– Ya voy, mama… Ya estoy aqui.
Pablito llego junto a la cama. Y, pese a la penumbra, consiguio ver a su madre, tapada hasta el cuello. ?Que hermosa le parecio! Los ojos le brillaban, debido a la fiebre, y los labios, un poco resecos, tenian una tristeza especial. Su madre estaba palida, pero bien peinada. No llevaba pendientes y olia a agua de colonia; sin duda acababa tambien de friccionarse. Las manos le asomaban por el embozo de la sabana. Manos blancas, de asombrosa virginidad.
– Pero ?ocurre algo, hijo? No te asustes… ?Estoy segura de que recibiremos buenas noticias!
Pablito no acerto a contestar. Sintio en el corazon que amaba tanto a aquella mujer que le habia dado la vida, que inesperadamente se le echo al cuello.
– ?Cuidado, hijo, que llevo puesto el termometro! Daba igual… ?Que se partieran por la mitad todos los termometros del mundo, puesto que ninguno podria dar la medida de la fiebre de amor que se habia apoderado de Pablito en aquella tarde de febrero!
– Te quiero, mama… Te quiero muchisimo…
– ?Hijo…!
– Te quiero, mama… Y estas guapisima… Si, guapisima…
Maria del Mar pasaba alternativamente del asombro a la ternura. Con su mano derecha acariciaba la juvenil cabellera de su hijo, el cual iba hundiendo poco a poco la cabeza en el pecho materno.
– Pablito, hijo… ?Que te ocurre? ?Estas asustado!
– No, no estoy asustado… Pero te quiero… Y papa esta fuera…
Maria del Mar se declaro vencida, comprendio. Y sonrio y lloro de felicidad, pese a la zozobra que la embargaba y a que la cabeza le daba vueltas.
– Tranquilizate, carino… Tu padre volvera pronto… -Pablito sollozaba-. Acuerdate de cuando la guerra… Siempre volvia… Siempre volvio.
La escena se prolongo por espacio de cinco minutos, que parecieron tambien una eternidad. Hasta que Pablito reacciono. Hasta que el muchacho se dio cuenta de que apenas si le permitia a su madre respirar… Se incorporo.
– Perdona, mama… No se lo que me ha pasado…
– ?Perdonarte yo? ?Llevaba meses sin sentir una alegria tan grande…!
Pablito se sento en el borde de la cama. Se paso por los ojos el dorso de la mano. Saco un panuelo y se sono. Hubierase dicho que iba a sonreir, pues tambien una inmensa dulzura habia invadido su pecho, absolutamente independiente del drama de Santander.
Pero en aquel momento tuvo plena conciencia de que la cama en que estaba sentado era el lecho conyugal. Entonces oscuras imagenes cruzaron su mente; aquellas imagenes que el doctor Andujar denominaba 'relampagos de intimidad'. No era la primera vez que ello le ocurria. Y habitualmente habia reaccionado mal, casi con hostilidad con respecto a su padre. Pero en esta ocasion todo era distinto. Dios sabia por que. Todo le parecio… normal. Con la logica de las estrellas que a la noche aparecian en el cielo; con la misteriosa logica de la naturaleza, logica necesaria para que el estuviera alli y Cristina anduviera cerca haciendo diabluras.
Tal vez notara, en lo mas hondo, un poco de celos…; nada mas. Pero su madre, que ahora le estrechaba con amor la mano izquierda, se convirtio para el en la imagen perfecta de la pureza…
– De veras, mama… Perdoname… Que crio soy todavia, ?verdad?
– Al contrario, hijo… Es hermoso que los hombres lloren. Tu padre, ?sabes?, tambien llora de vez en cuando…
'Todos bien. Alegria inmensa. Abrazos'. Este telegrama, puesto por Miguel Rossello, contribuyo a acelerar la recuperacion de Maria del Mar, quien, pese a todo, tuvo que pasarse unos dias sin salir de casa.
En esos dias fueron tantas las pruebas de afecto que recibio, que se sintio abrumada. Todo el mundo queria saber si el incendio habia afectado directamente a su familia o a la del Gobernador y como andaba ella de su gripe. 'Bien, bien. En medio de todo, hemos tenido mucha suerte. Juan Antonio me ha llamado ya dos veces por telefono, desde Torrelavega. Aquello ha sido pavoroso, pero nuestras familias estan a salvo. Y yo me siento ya mucho mejor'.
