Ignacio comprendia perfectamente la repugnancia que sintio Manolo en Auditoria de Guerra. Pero en el mundo de las finanzas era otro cantar. Ahi estaba entendido que valian los trucos y el esconder la mano izquierda. La moral no era una cuestion matematica. Tal vez cupiera replantearse la cuestion…
Manolo escucho a Ignacio con expresion impenetrable. Solo al final sus facciones se endurecieron. Tanto, que Ignacio de pronto oyo unas palabras severas:
– Por favor, Ignacio, callate… No me decepciones, te lo ruego.
Ignacio sintio que el pitillo que fumaba se le caia de los dedos. Se azoro lo indecible. Manolo vestia una de sus americanas deportivas, de cheviot, y jugueteaba con un clip, aunque sin llevarselo a la boca, como solia hacer Padrosa… La barbita romana de Manolo parecio temblar y se apodero del despacho como un aire de juicio sumarisimo.
– No me decepciones. Crei haberte convencido de que el prestigio era rentable…
La dignidad de Manolo era tal, que apenas si este tuvo necesidad de anadir nada mas. Ignacio se sintio repentinamente ridiculo. Ridiculo y culpable. Se habia precipitado. Habia hablado como un necio. Ahora le iba a ser dificil rectificar. Manolo continuaba mirandolo, jugando con el mas a su antojo que con el clip. La ambicion lo habia cegado por unos momentos… ?Dios, cuanto costaba forjarse la personalidad definitiva! ?O es que ese estadio supremo no se alcanzaba nunca?
Manolo vio a Ignacio tan abatido… que se disgusto de nuevo, aunque ahora por otro motivo.
– Te estoy leyendo por dentro… Y te comprendo menos todavia. Si te decidiste a plantearme el problema, ahora deberias defenderlo…
Ignacio estaba hundido. No sabia que decir.
– Soy un estupido. Realmente, lo que me gustaria es esfumarme.
Entonces Manolo se levanto, dio unas vueltas por el despacho, sin decir nada. Habia vivido demasiado para no hacerse cargo de las causas que impulsaron a Ignacio a hablar de aquel modo. La sombra de don Rosendo Sarro, la incertidumbre… Alguna vez le habia ocurrido a el algo semejante cuando empezo a acompanar a Esther. Esther le hablaba de montar a caballo por los prados ingleses y el no era mas que el hijo de un acreditado abogado de Barcelona. Se hizo socio del Club de Golf… Hubiera dado cualquier cosa para poderle regalar a Esther un pura sangre o para ganar el Derby…
Se detuvo delante de Ignacio. Este habia encendido otro pitillo y estaba presto para el sermon. Algo vio en Manolo que le permitio intentar sonreir, aunque no pudo hacerlo. Por fin dijo:
– Listo para sentencia…
Manolo se acaricio la barbita con aire ironico, lo que en el era buena senal.
– Escucha lo que voy a decirte, Ignacio… Mide tus fuerzas. Mide tu egoismo… Sientate ante las obras de Freud y medita. ?Pero hazlo pronto! Decide en tu interior tu escala de valores… Decide si el dinero ha de ser para ti un medio… o un fin.
Ignacio asintio:
– Comprendo.
– Si aceptas que el dinero ha de ser solo un medio, y que el prestigio es rentable… obra en consecuencia. De mi puedo decirte que estoy convencido. Mejor aun, tengo pruebas de ello: manana la fabrica Soler, de mil y pico de obreros, como tu sabes, me nombra asesor oficial… -Manolo abrio los brazos y lanzo el clip al aire-. Si el expediente te parece de poca monta, ?que le vamos a hacer!
Fue una leccion suprema para Ignacio. El muchacho se emociono. Se levanto y estuvo a punto de acercarse a Manolo y abrazarlo efusivamente. Pero no tenia derecho a hacerlo: tanta habia sido su torpeza…
Ignacio hubiera deseado prolongar un poco mas la escena, tener tiempo para congraciarse con Manolo. 'Manolo, escuchame un momento. A veces ocurre que…' Manolo lo interrumpio con cierta brusquedad. Pretexto que Esther le estaba esperando… y empezo a andar hacia la puerta. Menos mal que Ignacio conocia a su jefe y que comprendio que este le echaba ya a la cosa un poco de teatro.
– ?Bien! Hasta manana, Manolo…
– Hasta manana, Ignacio… Si es que no prefieres pasarte a la Agencia Gerunda, con la Torre de Babel…
Ignacio bajo la escalera convencido de que no olvidaria nunca aquella escena.
