Rambla a Ana Maria no le parecio sombria en absoluto. Todo lo contrario. Solo al pensar que por alli subia el cartero para entregar sus cartas a la madre de Ignacio, la emociono de tal forma que la muchacha se quedo plantada en medio de la calzada y dijo:

– ?Sabes que la casa de Malaga, en que naciste, se parece mucho a esta?

?Como miro al balcon, cubierto con un crespon negro! ?Como espio por si a traves de los entreabiertos postigos vislumbraba el rostro de Carmen Elgazu o de Matias Alvear! Ignacio le advirtio, apretandole el antebrazo:

– No, a esta hora, no. Deben de estar en el comedor… En el comedor…

?Por que no podia ella subir y abrazarlos a los dos y decirles: 'Teneis otra hija'? ?Y por que no podia hacer lo propio con Pilar y con Mateo, subir a su casa y decirles: 'Teneis otra hermana'?

– No es posible aun, Ana Maria. Comprendelo. Pero me las arreglare para que puedas verlos a todos, por lo menos de lejos.

Asi fue. El muchacho se entero de la hora exacta en que sus padres visitarian la parroquia del Mercadal, iniciando su tradicional recorrido para ganar la indulgencia plenaria. Y alla condujo a Ana Maria, hasta la esquina, a esperar.

Cuando se acercaron los padres de Ignacio, a los que la muchacha solo conocia por un par de borrosas fotografias, Ana Maria los reconocio en el acto. Fue una corazonada. Carmen Elgazu tenia sin discusion 'porte de reina'. Lejos aun de la iglesia, andaba ya componiendose la mantilla… Matias llevaba el sombrero en la mano y se golpeaba con el, ligeramente, la pierna derecha…

Uno y otro iban a pasar tan cerca, que Ana Maria retrocedio sin darse cuenta.

– Asi, que son ellos…

– Si…

La muchacha se emociono sobremanera. 'Tus padres…', murmuro. Y apreto fuerte, muy fuerte, la mano de Ignacio. Eran dos senores. Eran mucho mas que eso: un hombre y una mujer como Dios mandaba.

El paso de Carmen Elgazu y de Matias duro unos segundos tan solo. Pronto penetraron en el vestibulo de la iglesia y desaparecieron en el interior. Alla dentro seria ya imposible localizarlos. El templo estaba abarrotado. Por lo demas, ?a que insistir?

– Te pareces mucho a tu padre. ?Muchisimo! Y cuando los examenes en Barcelona, con una revista que compraste, te pegabas en la pierna como el con el sombrero…

– Me alegra oirte decir eso… Me alegra de veras.

Ana Maria consiguio tambien ver a Mateo y a Pilar. Ignacio se entero de que estarian presentes en la Catedral, en el Sermon de las Siete Palabras. Y alla se fueron. Los vieron sentados en los primeros bancos, reservados para las autoridades. Mateo vestia el uniforme de gala de Falange y Pilar, toda de negro, se habia colocado en la cabeza la peineta y la mantilla, detalle que choco a Ignacio.

Ana Maria se emociono tambien mucho al verlos. Sin querer, los ojos se le fueron tras Mateo. 'Tiene buena facha', dijo. Y era verdad. Pilar… cuando se levantaba parecia sostenerse con cierta dificultad. No estaba desfigurada. Un poco mofletuda y con los labios abultados.

– La pobre, claro… Estara completamente mareada…

– No creo -dijo Ignacio-. Hasta ahora lo pasa muy bien.

Una pregunta asomaba de continuo a los labios de Ana Maria… pero no pasaba de alli. ?Donde estaba Marta? Era su obsesion desde que se convino en que haria el viaje a Gerona: conocer a Marta, ver a la chica que durante anos habia ocupado el corazon de Ignacio.

Pero no se decidia, entre otras razones porque estaba con- vencida de que se encontrarian con ella -?Gerona era tan pe quena!- y que el propio Ignacio le diria: 'Aquella es…'

No se equivoco. En la manana del Jueves Santo vieron pasar a unos cien metros unas chicas de la Seccion Femenina que se dirigian en formacion hacia la Cruz de los Caidos que habia precisamente frente a Telegrafos. Delante iba Marta, Ana Maria miro de tal modo a las chicas y sobre todo a la que las capitaneaba, que a Ignacio no le cupo mas remedio que decir:

– Si quieres conocer a Marta… alli esta.

