Todos van llegando». Quito el periodico de la mesa y puso el mantel. Un mantel amarillo, con flores en cada esquina.

Faltaba Cesar. Probablemente andaria por la parroquia. Reunia a los chicos y jugaba con ellos. A veces interrumpia los juegos y les daba una explicacion plastica de la muerte de Cristo. Arrimaba sus espaldas a la pared, pegado su cuerpo a ella desde los tacones y extendia los brazos en cruz. Su actitud era tan dramatica, que los chicos perdian la respiracion.

El timbre sono. Pilar fue a abrir deslizandose por el mosaico del pasillo. Carmen Elgazu, al ver a Cesar, suspiro. Se le acerco y le dio un beso, que el seminarista le devolvio.

– ?Fuerte, fuerte! -reclamo Carmen Elgazu.

Cesar la miro con aire extranado.

– ?No te lo he dado fuerte? -pregunto.

Matias se puso los auriculares de la galena. Ignacio vio sombras en los muros.

– ?Que es eso?

– He encendido la mariposa en tu cuarto.

– Es poco divertido.

QUINTA Y ULTIMA PARTE

Del 18 al 30 de Julio de 1936

CAPITULO LXXXIV

Julio comprendio que los dados estaban echados. No era de prever que los militares esperaran hasta noviembre. Aprovecharian el clima creado por los ultimos sucesos para intentar dar el golpe. El policia lamentaba que Gerona fuera tan pequeno. Imposible esquivarse unos a otros. Sabia que si pasaba por la Rambla se encontraria con el alferez Roma; si daba la vuelta, se encontraria con el teniente Delgado.

Leia en los rostros de estos una sonrisa ironica. Le miraban a la cabeza. Julio se decia: «No seais bobos; en casa, Wagner y no folklore andaluz…»

Se entrevisto con el general y con el coronel Munoz. Les manifesto sus temores: seria preciso entregar armas al pueblo.

El general supuso que Julio se habia vuelto loco. Le rebatio los argumentos uno por uno, por centesima vez. ?Sanjurjo, Franco? ?Que podian hacer? Uno en Portugal, el otro en Canarias. Lo de las armas al pueblo era una propuesta inaudita, dadas las circunstancias. «Tengo entendido que los campesinos organizan una concentracion aqui. ?Por que no les damos un par de canones?»

Julio les dijo:

– Viven ustedes en el limbo. Un dia de estos se encontraran en el calabozo. El comandante Martinez de Soria arengara a la tropa y la repartira por la ciudad. Supongo que cuenta con unos doscientos paisanos, quiza

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