ello. Le encargo de un viaje de propaganda entre los campesinos, preludio de las Bases Agricolas. Su voz se derramo por las comarcas anunciando a los colonos que la canalizacion del rio Ter estaba en estudio, asi como la creacion de unos embalses que convertirian toda la provincia en tierra de regadio. Al parecer, la unica dificultad estribaba en las expropiaciones. Los propietarios se negaban rotundamente a ceder un palmo de terreno, al modo como en las fabricas los patronos se negaban a ceder una sola de sus acciones. «Esto retrasara las Bases, ?pero llegaran! Unidos todos, y venceremos.»

El catedratico Morales cumplia cuanto le ordenaban, con la felicidad retratada en el semblante. La valenciana, a veces, le tiraba de la chaqueta y le decia: «Anda, Lope de Vega. Que te estas haciendo el amo, ?eh?» El catedratico se reia pues nunca hubiera imaginado que la valenciana conociera el nombre de Lope de Vega.

El estado de panico en que vivia la ciudad, la profusion de banderas revolucionarias, la ausencia de la risa, los subitos silencios que se producian en las calles, a veces constituian para el hombre motivos de reflexion. «La etapa necesaria», se repetia. Se miraba al espejo. ?Que tenia que ver su fealdad con todo aquello, con la obediencia ciega a Cosme Vila, aun cuando este fuera a su lado un ser primario, o en todo caso mucho menos refinado? Nada. Absolutamente nada. La unica causa de que prestara juramento fue su conviccion de que la hora habia sonado, la hora de la rebelion de las masas en el mundo. Hasta el presente dichas masas habian tardado siempre uno o dos siglos en captar las ideas que elaboraban para si las elites. De suerte que cuando las muchas valencianas del mundo empezaban a hacerlas suyas, ya las elites habian dado un viraje o vuelto a antiguos moldes. Ahora, por primera vez, masas y elites se fundirian, constituirian un mismo organismo. Por todo ello valia la pena prometer canalizaciones a los campesinos, ver la invasion de perros famelicos en la ciudad. Los patronos se arruinaban con la huelga, las ratas les roian el negro color de los cabellos. Un rumor de protesta crecia, crecia, se formaban grupos en las esquinas, ?en la Camara de Comercio se hablaba de ametralladoras!, por primera vez hombres que hasta entonces solo se habian preocupado de vender telas o latas de conserva al precio mas alto posible, se iban a las murallas de Montjuich y apretaban los punos sin levantarlos, en direccion a donde suponian que podian hallarse la mongolica cabeza de Cosme Vila, la gorra del Responsable, el ladeado sombrero de Julio.

Ahora hablaban del catedratico Morales. Especialmente la elite, que se anticipaba en uno o dos siglos. Morales leia en los ojos de antiguas amistades suyas -otros catedraticos, abogados, el propio doctor Rossello- un miedo cerval. Como si estos hombres supusieran que el catedratico Morales les senalaba con el dedo, daba sus nombres y descubria sus bajezas, el desequilibrio entre sus creencias y sus actos, en la indiferencia con que escuchaban a los clientes pobres, en su horror por Marx no porque habiendo este localizado el cancer propusiera remedios antihumanos, sino porque sus profecias se cumplieran de manera implacable.

El catedratico tenia unos ojos que parecian comprados, de quitapon, separados de su alma por una hoja metalica. Con ellos observaba la reaccion de sus grandes enemigas las mujeres. Las mujeres, entre las que hubiera deseado brillar. A su entender, eran las que alarmaban a sus maridos para permitirse el lujo de infundirles coraje luego. Aseguraba que los grandes sentenciados de la ciudad vivian acoquinados a causa de sus mujeres. Era la sirvienta de mosen Alberto la que le decia a este: «Cuidado, mosen, que todavia le estan vigilando». Era la esposa de don Santiago Estrada la que le decia de continuo al jefe de la CEDA: «?Quienes son esos que nos siguen? ?Has visto la insignia que llevan en la solapa?» Era la esposa del comandante Martinez de Soria la que entraba y salia de la iglesia con una gravedad de viuda de guerrero que ponia los pelos de punta al comandante. Era Laura la que levantaba en vilo la carcel, eran las mujeres de los comerciantes las que protestaban: «?Pronto tendremos que ir a pedir limosna!» Y, por su parte, ellas mismas lloraban y pataleaban en su intimidad, maldiciendo el hondo rumor del pueblo en marcha.

El catedratico Morales fue quien sugirio la exterminacion de varios medicos. Excepto el doctor Rossello, los demas de la localidad tenian mas fe en la moral que en la ciencia. Medicos de cabecera, medio curas, ponian el termometro en las axilas con la sonrisa en los labios. Vertian en las familias extemporaneas dosis de resignacion. Eran libres para obrar de aquel modo, y acaso no fuera malo. Ahora bien, en las revoluciones actuaban de silenciador, eran los grandes mitigadores del dolor humano y lo mismo curaban a un hombre del pueblo que a un explotador. El propio Cosme Vila habia quedado pasmado al escuchar de boca del catedratico: «El grito de un hombre al que nadie sepa cortar la pierna, tiene mas eficacia revolucionaria que la accion de gracias a la Virgen por haber sido operado satisfactoriamente».