Ana Maria la miro… y se le encogio el espiritu. Una mezcla de sentimientos. Celos retrospectivos, sensacion de victoria, un poco de piedad. Marta le parecio distinguida, pero fisicamente un poco aseptica. Carente de expresividad.

– Esta muy delgada…

– Si…

Fue como una decepcion. Ana Maria casi hubiera deseado una rival mas peligrosa. Por fin la piedad se impuso y la muchacha miro a Ignacio con los ojos humedos.

– Ya no queda nada, ?verdad? -le pregunto, innecesariamente.

– Nada absolutamente… Parece imposible, pero es asi. ?Bueno, Ignacio se habia aprendido correctamente la leccion! Fue el mejor guia de la Gerona historica que un forastero, que un turista, podia apetecer. 'El recinto romano de la ciudad tenia forma triangular… Los vertices los senalaban la torre Gironella, un angulo de la plazoleta de San Felix y por ultimo la calle de las Ballesterias…' 'Ahi tienes la Catedral… En el siglo X era una iglesia primitiva. Pero habia en ella tantas goteras, que el cabildo se dolia de que era imposible oficiar en los dias de lluvia o de temporal. Entonces el obispo Pedro Roger proyecto levantar un nuevo templo y…' 'Ese campanario de San Felix es el mas bello de los campanarios de Cataluna… En Barcelona no teneis ninguno que se le pueda comparar. La primera piedra la puso, en 1368, el obispo Inigo de Valterra… y dirigio las obras el maestro frances Pedro Zacoma…' 'Vamos ahora a San Pedro de Galligans… La portada de la iglesia es una joya del siglo XI, como tambien la nave central… Te encantara… estoy seguro. A mi San Pedro de Galligans me gusta muchisimo…'

Ana Maria, que para pasar aquellos dos dias se habia llevado tres trajes, sonreia por dentro viendo los esfuerzos de Ignacio. No lo interrumpia, aunque no retenia ni una sola fecha ni conseguia descubrir el significado de las formas de ningun capitel. Tan solo, despues de visitar los Banos Arabes, le sugirio:

– ?Por que no me llevas a las murallas, para ver el valle de San Daniel?

Hacia frio. Fue una lastima. Y habia neblina en la ladera. El verde uberrimo de la primavera habia muerto. Sin embargo, era facil imaginar lo hermoso que aquello podia ser… Y se veia el meandro del Ter a lo lejos y la inmensa cupula arisca que formaban los desnudos arboles de la Dehesa.

Alli, acodados en los restos de un mirador, se dieron el unico beso de aquellas dos jornadas; a doscientos metros escasos de donde Paz y Pachin se juntaron freneticamente, por primera vez, sobre la hierba.

Mas tarde, al visitar las avenidas de la Dehesa, en la que no habia nadie, gozaron tanto pisoteando hojas, persiguiendose entre los troncos, perdiendose por la parte norte de la Piscina donde alguien, tal vez Rufina, la medio bruja de los traperos, habia encendido una pequena hoguera que olia como si fuera incienso, que no se acordaron de que los labios estaban hechos para unirse. Se abrazaron, eso si. Con toda la fuerza de un bosque. Con toda la fuerza de un amor contenido normalmente por la distancia.

Ana Maria solo veia a Charo y a Gaspar Ley a la hora de las comidas, en el mismo hotel en que se hospedaba Mr. Edward Collins, el consul ingles.

Charo le preguntaba:

– ?Que tal, Ana Maria?

– ?Hace falta que te lo diga?

– No, estas rebosante…

– ?Quieres que te cuente quien fue Pedro Roger…? Un arquitecto frances que puso la primera piedra de los Banos Arabes…

– Pero ?que barbaridad estas diciendo!

– Te lo juro, Charo. Ignacio esta enteradisimo…

– ?Habeis ganado ya la indulgencia plenaria?

– Hemos ganado diez o doce…

En un momento dado, Ana Maria, viendo que su amiga no le preguntaba nada sobre Marta, le dijo:

– ?Sabes que he conocido a Marta?

– ?Ah!, ?si?

– La vi de lejos…

– ?Y que tal es?

– Muy distinguida…

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