Solo faltaban noticias de Trubia.

– ?Y de Burgos? -pregunto Ignacio.

Matias bajo la cabeza.

– Tu tio esta en la carcel.

Ignacio, por primera vez, penso en serio en la posibilidad de perder para siempre a David y Olga. Quedo con la cuchara en alto, sin poder comer. Se dijo que, si los condenaban a muerte, de seguro harian lo que sus padres: se suicidarian antes que se ejecutara la sentencia. La idea de los maestros desangrandose, abrazados, en una celda humeda y oscura tras el Seminario, consiguio quebrar la suerte de frialdad con que asistia a todo aquello.

Inesperadamente llamo a la puerta, sofocadisima, dona Amparo. Los brazaletes le tintineaban en forma alocada. Se habia presentado en el Gobierno Militar a protestar contra la detencion de Julio y un alferez chulo la habia echado escalera abajo. «?Que ha hecho Julio? Comisaria era su sitio. ?Que prueben a tocarle un pelo y va a salirles caro!»

CAPITULO XXVIII

En el interior de la carcel el espectaculo era deprimente. La capacidad del edificio era de sesenta reclusos. Los doscientos hombres habian invadido celdas y pasillos, mezclandose con los delincuentes comunes, que los recibieron con vivas muestras de satisfaccion. No habia camastros para todos; la mayoria se hallaban tendidos por el suelo. Hasta el momento todos estaban incomunicados con el exterior; prohibido recibir una sola linea o paquete. En el patio, en tres enormes cacerolas hervia un liquido negro dos veces al dia.

Los hermanos Costa eran los amos de la situacion. Conservaban su buen humor, e intentaban elevar la moral de unos y otros. A ratos lo conseguian. «?Pobres hornos de cal, pobres canteras!» Ambos, vestidos de azul marino, esperaban con ansia el momento de poder afeitarse. En seguida habian organizado una lista de los mas necesitados, de los que no podrian esperar ninguna ayuda ni comida de fuera y les dijeron: «No os preocupeis, corre de nuestra cuenta». Comentando la situacion decian: «?Que le vamos a hacer, en Barcelona fallo! Otra vez sera». Confiaba en que su hermana, Laura, «por ser tan religiosa, podria salvar algo del naufragio».

Habia detenidos de todas clases, de todos los oficios. Gente desconocida: el repartidor del cafe Debray, el herrero de un pueblo vecino… Varios tenores del orfeon local, un empleado de la Cruz Roja. Ningun anarquista. Comunista, solo Murillo, con sus bigotes de foca y una gabardina sucia. De la calle de la Barca habia cinco hombres, ninguno de los cuales era catalan. Cuando los hermanos Costa los interrogaron respondieron: «Cataluna nos dio pan, pues aqui estamos».

Sin saber por que, con frecuencia todas las miradas se dirigian a Julio Garcia. Todos parecian esperar que Julio sabria algo mas que ellos, algo sobre la suerte que les esperaba. Julio conservaba una calma admirable, dando lentas vueltas por el patio. Hablaba poco, a veces se le hubiera tomado por mudo. Pasaba el tiempo mirandose el reloj, masticando su boquilla. Cuando alguien se dirigia a el, levantaba los hombros. «Ellos son los amos.»

Olga habia sido destinada al otro lado del edificio, con otras mujeres recluidas por delitos comunes: tres gitanas y una prostituta que gritaba: «?Quiero vino, quiero vino!», y que se tocaba el vientre como aquella loca del Manicomio. De modo que David habia quedado como cercenado por la mitad. Y se habia convertido en el unico confidente de Julio. En cambio, los hermanos Costa le parecian algo fanfarrones.

David no podia mirar su reloj, porque se lo habia prestado a Olga. No fumaba, en los muros no veia nada interesante. Su unica distraccion era tocarse los dientes. Los dientes y mirarse las venas de las munecas. Las contemplaba sin cesar, abultadas, dando de pronto fantasticas sacudidas. Era el camino azul de la sangre; ?que misterio! Sangre tambien partida por la mitad, puesto que no sabia nada de Olga. Cada vez que una vena le saltaba, David temia que le hubiera ocurrido algo a su mujer.

