Andando sin prisa, como si paladeara cada segundo de libertad, se dirigio a la calle Plateria. Alli se entretuvo en los escaparates, compro cerillas a una vendedora ambulante y por fin subio al piso del comandante Martinez de Soria. Su sorpresa no tuvo limites al encontrarse en el con toda la familia reunida, como si hubieran sido advertidos de su llegada: Marta, Jose Luis, con sus estrellas de oficial, la madre de ambos, sensiblemente desmejorada.
Ignacio, al cruzar el umbral, se habia emocionado sobremanera, recordando al comandante. Y se emociono mas aun al oir el grito que lanzo Marta: '?Ignacio!'. Los muchachos se fundieron en un abrazo salido de la entrana. '?Por fin!', repetia Marta una y otra vez, apretandose contra su pecho.
– Si, por fin… -dijo Ignacio-. ?Ya era hora! Te echaba tanto de menos…
Su tono era tan carinoso que Marta no se hubiera separado del muchacho nunca. Pero alli estaban, presenciando la escena, la madre de la chica y Jose Luis, y no habia mas remedio que abreviar.
Separaronse y la viuda del comandante Martinez de Soria abrazo tambien al recien llegado. '?Que alegria, que alegria!', musito la mujer. Pero su voz era tan triste que Ignacio se estremecio. Comprendio que el peso de la viudez afligia obsesivamente a la madre de Marta, a la que tenia en gran estima. Ciertamente, la consideraba una gran senora. Y muchas veces penso que si los 'rojos' no llegaron a detenerla y llevarla al paredon ello se debio, en parte, al respeto que con su sola presencia inspiraba.
A continuacion, Ignacio tuvo que enfrentarse con Jose Luis el teniente juridico de complemento. Y he aqui que con solo mirarlo a la cara y estrecharle la mano se dio cuenta de que era para el un extrano. Lo habia visto solo una vez, alla por el ano 1934, cuando Jose Luis hizo aquel viaje relampago a Gerona y subieron todos juntos al campanario de la Catedral a ver la nevada que glorificaba la ciudad. Pero sabia de el, de sus andanzas -incluso de sus estudios sobre Satan-, por las cartas que Mateo le escribia desde el frente. Jose Luis, al estrechar la mano de Ignacio, lo miro con gran curiosidad, pero se limito a decirle: 'Me alegra mucho volver a verte'.
La reunion fue breve. La madre de Marta hubiera querido invitar a Ignacio a una taza de cafe, pero la chica se opuso. Queria estar a solas con el. Los segundos le parecian siglos.
– Comprendelo, mama… ?Quiero salir de paseo con Ignacio! -Se volvio con decision hacia este-: Espera un momento, por favor…
Marta, recordando los consejos de Pilar, se fue al lavabo y se puso rimel en los ojos y se pinto de prisa las unas.
La madre de la chica hizo un gesto de comprension y le dijo a Ignacio:
– Te quiere mucho, ya lo ves… Tratala bien.
Minutos despues la pareja bajaba la escalera y salia a la calle. Ignacio, sin saber por que, no se decidio a tomar del brazo a Marta. Y tampoco acertaban a hablar. Sentianse un poco aturdidos. Cruzaron el puente de San Agustin. Por fin, al pasar delante de Telegrafos, Marta se paro y con expresion picara miro hacia el interior del edificio y saludo militarmente. Ignacio se rio.
– ?Vamos a la Dehesa?
– Vamos.
La Dehesa estaba muy sucia. Pero los arboles centenarios los recibieron de pie, como siempre. Hubierase dicho que presentaban armas.
Marta, colmada de gozo, lleno de aire sus pulmones.
– Otra vez juntos… -dijo-. ?Te acuerdas del dia que fuiste a verme a la escuela? ?Que emocion! David y Olga me habian disfrazado. Me habian puesto aquellas trenzas horribles…
Ignacio comento:
– ?Que habra sido de los maestros? Contigo se portaron bien…
Marta asintio con la cabeza.
– Si, pero yo no podia con ellos.
Estaba excitada. Ahora rebosaba de ganas de hablar.
