solicitando. Sin embargo, ?que hacer? ?Era posible pedirle a 'La Voz de Alerta' que absolviera a sus enemigos? Por otra parte, el tiempo cuidaria de reglamentar las cosas, de asignar las atribuciones de cada cual.

Ignacio leyo el pensamiento de Mateo. Y anadio:

– Crees que a la larga todo esto se arreglara, ?no es asi?

Mateo iba a contestar: 'Desde luego'. Pero rectifico.

– Depende… de la ayuda que nos presten los hombres como tu…

Ahi Ignacio se mostro tajante. Comprendia la intencion de su amigo. Pero este no podria contar con el. La politica era un problema de vocacion y el no la tenia. Se dio cuenta en el momento en que Marta le habia preguntado, hacia de ello una hora escasa: '?Que piensas hacer cuando te licencien?'. Y acabo de convencerse al oir a Mateo decirle al 'flecha': 'Oye, chico… Que no estoy para nadie ?comprendes?'.

– Para saber decir eso… hay que tener vocacion.

?Bueno, la cosa estaba clara! Mateo reacciono. Por lo demas no se trataba, en aquella primera entrevista, de volver al juego dialectico. ?La alegria de volver a ver a Ignacio era tan grande! ?A que empanarla con sentimientos y deseos ajenos a la pura amistad?

– Cambiando de tema, Ignacio… ?Que te pareceria si organizaramos algo para celebrar nuestro regreso? El regreso de Marta, de Alfonso Estrada, de Jorge de Batlle, de Miguel Rossello… El tuyo… ?El regreso de los supervivientes!

– Me pareceria muy bien. ?Que podriamos hacer?

– No se… ?Un baile, por ejemplo?

– ?Oh, estupendo! Has dado en el clavo. Nos lo hemos ganado a pulso, digo yo…

– Pues dejalo de mi cuenta.

Los dos muchachos continuaron hablando durante mucho rato, ahora sin tema fijo. Ignacio se intereso por la salud de don Emilio Santos y Mateo dijo: 'Esta mal y sufre mucho; pero se curara'. A su vez, Mateo se intereso, como quien no quiere la cosa, 'por aquella preciosidad barcelonesa de los monitos, que se llamaba Ana Maria o algo asi' e Ignacio contesto, en tono tranquilo: 'De vez en cuando me escribe una postal'.

Ignacio se entero de que mosen Alberto habia sido designado miembro de la Comision de Censura de peliculas.

– ?Te imaginas? -comento Mateo-. Anos estudiando Teologia, para terminar dedicando las tardes a medir escotes y la Curacion de los besos de Myrna Loy.

En medio de ese pim-pam-pum, que les servia para expansionarse, sono el telefono. Mateo, en honor de Ignacio, se abstuvo de descolgar. 'Ya llamaran mas tarde', dijo.

Ignacio aprovecho aquella interrupcion para preguntarle a su amigo:

– Oye… ?Tienes idea de cual sera mi trabajo en la Jefatura de Fronteras?

Mateo nego con la cabeza.

– No se, chico. Lo unico que puedo decirte es que estaras a las ordenes del camarada Davila y que tendras que hacer muchos viajes a Figueras y alguno, tal vez, a Francia, a Perpinan.

– ?A Perpinan?

– Si. Los exiliados dan mucho que hacer.

Ignacio se quedo estupefacto. Y al momento recordo a Julio Garcia, a Antonio Casal, a tantos y a tantos.

– Otra cosa -anadio-. Pensaba presentarme manana. ?Por que no me acompanas?

– No hay inconveniente. Te vienes aqui a mediodia y subimos juntos al Gobierno Civil.

– De acuerdo.

Dicho esto, Ignacio se levanto. Tambien Mateo. Al encontrarse de pie, frente a frente, se abrazaron de nuevo, sin que esta vez la medalla de Mateo les jugara una mala pasada.

– Ignacio, me ha rejuvenecido verte…

– Lo mismo digo.

