Hasta que llego la hora de la procesion. Fue entonces cuando Ignacio no acerto a disimular por mas tiempo y les comunico a sus padres que Ana Maria estaba en Gerona.
– Manolo y Esther nos han invitado a ir a su casa, a su balcon. Haceos cargo…
Carmen Elgazu se tapo por un momento la boca con la punta de los dedos. ?Le habia dolido tanto lo de Marta! Pero era un hecho consumado y ahora se moria de ganas de conocer a Ana Maria.
Iba a decir algo, pero Matias se le anticipo.
– De acuerdo, hijo. Me parece muy bien.
Importante momento… Cuando Ana Maria entro en el piso de Manolo y Esther, Ignacio se dio cuenta de que aquel era sin duda alguna el ambiente de la muchacha. La manera como entrego el abrigo a la doncella que les abrio la puerta, indicaba que tenia el habito de hacerlo… ?Que naturalidad! Y lo mismo al saludar a Manolo - flamante asesor oficial de la fabrica Soler, de mil y pico de obreros- y a Esther, que se habia puesto, para la ocasion, un vestido negro infinitamente mas acertado que el que llevaba Pilar en el Sermon de las Siete Palabras.
– Conque Ana Maria, ?eh? Estas en tu casa, hija.
– Muchas gracias…
– ?Quieres tornar algo?
– Cafe-cafe, si es que lo hay…
El inevitable retraso de la procesion, que, pese a los esfuerzos de mosen Alberto, maestro de ceremonias, salio de la puerta de la Catedral a las diez y media, permitio a los cuatro sostener un largo dialogo. Ana Maria no parecio extasiarse en aquel piso. Unicamente pregunto de que siglo era una talla adquirida ultimamente por Esther, que representaba un San Sebastian traspasado por varias flechas.
Esther y Ana Maria hicieron tan buenas migas, que daba gusto verlas juntas y aun dejarlas aparte. En cierto modo, parecian hermanas. ?Si hasta llevaban casi identicos zapatos!
Cada vez que Manolo e Ignacio salian al balcon para ver si la cabeza de la procesion asomaba por la esquina de la calle de Ballesterias -'uno de los tres vertices del recinto romano'-, Esther y Ana Maria se disparaban hablando.
– ?Tenia unas ganas locas de conocerte!
– Y yo a ti…
– ?Te llaman siempre Ana Maria o Ana-Mari?
– Ana Maria…
– Un poco largo ?no?
– Tal vez…
Esther, en uno de esos cuchicheos, canto las alabanzas de Ignacio.
– Te felicito. De veras… Llegara donde quiera.
– ?Esta Manolo contento con el?
– ?Como! Lo quiere mas que a mi. No te digo mas…
Ana Maria le pregunto:
– ?Y Gerona, que tal…? ?De verdad esta esto tan soso?
– Un poco… Pero esa es otra cuestion.
– A lo mejor vengo yo y entre las dos lo animamos…
– ?Calla, en eso confio! Pero por lo que pueda ser, no tardes demasiado…
– Eso ya…
– ?Bah! Todo acaba por arreglarse.
– ?Que remedio, verdad?
Manolo las llamo.
– ?Esther, llama a los ninos, que ya viene!
– ?Quien viene, que…?
– ?Que…? ?La procesion!
– ?Oh, perdona! Estabamos en el limbo…
La doncella trajo a la parejita de la casa, a Jacinto y a Clara, y Ana Maria los izo uno tras otro y los beso, al igual que Ignacio, quien acostumbraba a bromear mucho con ellos. Jacinto y Clara por fin se escabulleron y salieron rapidamente al balcon.
Todos los imitaron y se acodaron comodamente en la barandilla. Ignacio miro el piso saliente del balcon y penso, como otras muchas veces: 'Pero ?como es posible que esto no se caiga?'.
El cortejo del Viernes Santo empezo a desfilar… Si, todo aquello era muy solemne. Las antorchas, los caballos, los capuchones… Al lado de mosen Alberto, y vestido de monaguillo, Manuel Alvear… En el balcon de la Constructora Gerundense, S. A., de la calle Plateria, los hermanos Costa, con traje oscuro, junto a sus esposas. A Manolo le sorprendio verlos alli. Habia supuesto que desfilarian tambien bajo los capuchones de la Cofradia de la Purisima Sangre.
Cristo habia muerto. Pero Ignacio y Ana Maria vivian. Vivian en aquel centrico balcon, que no se caia por milagro, enlazados por la cintura y diciendose:
– Simpatica Esther, ?verdad?
– Un encanto.
– ?Sabes en quien he pensado al ver la procesion?
– No se…
– En mosen Francisco…
– Mosen Francisco… ?Que hombre!
– ?Me quieres?
Ana Maria despidio chispitas por los ojos.
– En este momento deberia estar prohibido. Pero si.
Jacinto y Clara, agarrados a los barrotes, miraban como hipnotizados al gran Cristo que, merced a un esfuerzo increible, el doctor Andujar sostenia en lo alto, escoltado por Agustin Lago y por Mijares, que llevaban los cordones laterales.
Poco despues paso Jesus Yacente, joya de la iglesia de San Felix, dentro de la urna de cristal, con los soldados llevandolo en andas. Luego pasaron los penitentes con cadenas, con cruces… Penitentes anonimos, como los soldados. Cumpliendo probablemente promesas hechas durante la guerra.
Detras, las autoridades. El fajin del general era como un clavel en la noche. El Gobernador no se habia quitado las gafas negras. ?Por que? 'La Voz de Alerta' parecia un conde. El notario Noguer, un notario. Mateo, un centurion romano…
El obispo, doctor Gregorio Lascasas, avanzando con el baculo, parecia meditar hondamente, al tiempo que media el enlosado y la piedad y el grado de penitencia de la ciudad.
– Manana he de regresar a Barcelona… ?Que horror!
– Si, esto habra sido como un sueno.
No fue un sueno, fue una realidad.
Terminada la procesion, Ana Maria e Ignacio se despidieron de Manolo y Esther y de los chicos, y se lanzaron a la calle, mezclandose entre la multitud. Estuvieron andando hasta las tantas. Ana Maria iba mirandolo todo como quien se despide de algo muy querido. Los cofrades regresaban de la Catedral llevando en la mano el capuchon, que ahora parecia una prenda inutil.
Ana Maria se empeno en pasar por centesima vez delante de la casa de Ignacio y luego delante del Banco Arus, que estaba casi al lado del hotel. Delante del Banco se paro y pregunto:
– ?Cuantas veces barriste ese vestibulo?
– ?Huy! Y los dias de lluvia, tenia que llenarlo de aserrin…
– ?Te acuerdas mucho de aquella epoca?
– Mas de lo que te figuras… Aprendi mucho ahi dentro.
Ana Maria miro a Ignacio. Y al llegar a la puerta del hotel comento, al tiempo que le daba el beso de despedida:
– Una de las cosas que mas me gustan de ti es que empleas a menudo la palabra aprender…