– ?A que no te acuerdas de la fecha exacta en que bailamos el primer baile?
Ignacio parpadeo y se detuvo un momento.
– Pues, la verdad, no…
– El 19 de marzo de 1934. Dia de San Jose. Fue en casa de Mateo. Mateo quiso reunir por primera vez a sus camaradas, y se le ocurrio organizar un baile.
Ignacio empequenecio los ojos, como empezando a recordar. Se puso el indice en mitad de la frente.
– Llevabas… un vestido amarillo…
Marta se rio.
– ?Cuando he llevado yo un vestido amarillo? Lo llevaba negro; y zapatos de tacon alto, que me dolian horrores.
– Marco una pausa y luego sonrio-. Tu te acercabas mucho y querias besarme. Yo decia 'nanay'; pero te apretaba fuerte la mano.
Ignacio movio satisfecho la cabeza y siguieron andando.
– Mil novecientos treinta y cuatro… Han pasado cinco anos. ?A ti te parece que han pasado cinco anos?
Marta sonrio.
– A mi me parece que fue ayer…
Abordaron la avenida central del Paseo. El sol se filtraba por entre las hojas verdes. La atmosfera era estimulante.
Ignacio dijo inesperadamente:
– ?Sabes una cosa, Marta? ?Tenemos mucho que hacer!
Marta lo miro con curiosidad.
– ?Por ejemplo…?
– ?Que se yo! Tengo ganas de ver el mar… ?He visto tantas montanas!
– De acuerdo. ?Podriamos ir al cabo de Creus!
Echaron a andar de nuevo.
– Y otro dia hemos de ir a Barcelona a visitar a Ezequiel… ?Te acuerdas mucho de Ezequiel?
– ?Como no voy a acordarme? -Marta, cada vez mas contenta, anadio-: Seguro que nos saludara con el titulo de la pelicula que ponen esta semana en el Albeniz: La pareja ideal.
Ignacio se detuvo otra vez y miro a Marta. Con mucha ternura le quito la boina roja, con lo que le asomo a la muchacha el flequillo, mientras el resto de los cabellos le caian a ambos lados de la cara. Marta le gusto.
De no estar a pleno sol -?por que no espero a la noche para llevarla a la Dehesa?-, le hubiera dado el beso que en vano deseo darle aquella tarde de San Jose, en el baile en casa de Mateo. Algo leeria la muchacha en los ojos de Ignacio: su corazon se puso a latir con fuerza. En realidad, temblaban uno y otro, mientras se oian bajar lejos las aguas claras del Ter.
Fue un encuentro afortunado, que lleno de jubilo a Marta, tan necesitada como Pilar de contar en el interior del pecho con un heroe personal. Pasaron por detras de la piscina; bifurcaron hacia la plaza de toros; y luego tomaron asiento cerca de unos jugadores de bolos, hombres de edad avanzada, que al encogerse para tirar parecia que iban a caerse al suelo.
El hecho de estar sentados intensifico entre ellos la sensacion de intimidad. Marta habia arrancado al paso un tallo de hierba y lo mordisqueaba.
– Ignacio… ?es cierto que me echabas mucho de menos?
– ?Claro! ?Es que no me crees?
– Si. Pero me gusta que me lo repitas.
– Pues voy a repetirtelo: estaba decidido a desertar…
Pasaron revista a todo lo que les habia ocurrido desde que Ignacio se paso a la Espana 'nacional' y se alisto en la Compania de Esquiadores. Hablaron de la provincia de Huesca y de la formidable impresion que al muchacho le produjo el valle de Ordesa. 'Aquello es un milagro'. De pronto, vieron desfilar un peloton de soldados, manta al hombro. ?Adonde se dirigian? Ignacio recordo sus largas caminatas, el fusil en bandolera y barboto: 'La guerra…'
Lo dijo en un tono tan colerico, que Marta se inquieto. Aunque comprendio que Ignacio no se referia al significado de la contienda, sino a algo propio. Ignacio quiso paliar su brusca reaccion y dulcifico el semblante.
La muchacha se dio cuenta y aprovecho para rogarle:
