Ignacio permanecio medio minuto lo menos con la cabeza debajo del grifo. Luego regreso al comedor y ocupo su puesto. Su aspecto era de vencedor. '?Ah, ja! ?Sopa de guisantes marca Elgazu!'.

La cena transcurrio con dulce armonia. Ignacio penso en el frente. Tambien alli, a menudo, minutos despues de un bombardeo intenso, se hacia el silencio y de la tierra emanaba una gran paz. 'Decididamente -se dijo- somos hijos de la tierra'.

Hubo intercambio de noticias. El les comunico que cobraria los atrasos del Banco, aunque el total no subiria mucho, pero se abstuvo de mencionar a Gaspar Ley. No queria que sonara en aquella casa el nombre de Ana Maria y que de rebote pudiera llegar a oidos de Marta. Tambien les comunico que en el Teatro Municipal pondrian La Revoltosa. Por su parte, Pilar le hizo saber que sus padres acababan de tomar una decision insolita: a mediados de junio se irian al Norte. ?Si, si, tal como lo oia! A mediados de junio tomarian un quilometrico y se irian a Bilbao, con parada en Pamplona para visitar a tia Teresa, a sor Teresa, que debia de sudar a mares con tanto almidon en la cabeza. Una vez en Bilbao, su padre se llegaria hasta Burgos, de donde se habia recibido una carta angustiosa, firmada por su prima Paz. 'Claro que, tal y como andan los trenes, Dios sabe si llegaran'.

Ignacio se quedo desconcertado. Miro a Carmen Elgazu, quien le guino el ojo diciendo: '?Es que no tenemos derecho a una segunda luna de miel? Manana tu padre pedira el permiso en Telegrafos'.

?La abuela Mati, de Bilbao! ?Paz Alvear, de Burgos! Ignacio exclamo: '?Eso hay que celebrarlo!'.

Terminada la cena, Ignacio se asomo al rio, en el que se reflejaban las luces de enfrente. Eloy broto a su lado e Ignacio, sin mirarlo, le acaricio la cabeza. '?Hola, renacuajo!'.

Poco despues, Ignacio dio las buenas noches y se retiro a su cuarto. Ya en la puerta, su padre le pregunto:

– ?Cuando empiezas en Fronteras?

– Mateo me espera manana a mediodia para acompanarme al Gobierno Civil.

Ignacio encontro sobre la mesa, plegado, un pijama nuevo, de color azul palido. Lo desecho y se metio desnudo. La lamparilla de San Ignacio lo molestaba, e incorporandose la apago de un soplo. Y se quedo dormido, sonando que el patron del Cocodrilo iba adelgazando, adelgazando, hasta convertirse en una cana de bambu.

Toda la noche fue una pesadilla. Se despertaba sudando. Queria sentir remordimientos y no lo conseguia. 'Los amores son una cosa natural'.

Por fin se desperto con un sobresalto distinto a los anteriores. Le habia parecido oir un rumor y que la claridad del alba se filtraba por debajo de la puerta.

Se incorporo en la cama y se quedo sentado. No cabia duda. Se oia un rumor 'in crescendo', que procedia, al parecer, de la Rambla.

No supo a que atribuirlo. Se levanto, se puso el pijama azul palido y se dirigio al balcon, entreabriendo los postigos. ?Por los clavos de Cristo! El rosario de la aurora. Una inmensa muchedumbre, compuesta sobre todo por mujeres, ocupaba toda la calle Plateria y penetraba en la Rambla rezando el rosario en voz alta. En cabeza, el obispo, doctor Gregorio Lascasas, concentrado, la vista baja, acompanado por una pleyade de sacerdotes que Ignacio no conocia. Era el amanecer…

Ignacio se quedo como petrificado, pues la luz incierta de la hora enloquecia las caras de las mujeres que seguian al obispo rezando, abriendo las bocas como fauces, con las cuentas colgando. Todas llevaban mantilla negra.

– ?Tercer Misterio de Dolor! ?La coronacion de espinas de Nuestro Senor Jesucristo! ?Padre nuestro, que estas en los cielos…!

La voz del doctor Gregorio Lascasas era rotunda y rebotaba contra las fachadas, en algunas de las cuales se leia: 'Ni un hogar sin lumbre ni un espanol sin pan'. El obispo tenia aspecto de profeta. En los sillones del Cafe Nacional, un gato lo miraba con los ojos desorbitados.

Ignacio oyo pasos a su espalda: era su padre, Matias. Se le acercaba dulcemente, vistiendo un pijama identico al suyo. Las zapatillas, al arrastrarse, producian un susurro amable.

– ?Que, has visto ya a tu madre? Ignacio se volvio en redondo.

– ?Como! ?Esta ahi fuera?

– ?Tu que crees? Salio a las cinco. Con Pilar, claro… Ignacio abrio un poco mas los postigos y volvio a mirar a la multitud, que pasaba ya delante de la casa. Imposible localizar, entre tantas fauces abiertas, los velos de Carmen Elgazu y de Pilar.

– Es muy dificil… Hay tanta gente…

Ignacio y Matias guardaron un largo silencio. Hasta que la procesion desaparecio y la Rambla se quedo desierta, con solo el gato asustado en la silla del Cafe Nacional.

Entonces Matias dijo:

– Mes de mayo, mes de la Virgen. ?Comprendes, hijo?

– Si, comprendo…

CAPITULO V

Muchas veces, despues de cenar, y una vez acostados los chicos, el Gobernador, camarada Davila, se quedaba a solas con su mujer, Maria del Mar. Entonces, en zapatillas y mangas de camisa, se dedicaba a pensar tonterias, para desintoxicarse mientras mascaba un caramelo de menta o de eucalipto, o se introducia en las narices un tubo de inhalaciones. En esos detalles, en la importancia que le concedia a respirar bien, con yendo los musculos abdominales; en lo que gozaba andando; en su sentido de la orientacion para saber la hora con solo mirar al cielo, se veia que en los anos de su infancia, vividos en el campo de Santander entre bosques y ganado, habia aprendido a amar lo natural. Su familia poseia buen numero de hectareas de regadio. El se marcho pronto a la ciudad, a estudiar, pero la tierra y los grandes espacios lo marcaron para siempre.

– Si tanto te gusta el paisaje, ?por que llevas gafas negras?

Era el tipo de razonamiento de Maria del Mar. En esas veladas nocturnas el Gobernador pasaba revista a los esfuerzos que realizaba su mujer para cumplir su promesa de no quejarse de hacer lo imposible para adaptarse a la vida gerundense. Tales esfuerzos eran de agradecer, pero resultaban vanos. Aquella excursion a Tossa de Mar, con Pablito y Cristina, fue un exito. El pueblo costero era en verdad precioso y desde la Torre Vieja el mar desplegado bano por un momento el corazon de Maria del Mar de un jubilo de buen augurio. Asimismo la mujer acabo por admitir que las callejuelas de Gerona que encandilaban a su hijo y el panorama que se divisaba desde Montjuich o desde las Pedreras tenian su encanto, pero el balance era negativo. De temperamento dulce, lo que le permitia crear a menudo en el hogar un clima de afecto que era para todos fuente de felicidad, su anoranza persistia.

– ?Que podria hacer yo, querida, para conseguir que estuvieras alegre?

– Dejalo, Juan Antonio. Ya se me pasara…

No era seguro. Porque, coincidiendo con estas crisis, le invadio de repente un temor contra el cual le resultaria todavia mas dificil luchar: el temor a envejecer. Si, el espejo le demostraba que las arrugas, las patas de gallo, eran ya realidades vivas en su rostro. Ello la desasosegaba de tal modo que sucumbio a la tentacion de la limpieza. El Gobernador la veia andar de un sitio para otro fisgando en todas partes, cambiando de sitio los objetos y quejandose. '?Sabes, Juan Antonio, que ayer encontramos cucarachas en el cuarto de Pablito y en el bano? ?Tuvimos que matarlas a escobazos!'. '?Juan Antonio! ?Habra que tomar otra cocinera! No sabe ni abrir una lata de conservas'. El Gobernador suspiraba. Pablito arrugaba el entrecejo. La doncella, una muchacha gallega de buena presencia, que se pasaba el dia poniendo bolas de naftalina en los armarios, apretaba los punos y decia: '?Brr…!'.

Sin embargo, el estado de animo de Maria del Mar ofrecia sus ventajas. El viejo refran: 'No hay mal que por bien no venga'. Se aguzo su sentido critico. Se le aguzo hasta tal punto que el Gobernador saco de el el maximo partido. En orden a sus responsabilidades era aquello preferible a tener al lado un muneco que dijera que si, o que lo adulara sistematicamente. De suerte que el camarada Davila, que por otra parte queria a su mujer lo mismo que antes, o tal vez mas, le consultaba todo, lo grande y lo chico, para afinar la punteria. '?Crees, Maria del Mar, que he de llamarle la atencion al Delegado de Sindicatos? Me han dicho que cada dia llega a la oficina a las diez'. '?Te parece bien que ponga en la sala de espera unas cuantas revistas? ?No parecera la casa de un medico?'.

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