En la calle respiro hondo. Subio a su casa con el animo tranquilo. Encontro a su padre jugando al parchis con Eloy. Este al verlo, grito:
– ?Jugamos los tres? Dos es muy aburrido…
Carmen Elgazu, desde la cocina, grito:
– ?Esperadme! Hoy no voy a casa de Pilar… Vamos a jugar los cuatro.
Carmen Elgazu eligio las fichas amarillas. Y, como siempre, gano.
La Semana Santa no tardo en llegar. En ese ano no se representaria la Pasion en el Teatro Municipal, adaptada por Agustin Lago. Ni Gracia Andujar haria de Virgen Maria, ni el padre Forteza doblarla, con peluca, a Jesus. Pero la procesion empezaria ya a tener la prestancia de antano: formarian en ella tres cofradias, encabezadas por la de la Purisima Sangre, y se estrenarian tres pasos cuyas imagenes habian sido esculpidas, por desgracia, en los talleres de Olot. De modo que a las diez de la noche, como era tradicional, centenares de antorchas volverian a iluminar espectralmente las callejuelas de la ciudad, rememorando la muerte del Golgota… La seriedad seria extrema… Nadie se emborracharia, como en Sevilla, y nadie tampoco cantaria saetas… En los balcones, respeto y mudez. Lo mismo en el de la Andaluza y sus pupilas, que en el del Ayuntamiento, donde se habian citado, para presenciar el espectaculo, Maria del Mar, dona Cecilia, Carlota y Pilar.
Ignacio no pudo identificarse ni por un momento con el dolor de la Semana Santa. Porque Ana Maria, fiel a su promesa, llego a Gerona el miercoles por la noche, acompanada de Charo… Ignacio espero a las mujeres en la estacion, en compania de Gaspar Ley, quien en los minutos en que estuvieron juntos aguardando trato al muchacho con cortesia, pero con aire un poco distante. ?A Ignacio no le importo! Nada le importaba ya, a excepcion de la consideracion de Manolo y del amor de Ana Maria.
?Que bien estuvo Charo desde el primer momento! Le tapo la boca a su ambicioso y adulon marido, Gaspar Ley. En cuanto vio que Ana Maria e Ignacio se abrazaban en el anden puso cara complacida y esbozo en guasa una bendicion, a la que los muchachos correspondieron con una sonrisa de gratitud.
– ?Gerona! -exclamo Ana Maria, instantes despues, al abandonar la lugubre estacion-. ?La insoportable ciudad! -La muchacha echo un vistazo y anadio-: ?Pero… si teneis hasta taxis!
Habia, en efecto, una fila de taxis esperando. Gaspar Ley, que oia extranos silbidos en su aparato para la sordera, haciendose cargo del equipaje de Charo dijo:
– Si, vamos a tomar uno.
Al subir al coche, Ana Maria reprendio a Ignacio, recordando el dia en que lo acompano a casa de Ezequiel:
– Es la segunda vez que has olvidado decirle al chofer que pusiera ahi detras un ramo de flores blancas…
La estancia de Ana Maria en Gerona habia de ser un exito. La muchacha se comporto con tal soltura y dio muestras de un gozo tan hondo, que a Ignacio se le disiparon por ensalmo todos los recelos.
Fueron dos dias felices, que transcurrieron en un abrir y cerrar de ojos y en completa discordancia con el dolor de la ciudad. Solo de tarde en tarde, al pasar frente al Hospital, o al ver a un nino raquitico, o a un perro vagabundo, Ana Maria e Ignacio pensaban: 'Cristo ha muerto'. En las horas restantes Gerona era ya Resurreccion.
Lo mas extraordinario fue que se olvidaron de si mismos. Los dos muchachos, sabiendose independientes en Gerona, sin la proximidad de los padres de Ana Maria, saboreaban una anticipada luna de miel. Pero una luna de miel tan alejada de la carne, que les dio por desear que los demas compartieran su felicidad. ?Quienes eran los demas? El mundo entero. Por supuesto, Charo, que habia sido su angel tutelar; pero tambien Gaspar Ley, que andaba a rastras, el pobre, visitando 'monumentos'; y el senor obispo, que presidia todas las ceremonias; y 'El Nino de Jaen', al que encontraban en todas partes; y Cacerola, que andaba loco buscando un capuchon; y Manuel Alvear, el primo de Ignacio, que no paraba un minuto cumpliendo incesantes encargos de mosen Alberto, y que fue la unica persona de la familia a la que Ignacio presento a Ana Maria.
– Manuel, te presento a mi novia, Ana Maria…
Manuel se azoro mucho y balbuceo:
– Tanto gusto, senora…
?Senora! ?Ja, ja! Por Dios, no reirse, que Cristo habia muerto… Todo salio a pedir de boca. La escalera de la
