ocupaban las calles eran unos valientes… Alli estaban impecables, serenos, afeitados… «?Derecha, mar!» Con una estrella, o dos, o tres.
Fue una manana violenta, la tarde se extendio interminable. «Tenemos hambre, queremos tabaco.» A ultima hora aparecio una edicion especial de
El periodico traia algunos detalles. La Generalidad se habia rendido oficialmente a las seis y cinco minutos de la manana. En toda Cataluna la cosa no habia durado ni siquiera veinticuatro horas. En opinion de Matias, que no se apartaba de la radio galena, el infantilismo de los amotinados habia sido, en Barcelona, algo indescriptible. Todo fue llevado con los pies y destinado al fracaso antes de empezar. Ocupacion de edificios sin asegurarse la adhesion de las piezas maestras del orden publico. Pero, sobre todo, sin ponerse previamente de acuerdo ni siquiera sobre los moviles de la Revolucion. Porque, la independencia de Cataluna fue el movil de la Generalidad, en tanto que las organizaciones obreras, realmente perseguian algo mas: la revolucion proletaria y social. Las discrepancias entorpecieron los movimientos desde el primer instante. Y la CNT, como siempre, a ultima hora viro en redondo -en Gerona el Responsable habia desaparecido- y se habia opuesto a la huelga general. Y la actuacion del mismisimo Comisario de Defensa de Barcelona habia sido confusa, como si estuviera de acuerdo con el propio general Batet. ?Que diablos ocurria con los democratas que no se ponian de acuerdo ni siquiera cuando se jugaban la cara?
En cambio, en Asturias la cosa revestia otros caracteres, cuya gravedad no se podia negar. Veinte mil mineros se habian aduenado de la region, conducidos mas inteligentemente, al parecer, que los separatistas catalanes. Si bien su suerte estaba echada: el Gobierno habia mandado varias columnas desde Madrid, suficientemente equipadas para «acabar con ellos» pronto. El resto de Espana tranquilo, excepto leves incidentes en Madrid.
«?Veinte mil hombres y acabar con ellos!» Cesar no pudo dormir pensando en lo que aquello significaba.
Extrano atardecer de domingo de otono, con una fantastica puesta de sol presidida por los Pirineos. En los cuarteles, la capilla ardiente ante el cadaver del Comandante de Estado Mayor.
«?Que nadie salga de casa!» Matias sentia una tristeza tan grande como la que sentia Cesar. Y temia por sus hermanos de Burgos y Madrid. Su empleo quedaba asegurado, pero ?a que precio! El director de la Tabacalera paso la velada con ellos. Primero lamento lo de Cataluna porque entendia que el pueblo catalan tenia grandes virtudes. «Lastima que no se sientan nuestros hermanos.» Luego, algo oiria por la radio galena, pues la solto y, cosa inesperada en el, lanzo una terrible diatriba contra las Casas del Pueblo y, sobre todo, contra los sistemas revolucionarios que empleaban los mineros de Asturias. «Son autenticos salvajes», sentencio. Ignacio intervino con decision: «?Que facil es condenar! Cuando un minero sale del fondo de la tierra gritando, es que tiene razon; la tierra no engana».
Carmen Elgazu miro a su hijo con la intensidad que le era caracteristica cuando alguien de los suyos desenfocaba alguna verdad que ella juzgaba fundamental.
– No seas descarado, hijo. Don Emilio tiene mucha razon hablando de los mineros como habla. En Bilbao los llaman «dinamiteros», por algo sera. ?Que sabes lo que han hecho? Yo lo que puedo decirte es que los se capaces de todo. ?Sobre todo de matar curas! Esto que no falte. ?Que te crees tu que la tierra no engana! La tierra engana muchas veces, lo que no engana es la Ley de Dios. Escucha la radio. ?Cuantas desgracias! A las madres ya nadie les devuelve los hijos. Lo que les haria falta a los mineros seria que mucha gente rezara por ellos y no esos gobiernos que les prometen lo que no les pueden dar. ?No es facil condenar, ya lo sabemos! Pero si todo el mundo escuchara a la Iglesia, no habria revoluciones. Ahora, ya lo ves. Las carceles llenas, muchas lagrimas, terreno abonado para el pecado. A veces me da miedo oirte, Ignacio. Algo hay en tu voz que no marcha como es debido.
