– Las cartas que me escribias -recordo Ignacio-, eran mas serias…

– ?Figurate! Caian pildorazos a mi lado…

– Hay que ver, vaya con tu medallita…

Recuperaron el ritmo y volvieron a mirarse, esta vez con mayor atencion. La encrespada cabellera de Mateo brillaba demasiado y sus ademanes eran exactos, de hombre acostumbrado a mandar. Por el contrario, Ignacio se habia recortado el bigote en exceso y ello le daba, a juicio de Mateo, cierto aire de 'senorito'.

Ignacio le pregunto a Mateo, echando una mirada sobre los papeles de la mesa:

– ?Charlamos ahora, o es mal momento?

– ?Mal momento? No digas bobadas… -Mateo pulso un timbre y en el acto aparecio un 'flecha' saludando brazo en alto-. Oye, chico… Que no estoy para nadie, ?comprendes? Anda, que no entre nadie… Y cierra la puerta.

El 'flecha' desaparecio. Y Mateo e Ignacio quedaron solos como antes, mas que antes, e iniciaron el dialogo con el que habian sonado tantas veces mientras montaban guardia en los parapetos.

– Tengo un interes enorme en saber como estas -comento Mateo-, en saber que piensas de todo lo que ha ocurrido y esta ocurriendo. De veras te lo digo, Ignacio. A veces temo vivir embriagado, o delirando. Este despacho -giro la vista en torno- es una terrible responsabilidad. ?Me paso el dia firmando papeles!

Ignacio movio la cabeza con admiracion.

– Desde luego, los tiempos han cambiado. ?Te acuerdas de cuando te escondiste en el cuchitril del Rubio, el que tocaba el saxofon en la Pizzaro Jazz?

– Claro que me acuerdo. La FAI me tenia acorralado.

– Es que… hablabas mucho. ?Menudos discursos! Me los soltabas incluso a mi, un dia si y el otro tambien.

Mateo, para sentirse mas comodo, se quito la pistola que llevaba en el cinto y la dejo sobre la mesa.

– Pues anda que tu… Un dia en casa te metiste con la estigmatizada Teresa Neumann y te quedaste solo.

Ignacio asintio.

– