No llevare nunca sombrerito tiroles.

Fuera de Gerona, Adela y Ana Maria…

Lo de Adela era una llama.

– Te necesito, Ignacio. Ven, acercate, abrazame…

Adela mandaba a los chicos y a la criada fuera, a jugar a la playa o a que pasaran la tarde en Torre Valentina, y esperaba el autocar que trajera a Ignacio. Desde la ventana lo veia pararse en la carretera. La casita que le habia alquilado Marcos en Playa de Aro se erguia sobre un monticulo, disponia de salita trasera, hacia el bosque. Era muy dificil que alguien los sorprendiera. No habia vecinos. Y Marcos tenia guardia en Telegrafos, en Gerona, precisamente los sabados y los domingos.

Era una fusion erotica y nada mas. Nada mas por parte de Ignacio. Pero Adela le estaba tomando afecto al muchacho. 'Eso… engendra carino, ?sabes?'.

Adela era una experta en cuestiones de amor. Conocia el valor de un lunar pintado hoy aqui, manana alla. Y sabia adoptar posturas, previamente ensayadas en el espejo -como se decia que Hitler preparaba sus discursos-, que hubieran puesto nervioso al propio Cefe, pintor de desnudos.

– Pero ?donde has aprendido todo eso, guapa? -le preguntaba Ignacio-. No sera en el Kama-Sutra, ?verdad?

– El Kama-Sutra… ?Y eso que es?

– Quiero decir que no creo que tu marido sea precisamente un maestro…

– ?Ji, ji! Marcos… el pobre… ?Me vas a obligar a decirte… que he conocido otros hombres antes que tu?

Adela queria darle celos a Ignacio.

– No te obligare a nada, Adela… Anda, yo tambien te necesito. Ven, acercate…

Ignacio, antes de abandonar la casa, tenia que admirar el ultimo banador que Adela se habia comprado. Y subir a la azotea, donde ella se ofrecia al sol. Y luego el chico se tomaba una merienda fenomenal.

– Hay una cosa que me horroriza: pensar que algun dia puedo perderte…

– Pero, mujer… No me perderas nunca. ?No ves que estoy loco por ti? ?Te das cuenta de que expongo mi pellejo?

– Si, pero… ?y cuando te cases?

– ?Por favor, Adela! Eso esta muy lejos… Y ademas, ya veremos.

– Si, claro, ya veremos… Yo querria una seguridad, ?comprendes?

Por suerte, Adela sabia sonreir en el momento oportuno.

– Si, tienes razon, Ignacio. Hay que vivir el presente… ?Ay, bendita Playa de Aro! -Adela miraba hacia el mar-. ?Quieres otra tostada con mantequilla?

– Pues… si.

La despedida era siempre frenetica. 'Ahora, otra vez sola… Otra semana esperando el autocar'.

En San Feliu de Guixols, Ana Maria… Cambio de decoracion. Alli lo que importaba mayormente no era lo presente sino lo futuro.

Ignacio llegaba cada semana a San Feliu abochornado. Cada vez tenia que inventar excusas, pues nunca sabia la hora de llegada. A Ana Maria le hubiera gustado ir a esperarlo a la estacion. Precisamente aquel tren pequeno, asmatico, le hacia gracia. Pero Ignacio le decia: 'No te molestes. A lo mejor vengo con alguien en coche… No se a que hora terminare el trabajo. Comprendelo'.

Daba igual. Por fin se reunian y se iniciaba, hasta el domingo por la noche o hasta el lunes, aquel idilio profundo, sincero, que la anecdota de Adela y su lunar movil no conseguia romper.

San Feliu de Guixols estaba hermoso aquel verano. Las cicatrices de la guerra iban desapareciendo. Habian reparado y limpiado por completo el rompeolas y tambien, y a conciencia, el paseo del Mar. En el rompeolas circulaba siempre la brisa y desde la rotonda del faro se veia una gran extension de azul. Y el agua al rebotar contra las rocas de contencion arrancaban sonoridades misteriosas, que excitaban la imaginacion de Ignacio. '?Sabes, Ana Maria, que en el Manicomio hay un torrero que afirma que los peces se siembran?'.

– ?Como? ?Que curioso!

La imaginacion de Ignacio era el mejor antidoto para Ana Maria, tocada a veces de una logica excesiva. Ana Maria tenia una gran sensibilidad, pero le costaba inventar mundos. Los dibujos de Felix, el protegido de los hermanos Costa, la hubieran desconcertado. Estaba segura de que lo intocable no se podia ver. Mejor dicho, ella se sentia incapaz de ver lo intocable. En cambio, Ignacio le aseguraba que, pese a las teorias del doctor Chaos, el espiritu era mas verdad que el cuerpo, los deseos mas reales que la nariz y que en el interior de cada cosa habita un duende.