Sus amigas -Esther, dona Cecilia, la viuda de Oriol y Carlota, la cual habia entrado en aquella casa por la puerta grande- acudian a menudo a hacerle compania a Maria del Mar, mientras Mateo habia dispuesto, a traves de Amanecer, la consabida suscripcion pro damnificados de Santander, suscripcion a la que contribuyo toda la poblacion, sin excluir al consul ingles, mister Edward Collins. Las listas de los donantes iban saliendo en el periodico y naturalmente las cifras variaban mucho. El Banco de Espana contribuyo con cinco mil pesetas; la gente modesta, con una peseta o con dos.
Las tertulias de Maria del Mar con sus amigas resultaron muy agradables.
– ?Sabeis que casi me apetecia que Juan Antonio se fuera unos dias por ahi? Necesitaba pensar un poco… De vez en cuando resulta agradable quedarse sola, ?no creeis?
Era raro que Maria del Mar hablara asi, pues siempre se quejaba de que su marido tenia que estar viajando. Pero en esta ocasion se lo tomo por el lado bueno. Y es que, realmente, necesitaba reflexionar. Desde la escena con Pablito habia decidido poner mejor voluntad aun en aceptar la vocacion politica del Gobernador. Cuando este regresara… procuraria interesarse mas por sus problemas.
Sus amigas la animaron a ello.
– Claro que si, mujer. Los hombres lo necesitan.
Esther dijo:
– Tambien yo a veces he de aguantar largos discursos de Manolo sobre el articulo tal del codigo cual.
Maria del Mar iba recuperandose -la ausencia del Gobernador iba a durar una semana- y la mujer se daba cuenta de que esos desahogos con sus amigas, en la sala de estar del caseron del Gobierno Civil, en cuya chimenea los lenos ardian, le hacian mucho bien.
Dona Cecilia, por ejemplo, tenia la santa virtud de ponerlas a todas de buen humor, especialmente porque al aludir a las cuestiones internacionales y a la guerra se armaba unos lios con los nombres que era para reirse. '?Como se llama ese general chino que odia tanto a los japoneses?'. 'Chiang Kai-Shek', le informaba Carlota. '?Ay, hija! Con ese nombre no se puede ganar, ?verdad?'.
Hablaban de todo un poco: de los maridos, de los hijos, de los curas, de las chachas… y del doctor Chaos. Si, nombraban a menudo al doctor Chaos, sobre todo porque Solita, su experta enfermera, habia ido a poner unas inyecciones a Maria del Mar y esta se habia dado cuenta de que Solita bebia los vientos por el doctor.
– Seria gracioso que tuvieramos un idilio en puertas, ?no os parece? A veces, esos hombres, cuando llegan a cierta edad…
– Pero… -preguntaba Esther-. ?En serio crees que Solita se ha enamorado?
– ?Toma! Tan seguro como que Manolo y tu fumais tabaco rubio…
– ?Ja! Esto es divertido.
Maria del Mar se percato muy pronto, con viva satisfaccion, de que no se producian jamas situaciones tensas, ni siquiera entre Carlota y Esther, eternas rivales en cuestiones de buen gusto y elegancia. Incluso cuando se ponian a comparar sus respectivos lugares de origen procuraban esforzarse en no chocar. Tal vez, al respecto, la mas beligerante, o la mas rigida, fuese Carlota. Esta, en efecto, les reprochaba a sus amigas que en el fondo se encontraran poco a gusto en Cataluna y las acusaba de no haberse tomado la molestia de conocerla bien.
– ?A que no habeis estado nunca en Poblet y Santes Creus? ?Ni habeis ido nunca al Valle de Aran? ?Lo veis? Asi no hay manera…
Esther, como siempre, se arrellanaba en el sillon, en actitud indolente.
– ?Es que te has recorrido tu toda Andalucia? ?Como? ?Que no has estado nunca…? ?Pues anda! Y me acusas a mi… que me case con un catalan.
– Pero ?si toda Espana es hermosa! -exclamaba dona Cecilia-. ?A que hacer distingos?
No eran distingos. Pero cada cual estaba orgullosa de lo suyo. Esther, por ejemplo, se pirraba por la crianza de reses bravas. 'Os encantaria visitar una ganaderia. Os lo aseguro'. Maria del Mar, que no soportaba los toros, excepcion hecha de los bisontes pintados en las cuevas de Altamira, se jactaba en cambio de la gran cantidad de coros y orfeones que habia en el Cantabrico. 'Desde Guipuzcoa hasta Asturias… ?hay que ver!'. Carlota simulaba escandalizarse. 'Pero, ?por Dios, como vamos a comparar! ?En Barcelona tenemos opera, el Liceo! Por cierto que esta temporada estan dando todo Wagner…' '?Y el flamenco? -preguntaba dona Cecilia, haciendo como que palmeaba-. ?Y ole!'. 'Eso, no -rechazaba con energia la viuda de Oriol-. El flamenco destroza los oidos'.
