sin saber por que. El camarero Ramon, en el Neutral, se estrechaba sin cesar el lazo del cuello, consciente del momento que vivia.

A ultima hora de la tarde, cuando ya las sombras descendian sobre la ciudad, Matias llego de Telegrafos y prohibio a Ignacio, Cesar y Pilar que salieran de casa. Se decia que iban a cortar la corriente electrica y aquello resultaria peligroso. Carmen Elgazu propuso cerrar todas las ventanas y rezar las tres partes del Rosario.

Matias acerto. A las siete y media de la tarde en punto, y en el momento en que un camion en el que habian instalado un altavoz y una ametralladora cruzaba el Puente de Piedra conminando a la gente a que se concentrara ante Comisaria, la ciudad quedo a oscuras. Los faroles de la Rambla se apagaron. A lo largo del rio, todas las luces se hundieron en la nada. La gran iluminacion del Ayuntamiento se eclipso. Fue algo insolito y espectacular. Los manifestantes tropezaban unos con otros, contra las sillas de los bares; sus movimientos eran torpes. Hasta mucho despues los ojos no empezaron a acostumbrarse a aquella oscuridad. Entonces la gente parecio recobrarse. Se decia que aquello era un sabotaje y era preciso no dejarse amedrentar.

Pero en aquel momento, por el lado de los cuarteles de Infanteria, situados detras del Seminario, se oyo un redoble de tambores. Era un redoble ritmico que se iba acercando, que descendia hacia la parte baja de la ciudad. Gerona entera callo para oirlo.

Alguien corrio Rambla abajo, abriendose paso, como llevando un mensaje.

?Que pasaba? Tambien de los cuarteles de Artilleria iban saliendo soldados, en perfecta formacion. Los oficiales en cabeza, marcialmente, a lo largo del rio, hacia la Plaza Municipal. Al frente de todos, montado sobre un caballo blanco, el Comandante Jefe de Estado Mayor. Detras, el comandante Martinez de Soria. Eran dos columnas que iban a confluir en el Puente de Piedra.

Nadie sabia si aquellos piquetes de tropa eran amigos o enemigos. A ambos lados del Jefe de Estado Mayor, soldados con antorchas.

De subito se oyo un toque de corneta. ?Estado de guerra! Sin bajar de su caballo, mientras oficiales y numeros presentaban armas, el comandante leyo el Bando declarando el estado de guerra en la ciudad. ?Enemigos! El ejercito se habia declarado enemigo. Como un rio se proclamo el rumor. La multitud se disperso con inaudita rapidez, entre las sombras. El ejercito tenia orden de disparar al menor conato de resistencia.

Matias ordeno a Ignacio: «?Entra y cierra el balcon!» Pero el muchacho se resistia. Porque el redoble de los tambores se oia cada vez mas claramente. Bajaba por la Rambla. Cuando los tambores callaban, se oian perfectamente los cascos del caballo blanco del comandante. Los alrededores de Comisaria quedaron tambien desiertos. Al oir el toque de corneta, los dirigentes del movimiento se habian hecho cargo de la situacion y unos doscientos hombres -entre ellos Julio Garcia, los hermanos Costa y David y Olga- se habian encerrado en el edificio gubernativo.

Los piquetes de tropa se dirigieron alla y el comandante, deteniendose ante la puerta, leyo el Bando conminatorio. En el acto un disparo salio del interior y el Jefe cayo de su caballo con el corazon atravesado. Los oficiales lanzaron un alarido de indignacion. El caballo relincho y huyo, solo, desbocado, calle abajo. Inmediatamente fue cercado el edificio. Las tropas ocuparon los sitios dominantes. Llegaron refuerzos. Del interior de Comisaria apenas si salia de vez en cuando algun tiro. Toda la noche fue transcurriendo de esta forma, con lentitud. Nadie pego ojo. Ignacio, de vez en cuando, salia al balcon, pero volvia a entrar al oir una patrulla de soldados.

A las cinco y media de la madrugada la corriente electrica volvio. Todas las radios que no habian sido desconectadas lanzaron intempestivamente sus potentes voces. Las familias se congregaron alrededor, avidas de noticias. No se oian mas que bailables que crispaban los nervios. Por fin, a las seis y cinco minutos en punto, los microfonos de Barcelona daban cuenta de que la Generalidad se rendia a las tropas del general Batet, encargado de sofocar el movimiento en la capital. Aquello significaba la derrota, que llegaba precisamente con la luz del alba. Pocos minutos despues, en el edificio de la Comisaria de Gerona aparecio la bandera blanca. Al saber lo de Barcelona, consideraron inutil toda resistencia. Las tropas entraron en tromba. Un oficial quiso vengar al comandante muerto y disparo contra el primer amotinado que aparecio en la escalera, y que resulto ser uno de los taxistas del bar Cataluna.

