pueblos vecinos, como ellos hacen? Figurate que ignoro lo que son estas alegrias. Tener un patrimonio que defender es muy duro, muy duro. Ya te iras dando cuenta. Ninguno de esos hombres con quienes has hablado resistiria un mes. Se lo venderia todo y se iria a la ciudad. O pondria colonos y lo haria mucho peor que yo lo hago.»

Don Jorge al entrar en la Liga Catalana se encontro con el notario Noguer. El notario Noguer, mas encorvado que nunca, con sus parpados caidos dando a sus ojos una forma triangular, estaba sentado en el sillon presidencial, ocupando de el una parte minima. Era raquitico, y, sin embargo, tenia autoridad. Se la conferian su calvicie, su craneo noble y lo impecable de su cuello blanco.

El notario Noguer le dijo a don Jorge que se encontraban entre dos fuegos. De una parte, la vergonzosa ofensiva contra Cataluna era un hecho; de otra los Sindicatos entregaban armas a los obreros no solo en Madrid, sino en Barcelona, Tarragona, Lerida y Gerona… «Ahora ya no se trata de licencia de armas. Lo hacen a la descarada, Alianza Obrera, las Casas del Pueblo.»

Don Jorge le dijo: «Yo me encuentro muy fatigado. Lo dejo en sus manos. Pero, desde luego, nosotros nos adherimos al Instituto de San Isidro. Yo, personalmente, quiero ir a Madrid y desfilar como el primero, junto a don Santiago Estrada».

Era inaudito que don Jorge quisiera emprender aquel largo viaje. Lo que pedian los campesinos y la Generalidad debia de afectar a algo vital, al centro de lo que don Jorge creia que convenia a la tierra.

En el centro de unos y otros se encontraba situado Julio Garcia. Era cierto que se habia pasado el verano yendo de aca para alla. Muchos viajes a Barcelona, de donde siempre regresaba hablando de aquel doctor Relken de gran personalidad, que ahora se encontraba alli… Tambien era cierto que cultivaba un fichero particular de suicidas. Ciento sesenta y ocho fichas; con el taponero de San Feliu ciento sesenta y nueve…

Ahora Julio tenia uno por uno todos los hilos del rompecabezas de la ciudad en la mano. Disfruto mucho viendo que a Comisaria volvia a llegar el personal, que todos los agentes y guardias se incorporaban a sus puestos, que la tertulia del Neutral volvia a completarse, que en la barberia de Raimundo volvia a hablarse de corridas de toros, que el Orfeon volvia a cantar.

Raimundo habia visto dos corridas de toros en el verano, en Barcelona, y dijo: «Hay que ver. Hay que ver un cuerno de cerca para saber lo que es. A los extranjeros que critican las corridas querria yo verles alli».

Julio tenia los hilos de Gerona en la mano. Era quien mejor sabia lo que iba a pasar. Concedia suma importancia a la Asamblea de propietarios en Madrid y decia que habia que tomar represalias contra todos los que asistieran a ella. «Caiga quien caiga, esa es mi opinion.» Los arquitectos Ribas y Massana asentian, pero les parecia todo aquello de mucha trascendencia.

Julio les dijo, a ellos, al doctor Rossello y a los Costa, con quienes celebro una reunion:

– No vamos a dejar que el Responsable nos de lecciones, ?verdad?

– ?Por que lo dice?

– Pues… porque el y su sobrino, el Cojo, se van a Madrid, dispuestos a armar bulla en la manifestacion.

Era cierto. En el bar Cataluna se lo habian dicho a Ignacio. Tio y sobrino ya tenian los billetes. Habian dicho: «Vamos a ver si hacemos tragar un puro a alguno de esos propietarios». Por lo demas, el aspecto catalanista de la revolucion de que se hablaba les interesaba poco. Ellos eran de la CNT-FAI. Querian hablar con los anarquistas de Barcelona, desde luego, pero tambien con los de Madrid. El Responsable no habia olvidado a Jose, el primo de Ignacio. Cuanto mas tiempo pasaba, mas le parecia que era un elemento de gran valor, que en Madrid debia de actuar con gran eficacia.

Julio hablaba con unos y otros, con una elasticidad que asombraba a Matias Alvear. Tan pronto estaba en la redaccion de El Democrata como David y Olga le encontraban en el jardin de la Escuela contemplando el surtidor. Se iba a Telegrafos a ver a Matias y a Jaime, se pasaba una hora en el balcon de su casa, fumando, con el sombrero ladeado y acariciando la tortuga. A veces entraba en la barberia comunista a afeitarse. Le gustaba porque siempre habia mujeres. En la Rambla no faltaba nunca si se tocaban sardanas. En su casa oia musica y cante flamenco y hasta canciones de Navidad. A Ramon el camarero le hablaba de Nietzsche, de Voltaire, de Kant… Con frecuencia se iba al cuartel de Infanteria a jugar una partida a las damas con el coronel esqueletico, el coronel Munoz… Iba a todas partes, cuidaba de todo el mundo… excepto de su esposa, dona Amparo Campo. Hasta el punto de que esta le habia dicho: «Si no fuera una mujer decente, te aseguro que me iria con otro hombre».

