– Hablame de tu guerra, Ignacio… ?Para que crees que te ha servido?

El muchacho se acomodo en el banco y encendio un pitillo.

– ?Bueno! Yo odio la guerra, ya sabes… La guerra es espantosa.

– Marco una pausa-. Aunque, en honor a la verdad, en el frente pase ratos que no olvidare jamas…

– ?De veras?

– Como lo oyes.

– Echo una bocanada de humo-. Las guardias solitarias… Esquiar de noche… ?Se piensan tantas cosas!

Marta lo miraba como escudrinandolo.

– No has contestado a mi pregunta. Te pregunte para que crees que te ha servido luchar.

Respiro el hondo.

– Desde luego, me ha embrutecido… ?Es inevitable! Pero, por otro lado… ?quien sabe!; tal vez me haya ayudado a ver claro en mi.

Marta seguia mordisqueando la brizna de hierba.

– Pero, eso es contradictorio ?no?

– ?Por que? Embrutecerse quiere decir… perder la inocencia. Y en el fondo, ello ensena a conocerse, en lo bueno y en lo malo.

Ella pregunto con seriedad:

– ?Que se siente cuando se pierde la inocencia?

Ignacio hizo un mohin.

– ?Tu no la has perdido aun?

Los ojos de Marta expresaron una rara seguridad.

– Creo que no…

Ignacio tiro la colilla al suelo y la aplasto con el pie.

– Se siente… como si se rompiera algo. Es… como si se envejeciera de repente.

La muchacha reflexiono.

– Dijiste que has aprendido a conocerte, en lo bueno y en lo malo. ?Es que hay algo malo en ti, Ignacio?

– Si, claro: me miento a mi mismo. Cambio de parecer. A veces, en invierno sudo y siento frio en verano. Absurdo, ?te das cuenta?

Marta respiro tranquila. Por un momento temio oir quien sabe que. Acabo riendose. Tomo carinosamente una mano de Ignacio y pregunto:

– Y lo bueno que te has descubierto, ?que es?

Ignacio mudo de expresion.

– ?Como te lo dire, Marta? Me he dado cuenta de que no sere feliz si no hago algo que beneficie a los demas.

Ella se trago la saliva y se aparto el flequillo de la frente.

– ?Hablas en serio, Ignacio?

– Hablo en serio. Antes llegue a sentirme como un ser neutro. Era egoista, era yo. Ahora todo eso ha pasado… La nieve lo cubrio. Si, te lo repito: quiero hacer algo que sea util a los demas.

Marta echo una mirada a las copas de los arboles y respiro hondo.

– Pero ?eso es magnifico! -Y, ante la sorpresa de Ignacio, se volvio hacia el y le pidio un pitillo-. ?Cuando empezaste a sentir eso?

– Creo que fue en el Hospital Pasteur, de Madrid, curando a los heridos de las Brigadas Internacionales. Aquella gente me daba asco; y sin embargo, llegue a quererlos. Complicado, ?verdad?

Ella nego con la cabeza.

– ?No, no! Es muy natural…

– Luego… senti ganas de ser buen chico… en Valladolid. El dia que tu regresaste de Alemania, despues de haber saludado a la estatua del Hombre Aleman desnudo. Recuerdo perfectamente que desee saludar a toda la humanidad.

Marta solto una carcajada.

– ?Ay, que viaje aquel! Llegue a casa con una mochila que pesaba mas que yo.

– Y que apestaba…

– De eso no me acuerdo. Me abrazaste y perdi la nocion de todo.

– ?Ah!, ?si? Entonces ten la seguridad de que en aquel instante perdiste la inocencia.

Guardaron un silencio largo. Marta chupaba con torpeza el pitillo que Ignacio habia liado para ella. Por fin la muchacha reanudo el dialogo.

– ?Has hecho ya algun plan para cuando te den la licencia?

Ignacio, como pulsado por un resorte, se levanto, recordando que esa era la pregunta que el formulo a sus companeros. Respiro intensamente, al tiempo que abarcaba con la mirada las copas de los arboles de la Dehesa.

– ?Si, por cierto! -respondio-. Quiero llegar a ser el mejor abogado de la ciudad… -Y volviendose hacia la muchacha, anadio-: Y para que veas mi lado bueno, te prometo que le cedere a Mateo los clientes que me sobren.

Marta se levanto a su vez y se situo frente por frente de Ignacio. Estaban solos. Los jugadores de bolos se habian ido.

– ?Quieres que te diga una cosa, Ignacio? Querria ayudarte a ser lo que te propones.

– Puedes hacerlo.

– ?Como?

– Queriendome mucho.

– Eso… ya lo hago. ?No se me nota?

Ignacio no contesto. Tomo en sus manos la barbilla de Marta y, atrayendo a la muchacha hacia si, le dio un beso prolongado y suave.

Al separarse dijo:

– Si, se te nota…

Marta permanecio unos segundos con los ojos cerrados.

– Besame otra vez.

Ignacio obedecio. El beso ahora fue eterno.

Marta por fin despego los labios de los labios del muchacho.

– Gracias, Ignacio, por hacerme sentir lo que siento.

El se emociono.

– Es hermoso quererse, ?verdad?

– Si, mucho…

Igualmente afortunado, aunque con otros matices, fue el encuentro entre Ignacio y Mateo. Aquel, despues de acompanar a Marta a la Seccion Femenina, provisionalmente instalada en el local que habia pertenecido a la UGT, se dirigio a Falange -es decir, al caseron cedido por Jorge de Batlle- y encontro a Mateo en su despacho, rodeado de los retratos patrioticos de rigor y con un mapa de la provincia de Gerona en la pared, tachonado de banderitas.

Los dos muchachos, al verse, recibieron reciprocamente una impresion fortisima. De hecho, se habian despedido, separado, el 20 de julio de 1936, cuando Mateo, ante el fracaso del Alzamiento en Gerona, salio del piso de los Alvear en direccion a los Pirineos, para pasar a Francia. Habian transcurrido, por lo tanto, tres anos. En esos tres anos se habian convertido en hombres sellados virilmente por la guerra, rebosando vitalidad y con ganas de conquistar el mundo.

– ?Ignacio…!

– ?Mateo…!

Se confundieron en un abrazo tan apretado, que la medallita que colgaba del cuello de Mateo se enrosco en uno de los botones de la camisa de Ignacio. El forcejeo a que ello dio lugar los incito a reirse, a soltar una estentorea carcajada. En realidad, no acertaban a explicarse lo que les ocurria. Se miraban y se reian. Acabaron sentandose con dolor en los rinones, riendose aun y respirando con dificultad.

– Pero… ?chico! -balbuceo Ignacio, por fin, con lagrimas en los ojos-. ?Que barbaridad!

– ?Esto es la juerga del siglo! -anadio Mateo, sonandose con su panuelo azul…

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