La ciudad correspondia a Morales apretando los punos en las murallas y en los hogares. A diario pasaban trenes procedentes de Francia, abarrotados de viajeros que se dirigian a Barcelona con motivo de la anunciada Olimpiada Popular. Estos viajeros, mejor que amantes del deporte parecian, por su aspecto e indumentaria, combatientes de algun ejercito fantasma. Levantaban el puno en las ventanillas, llevaban alrededor del cuello panuelos identicos a los del Cojo o Ideal. El catedratico Morales fue varias veces a desplegar banderas a su paso. La gente aseguraba que los trenes que se detenian descargaban misteriosas cajas para el Partido Comunista.

Todos los dias la gente desplegaba el periodico esperando la gota decisiva, la cerilla que prende fuego. Ni siquiera los rios de Gerona estaban de acuerdo. El Onar bajaba seco; sus charcos olian como siempre. La valenciana hubiera chapoteado a gusto en ellos… si hubiese podido hacerlo al lado de Teo. En cambio el Ter, como si temiera su proxima canalizacion, bajaba crecido, arrastrando aguas turbias. El mes de julio caia con fuerza astral sobre las cabezas, calentandolas. Sol que no se daba descanso desde el alba hasta el anochecer. A mediodia habia un momento, el momento en que caia vertical, en que la gente quedaba inmovil en las calles, como reseca, como chupada por los rayos. Las almas temblaban entre los huesos.

Muchas personas acudian a diario a la estacion a esperar la llegada de la Prensa. Entre estas personas se contaba Matias Alvear, quien tomaba La Vanguardia, el unico periodico que le inspiraba confianza.

Un dia, el tren se retraso. Matias Alvear fumo varios cigarrillos paseando por la acera. La Vanguardia no llego hasta el mediodia, en el momento del sol vertical. La gente se precipito sobre los vendedores. Matias Alvear vio que los titulares eran mucho mayores que los de El Proletario. Consiguio un ejemplar. Vio una patrulla de Asalto y decidio irse a casa sin leer nada. Lo leeria en el comedor tranquilamente.

Subio las escaleras con lentitud, abrio la puerta y se instalo en el sillon. Carmen Elgazu noto algo raro y le pasaba con frecuencia por detras mirando por encima del hombro para enterarse de lo que ocurria.

Matias comprendio en seguida que la cerilla habia sido echada a los lenos. Sucesos de gravedad sin precedentes ocurrian en la capital de Espana, a juzgar por lo que acontecia en los escanos del Parlamento. Matias no sonrio como antano al leer: «Tumultos en la sala»; por el contrario, su rostro expreso desde el primer momento la mayor preocupacion.

Calvo Sotelo habia descrito la situacion de Espana en tono patetico. Al parecer, no era solo el rio Ter el que bajaba crecido. Calvo Sotelo dio las cifras oficiales de lo ocurrido desde el 16 de febrero: 400 bombas habian estallado aqui y alla, 330 asesinatos, 1.511 heridos, 170 iglesias destruidas totalmente, 295 destruidas parcialmente, 485 huelgas; en carceles y calabozos se hallaban unos doce mil ciudadanos pertenecientes a partidos derechistas…

Las palabras de Calvo Sotelo habian causado una impresion profunda en las Cortes, y el Presidente del Consejo, senor Casares Quiroga, le amenazo por cuarta vez. Entonces Calvo Sotelo alzo los hombros. «?Bien, senor Casares Quiroga! Me doy por notificado de la amenaza de Su Senoria. Y le algo ante el mundo lo que Santo Domingo de Silos contesto a un rey castellano: «Senor, la vida podreis quitarme, pero mas no podreis». ?Pues no faltaba mas! Tengo anchas las espaldas.»

A la salida, en los pasillos, «La Pasionaria» habia dicho en voz alta: «Este hombre ha hablado por ultima vez».

Matias Alvear arrugo el entrecejo. Carmen Elgazu, al pasar, no habia leido mas que «Santo Domingo de Silos». «?Por que no dejaran a los santos en paz?» -habia exclamado.

Matias Alvear sufria porque desde el primer instante intuyo que aquello no quedaria en meras palabras, que se llevaria a cabo conduciendo a una situacion irremediable.

El hermano de la Doctrina Cristiana refugiado en casa del subdirector le pregunte a este: «Pero… ?son ciertas estas cifras?» -El subdirector le contesto: «?Ni siquiera se atreven a desmentirlas!»

Cuando Ignacio leyo: «La vida podreis quitarme, pero mas no podreis» recordo que su madre, el dia en que Julio subio a verlos, pronuncio casi las mismas palabras con relacion a la muerte de la sirvienta. Cosme Vila

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