Todo el mundo disimulaba por los pasillos, por los rincones. En dos dias, las barbas habian crecido increiblemente. Los cuatro ejemplares de La Hoja del Lunes fueron devorados. ?Los mineros estaban tan lejos! Traidor el Comisario de Defensa de la Generalidad… Honor a los muertos de Barcelona. ?El caballo blanco! Aquella era la obsesion. El caballo blanco del comandante les daba miedo. La muerte de un jefe bien valdria doscientas miserables vidas separatistas.

El diputado Joaquin Santalo, cunado del cajero del Banco Arus, se llevaba las manos al cuello… porque quien habia disparado habia sido el. Por el ojo de la cerradura fue el visor. Comprendio que la linea era recta, recta al corazon del Comandante. Sustituyo el ojo por el canon de la pistola. Julio le dijo: «?Que haces?» El ya habia apretado el gatillo. Inmediatamente oyeron los aullidos de los oficiales, los cascos del caballo blanco. Entre ciento noventa y nueve, ?no habria uno solo que llevara en el pecho la palabra DELATOR? No sabia por que, pero David le daba miedo…

Julio le dijo al maestro:

– Me pregunto que estara haciendo mi mujer…

David contesto:

– Y yo me pregunto que estara haciendo la mia…

La mayor parte de los detenidos no se quitaban un nombre de la cabeza: «La Voz de Alerta». ?Que escalofrio pensar en el…! El empleado de la Cruz Roja dijo: «Si alguno se salva, sera por don Pedro Oriol». Los reos comunes -ladrones de gallinas, de bicicletas-, comentaban entre si: «?Siempre los hay peores!» Y jugaban a las cartas. Uno de ellos era gitano y se ofrecia para decir la buenaventura. Eran los unicos que conocian la casa, como hacer funcionar el retrete, donde se hallaba un poco de agua, cuando oscurecia completamente. Uno de los guardias pregunto: «?Quien sabe tocar silencio y diana?» Nadie. Silencio. Cada uno pensaba: «Mi pecho sera diana dentro de poco».

El guardia no hizo caso. Guardia Civil con tricornio flamante. El gitano se ofrecio para tocar diana. Uno de los reos comunes trajo la ultima noticia: «?Je, han nombrado un cura para confesaros, el tio ese de los Museos de no se que!» Y del brazo de otro ladron de gallinas recorrio los pasillos gritando: «?Quien quiere confesarse, quien quiere confesarse? A perra gorda el amen, a perra gorda el amen».

El Tradicionalista dio la noticia. A las 12 y a las 6, en la puerta de la carcel, tres guardianes irian recogiendo los cestos que las familias depositaran. Se admitiria comida, sin restriccion, y tabaco. Nada de libros ni periodicos.

El anuncio produjo gran conmocion. Las familias, repentinamente ganadas de esperanza, prepararon los cestos, escribieron en una etiqueta el nombre del ausente.

?Que hacer con los desahuciados?

Quedaban varios reclusos sin proteccion, que no se habian inscrito en la lista, abierta por los hermanos Costa, por razones personales o por susceptibilidad. Entre ellos Murillo, David y Olga, dos de los cinco hombres de la calle de la Barca. Estos dos ultimos no pertenecian a Izquierda Republicana y no aceptaron nada de los Costa. En vano se les dijo que la carcel iguala a todo el mundo; ellos opinaban que no.

Cesar, que queria hacer algo util -habia asistido al entierro del taxista- entro en tromba en el taller Bernat y propuso a sus companeros de trabajo ocuparse entre todos del decorador. «Estoy seguro de que aceptara que los del taller le ayudemos.»

Quedo perplejo viendo la indiferencia con que su propuesta era acogida. «Yo no me meto en lios», dijo uno. «Yo ya le adverti que hacia una tonteria.» Todos parecieron impenetrables moldes de yeso. El unico que reacciono fue el propio Bernat, el dueno, quien bajo su cachaza estaba resultando ser un hombre sensible.

Cesar le dijo:

– Pedire a mi madre que haga la comida, usted paga la mitad, en mi casa la otra mitad. Yo me encargo de subirle el cesto.

Bernat se rasco la cabeza.

– ?Crees que en tu casa aceptaran?

– ?Por que no?

En la calle de la Barca le ocurrio algo parecido. Dos detenidos del barrio habian rehusado la ayuda de los Costa… ?Que hacer? Era preciso buscar un arreglo entre los propios vecinos. ?Valgame Dios! La misma historia. Los vecinos le dijeron: «A lo mejor hacen listas de los que lleven los cestos… ?Por que se metieron en el bollo, no

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