– Todo es subconsciente, ?comprendes, Ana Maria? Nos movemos por impulsos ignorados, como esa agua que viene de lejos. Por impulsos que no son nuestros, que no nos pertenecen. A ti, por ejemplo, te asusta el viento. Lo he notado; a mi, por el contrario, me gusta. ?Por que sera? Algun antepasado tuyo se veria envuelto en una galerna o en un huracan… A mi, como sabes, me dan asco los mariscos… Hay aqui algo oculto, remoto… Debes leer a Freud. ?Y preguntarle que son los suenos!

Por cierto, ?si te contara lo que sone anoche! Oh, si, todo tiene un significado, incluso esa voracidad que nos invade a veces al ver una tostada de pan untada con mantequilla…

San Feliu de Guixols estaba hermoso porque los pescadores, en los bancos del paseo del Mar, tomaban el sol y miraban el rizado del agua mas alla del puerto y la Punta de Garbi, intentando profetizar el tiempo que haria. Ignacio decia que los pescadores miraban raramente al cielo, o que solo lo hacian como orientacion, con un sentido funcional. Lo que les interesaba de veras era el mar. 'Los que miran al cielo son los campesinos, la tierra, la tierra escueta y parda, es terriblemente inexpresiva. Es mucho mas expresivo el mar'.

Una nota desagradable en el mar de San Feliu de Guixols: el balandro de don Rosendo Sarro. Se lo habian construido durante el invierno, de acuerdo con sus instrucciones. Alli estaba, como una bandera, como una admonicion. Blanco, con unas franjas encarnadas. Un poco como si fuera de la Cruz Roja… Se llamaba Victoria.

– ?Por que le pusisteis ese nombre? Debia llamarse Ana Maria…

– No, Ana Maria no le pega a un balandro. Aunque Victoria tampoco me gusta. No se…

– Yo si lo se… -decia Ignacio-. Tu padre le puso un nombre autobiografico.

Ana Maria se reia. '_ Aquel verano habia mucha mas gente que el anterior. Amistades de Ana Maria y de los padres de esta. Ignacio fue presentado a ellas. Todavia Ana Maria no se atrevia a decir: 'Mi novio…', o 'mi prometido…' Decia: 'Os presento a un amigo… Ignacio Alvear'.

El nombre gustaba a las amigas de Ana Maria. Y les parecia bien que fuera abogado y que tuviera el pelo negro y unos ojos que perforaban las cosas. Ahora bien, ?y su familia? ?De que familia era? Porque Ana Maria rehuia, durante la semana, salir a solas con otro muchacho…

– Su padre es funcionario de Telegrafos.

Los pensamientos de las amistades de la familia Sarro retrocedian. Pero a Ana Maria no le importaba. 'Son senoras cursis. Y mis amigas, ninas bien…' Ana Maria era valiente, lo era su amor. Lo era tanto, que la chica se habia puesto a estudiar mecanografia y taquigrafia con el objeto de ayudar a Ignacio una vez casados. Su madre le habia comprado una maquina portatil y se pasaba un par de horas cada tarde tecleando. Y tres veces a la semana iba a clase de taquigrafia con un esperantista de San Feliu, un hombre que escribia a una velocidad increible. 'Como siga usted asi, pronto escribira mas de prisa que yo'. Ignacio se sentia conmovido por aquella prueba de buena voluntad.

– Es lo menos que puedo hacer. Porque no puedo estudiar Derecho Romano, ?verdad? Soy ya vieja para eso…

Ana Maria gozaba con cualquier cosa. Bailando sardanas, desde luego. Trenzaba los pasos con gracia singular. Y se miraban haciendo signos de aprobacion. Tambien gozaba mucho saliendo de paseo en bicicleta con Ignacio. Ana Maria tenia una bicicleta rutilante, ultimo modelo. Ignacio se veia obligado a alquilar una, vieja y torcida, de manillar alto y ridiculo, pero que servia para la ocasion.

A veces, pedaleando, pedaleando, llegaban hasta Playa de Aro… E incluso hasta Palamos. El asfalto y la brisa incitaban a su juventud a esforzarse. '?Ana Maria… esperame! ?Que yo llevo un cacharro!'. '?Nada de eso…! ?Demuestra que hiciste la guerra!'.

Claro que se lo demostraba… De pronto le daba alcance en cualquier tramo solitario de carretera y entonces se apeaban y se sentaban en la cuneta y se besaban. Nada mas. Ignacio respetaba a la muchacha de forma tal, que Ana Maria se lo agra- decia. 'Te lo agradezco, Ignacio…' Ignacio no podia decirle que a quien debia

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