Las ordenes que habian para la jornada del lunes eran tajantes: todo el mundo al trabajo, comercios abiertos, todo normal. Ignacio salio de su casa y se dirigio al Banco algo inquieto, pensando en el estado de animo en que hallaria a los empleados. Desde que llego de vacaciones no habian hecho mas que hablar de que pronto todo cambiaria, de que por fin los catalanes serian catalanes, de que tirarian el lastre al Onar, etc… En lo sucesivo, el, por culpa de su acento madrileno y porque de sobra conocian sus ideas, seria el blanco del odio y del resentimiento. Ignoraba si alguno de ellos se encontraba en la carcel. Tal vez Cosme Vila… Tambien penso: «?Menuda papeleta se le presenta al subdirector!»
Las calles estaban silenciosas. Todo el mundo esperaba noticias del resto de Espana. Nada mas empujar la puerta del Banco comprendio que su suposicion era fundada. El silencio era impresionante. Se oia el rasgueo de las plumillas, la escoba del botones barriendo, el choque de los duros que el pagador iba amontonando, colilla en los labios.
Ignacio tomo asiento sin decir nada, y echo una ojeada. Alla estaban todos. No faltaba uno solo, ni siquiera Cosme Vila… Ninguno de ellos se habia jugado el pellejo. Todos formaban parte de esa masa amorfa que solo es capaz de matar a los muertos. Todos se habrian encerrado en su casa cuando la ciudad quedo a oscuras y se oyeron los tambores.
El subdirector estaba serio; disimulaba su satisfaccion. En el fondo, debia de considerar que habia sido demasiado facil. Sin embargo, el local de la CEDA estaba destruido, sus carpetas fueron a parar al rio. Pero tiempo habria de recuperarlo todo: en los partidos catalanistas no faltaban muebles.
Sin hablarse, todo el mundo estaba pendiente de una cosa: de la llegada del periodico de Barcelona. El botones salio con el encargo de comprar una
Veinte cabezas rodearon el periodico. Las noticias eran precisas: las carceles de Cataluna llenas, docenas de muertos. Los mineros de Asturias continuaban duenos de la region, unos heroes… Si en las demas regiones les hubieran secundado, en aquellos momentos el socialismo estaria implantado en toda Espana.
El subdirector llamo a Ignacio. Se habia pasado la noche oyendo emisoras de onda corta. Le dijo que no se hiciera demasiadas ilusiones sobre el heroismo de los mineros, que lo que hacian era cometer atrocidades sin cuento. Habian asaltado la fabrica de armas de Trubia y con el material requisado en ella arrasaban cuanto hallaban a su paso. En Oviedo, el edificio de la Universidad ardia por los cuatro costados, con su biblioteca de 300.000 volumenes, y sacerdotes y monarquicos y mujeres aparecian por las cunetas con los miembros destrozados.
Ignacio se resistia a creer. ?Quien podia saber lo que ocurria en Asturias? Las radios dirian lo que les viniera en gana. Los mineros eran gente que habia oido la voz de la tierra. Naturalmente, defenderian su bandera contra todo aquel que se opusiera a su avance. Pero… en el fondo esto era la ley, y tambien en Barcelona los militares habian disparado sin piedad.
– Si crees que esto es la ley, entonces no hay mas que hablar, chico.
La Torre de Babel iba diciendo:
– Otra vez los militares…
?Asaltada la fabrica de armas de Trubia! Ignacio penso en su tio, encargado en ella desde principios de ano.
?Extrana actitud la del director! No mostraba ninguna curiosidad. Continuaba papeleando como si tal cosa. Nadie sabia lo que pensaba. El cajero temia que a su hijo adoptivo le quitaran la beca de Bellas Artes, pues su cunado Joaquin Santalo estaba detenido. Ignacio se equivoco en lo del odio. Nadie le miro de forma especial. La nota dominante era el descorazonamiento. La derrota los habia abrumado a todos; hubierase dicho que un autentico cataclismo habia destruido la vida de los quince empleados.
A la una en punto salieron; todo el mundo se disperso. El anterior Ayuntamiento habia sido repuesto con todos los honores. Soldados en cada esquina. Pilar podia continuar admirando apuestos oficiales.
Cesar habia ido al Museo; ninguna visita. Las sirvientas de mosen Alberto le habian preguntado: «?Cree usted, Cesar, que los fusilaran?» Carmen Elgazu conto que en la pescaderia no pudo comprar nada; nadie habia salido al mar.
Matias habia trabajado infatigablemente en Telegrafos. Familias que se interesaban por el mutuo paradero, telegramas de pesame, ordenes recibidas de Madrid a Capitania General de la Region. ?Por fin habia podido comunicar con Bilbao! En Bilbao todos bien: la abuela escribiria una larga carta; en San Sebastian, sin novedad.