El Comisario se rindio al frente de sus doscientos hombres. La unica mujer era Olga. Todos quedaron detenidos. ?Extrana revolucion -opino Matias-, sordida revolucion, tanto mas cuanto que hasta el momento en que se oyeron los tambores se hubiera dicho que a las autoridades se las habia tragado la tierra! ?Por que nadie impidio el asalto al Ayuntamiento, la ocupacion de la ciudad por la multitud? Todo el mundo daba la batalla por ganada. Solo Cosme Vila le decia a su companera: «Algo preparan los militares… Sobre todo en Barcelona. La apuesta es demasiado fuerte para que no intenten resistir…»

Horas mas tarde todo el mundo le dio la razon. El comandante Jefe de Estado Mayor, ahora muerto, sabia que, en efecto, todo dependia del desarrollo de los acontecimientos en Barcelona. De modo que paso toda la jornada esperando ordenes, jugando al ajedrez con el comandante Martinez de Soria. La tropa estaba acuartelada…

Por ultimo, cuando la ciudad quedo a oscuras, alguien llego a los Cuarteles. Y al instante la partida de ajedrez entre los dos jefes se interrumpio y comenzo el redoble de tambores. «?A las armas!» «La Voz de Alerta» sonrio por fin; don Pedro Oriol deseo que todo se desarrollara pacificamente; las dos sirvientas de mosen Alberto se arrodillaron ante la cama del Beato Padre Claret, con los brazos en cruz.

El resultado, ahi estaba: Doscientos detenidos, desencajados, oliendo a cuerpo humano. Abarrotaban las celdas de la carcel, humeda y oscura, detras del Seminario. Tenian hambre y reclamaban tabaco. Era domingo, y el sol y el otono doraban los muros de la carcel y de toda la ciudad. Bayonetas caladas escoltaban la Catedral, ocupaban las calles centricas y los edificios publicos, empezando por Telegrafos. Los cafes recibieron orden de abrir sus puertas, pero permanecieron vacios. Las gentes entraban en las iglesias y salian de ellas silenciosamente.

Varios altavoces cumplian su mision. Cada noticia tenia color de sangre. En Barcelona, la batalla entre el Ejercito y las fuerzas populares adictas a la Generalidad habia sido encarnizada y las calles estaban sembradas de cadaveres. Los soldados se habian visto obligados a disparar contra sus hermanos civiles. En Gerona habia un silencio como si la batalla se hubiera dado alli, bajo los arcos.

Entre las familias de los detenidos la situacion era de terror. Los militares, duenos de la situacion: todo el mundo sabia lo que aquello significaba… Corrian rumores de que el Gobierno de Madrid les dejaria las manos libres, de que serian implacables, especialmente en un lugar como Gerona donde se habia matado un jefe a sangre fria. Se hablaba de penas de muerte en masa. Sin posibilidad de escape o defensa, pues todos cuantos se habian encerrado en el edificio de Comisaria lo hicieron por propia voluntad.

Carmen Elgazu tenia una obsesion: saber lo ocurrido en Bilbao. Matias intento informarse desde Telegrafos, pero sin resultado. Con el resto de Espana era imposible comunicar. Solo de Burgos contestaron: «Alvear no esta de servicio». Y aquello inquieto a Matias.

Ignacio se alegraba del fracaso separatista. La vision de la multitud, de David y de Olga, de todos gritando «?Viva Cataluna libre!» desorbitados los ojos, le revolvia el estomago. Sin embargo, se hallaba sumido en una gran perplejidad. Algo habia en la vida delgado como un hilo. ?La carcel, los militares, condenas a muerte! David y Olga se le aparecian como sus amigos mas intimos. ?David, anguloso, ensenando a sus alumnos, cara al mar! Olga esperandole afuera -jersey de cuello alto- cuando termino el Bachillerato, besandole en la mejilla. Y Julio Garcia… Mentira que supiera nadar y guardar la ropa. Permanecio en Comisaria, dando la cara. Ahora estaba detenido como los demas, peor que los demas.

Cesar sentia una pena profunda. Condenas a muerte… Entre los detenidos se hallaban Murillo, del taller Bernat, varios cabezas de familia de la calle de la Barca…

El muchacho habia asistido al oleaje de la multitud con una especie de estupor. Aquel contagio popular le dio pena porque entendio que era sincero. Aquellas gentes amaban a Cataluna y querian organizar a su modo su destino; ello les llevaba a odiar, sin darse cuenta, a Espana. ?Como condenar un odio que el amor inspira? Claro, Espana habria recibido la herida. En realidad, lo delgado como un hilo era simplemente el corazon humano, cuando se lanzaba a la calle sin un fin sobrenatural. ?Quien ganaria el pan, ahora, para aquellas familias de la calle de la Barca? ?Quien pintaria las llagas de Cristo en el taller Bernat? A grandes zancadas se dirigio a la Catedral y entro en ella entre bayonetas.

Pilar tambien habia sido testigo de los acontecimientos, con estupor. Aquello no le gustaba. ?Por que la gente siempre queria mas, mas…? Fue a misa del brazo de su madre, pero nada tenia color de domingo en la ciudad. Y sin embargo, a la salida, bajo el sol, recordo los tambores, las antorchas y se dijo que en el fondo los oficiales que

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