Echaron a andar hacia la puerta. Ignacio vio, en un rincon, una de las dos famosas armaduras, patrimonio de la familia de don Jorge de Batlle. El Responsable la habia obligado a levantar el puno; ahora extendia el brazo…

– ?Quien es? -pregunto Ignacio jocosamente-. ?Mussolini?

Mateo replico:

– ?No digas majaderias! Es el obispo, el doctor Gregorio Lascasas.

– ?Ahi ?si? ?Y que hace ahi?

– Vigilarme…

Ignacio solto una carcajada.

Al cruzar el umbral del despacho, el 'flecha', quieto alli como un poste, levanto tambien el brazo para saludar. Ignacio le dijo:

– Gracias, majo.

Empezo a bajar la escalera y Mateo, desde lo alto, grito:

– ?Me has hecho polvo con lo de la orquidea!

Ignacio le contesto:

– ?No es para menos!

El almuerzo en el piso de la Rambla fue feliz, con la manteleria de las grandes solemnidades. Ignacio conto a los suyos que habia visto a Marta y a toda su familia y tambien a Mateo. 'Nada, tan amigos como antes'. Tambien les comunico que a lo mejor, sirviendo en Fronteras, tendria que hacer algun viaje a Perpinan. Matias, al oir esto, se seco los labios con su blanca servilleta y comento: 'Si te encuentras por alli al primo Jose, dale recuerdos…'

Terminado el almuerzo, Ignacio se retiro a su cuarto -?que delicia reencontrar el colchon de lana!- y se ofrecio una larga siesta. Una siesta como las de antano en verano: completamente desnudo y con las piernas separadas.

Desperto tardisimo, a las cinco. En el comedor. Carmen Elgazu planchaba, accionando con soltura sus vigorosas munecas. ?La radio alemana funcionaba! Retransmitia tangos de Carlos Gardel. '?Que ha ocurrido?'. 'Nada, hijo. Que tu padre las sabe todas'. Ignacio se acerco a su madre y la beso. E! dijo: 'Me gustan los tangos, no lo puedo remediar'.

– Adios, madre, me voy al Banco Arus.

– ?Huy, que tengas suerte!

El muchacho salio a la calle. Su expectacion era intensa, porque del cobro de sus haberes dependia la compra del nicho para Cesar… y acaso la posibilidad de efectuar alguna mejora en el amueblado del piso.

En el trayecto se pregunto 'quien encontraria alli', dado que el director, con su eterna pipa en los labios, que describia triangulos masonicos de humo en el aire, se habria largado sin duda a Francia y el subdirector -?cuanto se acordaba de el, tan idealista y tan calvo!- habia caido asesinado los primeros dias de la guerra.

Pronto salio de dudas. Apenas empujada la puerta de aquel humedo local en el que ingreso de botones y en el que por primera vez oyo a alguien mofarse del Espiritu Santo y hablar de preservativos, dos sombras, una muy alta, la otra muy rubia, se levantaron, dudando entre cuadrarse o inclinar la cabeza hasta el suelo. Eran la Torre de Babel y Padrosa, que lo reconocieron en el acto. Ignacio tuvo la certeza de que, de haberse presentado, realmente sus ex companeros de trabajo, aquellos que tantas veces lo habian enviado con sanudo placer a comprar periodicos que cantasen las alabanzas de Durruti, se habrian cuadrado militarmente.

– ?Ignacio, chico…!

Ignacio facilito las cosas. Y al notar que sentia por el Banco Arus, pese a todo lo ocurrido, como un lazo afectivo, recordo unas palabras de la madre de Marta: 'Los malos recuerdos son tambien recuerdos, ?no es asi?'.

Ignacio paso al interior de la oficina y estrecho con efusion la mano de la Torre de Babel, al que agradecio que en Abastos tratara afablemente a Pilar, y felicito a Padrosa por haber salido indemne de la guerra. 'Es lo mas que se puede pedir'.

– ?Nosotros tenemos que estarte agradecido! Es decir, a ti y a tu padre.

– ?Por el aval?

– Claro…

– ?Bah!

– ?Como que bah? ?Crees que eso se olvida?

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