Julio conocia la psicologia de la ciudad. Y sabia que una noticia dada en el Neutral pasaba inmediatamente a oficinas, talleres, fabricas. En aquel comienzo de septiembre todo tomaba grandes proporciones. El recuerdo del verano, la posibilidad entrevista por los obreros de mejorar su suerte y de vivir una vida libre les hacia mas insoportables las naves de las fabricas. En la fabrica Soler, inmensa, los capataces de cada seccion sentian rebotar en sus rostros las miradas agresivas, especialmente de las mujeres. En las oficinas los codos se pegaban a las mesas con mala voluntad. ?Cataluna, Cataluna! Cataluna rigiendose por si sola cambiaria aquel estado de cosas.

Era un septiembre prematuramente frio. Cada persona ocupaba su lugar. Los afiladores reaparecieron por las calles: «?Cuchillos, tijeraaaas…!» A uno de ellos, amigo del patron del Cocodrilo, que tenia fama de haber recorrido media Europa, este le pregunto: «?Como te las arreglaste para llegar hasta Rusia?», y el contesto: «Siguiendo la rueda…» Los remendones de paraguas, gitanos en su mayor parte, subian por los pisos pregonando: «Arreglo paraguas, arreglo». Y la gente, sin exceptuar Carmen Elgazu, les daba trabajo, pues corria la voz que aquel invierno seria particularmente lluvioso. En el cementerio, las flores de los muertos con uniforme de la guerra de Africa se marchitaron con el viento, como era su deber: Mosen Alberto pudo liberarse de la cama y subio a leerles otra extraordinaria carta del vicario de Fontilles. El hijo adoptivo del cajero, Paco, entro por primera vez, carpeta bajo el brazo, en la escuela de Bellas Artes, con un traje azul marino que dejo boquiabiertos a los ninos del Hospicio, sus antiguos companeros. Ernesto, el vejete que recogia excrementos en las procesiones, fue hallado inerte en plena calle, y fue llevado primero al Hospital y mas tarde al Manicomio, pues al recobrar el conocimiento se puso a cantar interminables motetes de Viernes Santo, sin que nadie pudiera contenerle. Los limpiabotas invadieron de nuevo el Cataluna y los cafes.

Las piedras del barrio antiguo permanecian inmoviles. La Catedral, las capillas del Calvario, los olivares de propietario desconocido. A mediodia se oian las campanas, al anochecer los cerrojos de las iglesias. En la Dehesa apuntaba el amarillo en las hojas, el Onar recibia rejuvenecidos caudales que animaban la ciudad. De vez en cuando, la tramontana. De vez en cuando, el sol. Los viejos salian a tomarlo en los lugares de siempre: en la Gran Via, en el Puente de Piedra, en la via del tren. El numero de bicicletas habia aumentado, los guardias urbanos sudaban la gota gorda. Los escaparates se iluminaban. Pasaban, uno tras otro, los tres hombres-anuncio que Cesar, con la ayuda de Julio, consiguio colocar… Los soldados se iban a ver a la Andaluza; la esposa y la hija del comandante Martinez de Soria habian asombrado a todas las mujeres de la ciudad, especialmente a las del taller de costura de Pilar, al ponerse un elegantisimo sombrero para ir a misa.

CAPITULO XXVI

Los periodicos catalanes se lanzaron a la ofensiva. La Generalidad, en terminos solemnes, se dirigio al Gobierno de Madrid exigiendo el reconocimiento inmediato de una serie de privilegios sociales, de orden publico, administrativos, que se habia abrogado. Y por supuesto, la aceptacion de la Ley de Contratos de Cultivo.

La respuesta fue negativa. Y por su parte el Gobierno denuncio, por medio de El Debate, que unos misteriosos portugueses habian llegado a Madrid y vendido un arsenal de armas a los socialistas. Armas de procedencia danesa, que en un principio iban destinadas a dar un golpe de Estado en Portugal, golpe que habia sido planeado con pleno conocimiento de Azana, pero que habia fracasado antes de empezar. Ahora las armas iban aumentando los depositos de las Casas del Pueblo y muchas partian via Asturias.

Ignacio se enteraba de todo aquello en el Banco y por los periodicos, como todo el mundo, pero especialmente por una nueva amistad que habia contraido: una muchacha de dieciocho anos, a la que llamaban Canela, la discipula predilecta de la Andaluza, la gran adquisicion de la patrona cara al invierno…

La muchacha, que recibia en su habitacion a gente de todos los estamentos sociales de la ciudad, estaba al corriente de todo; pero le decia a Ignacio: «A nosotros, ?plin! ?No te parece? Tanto valen los unos como los

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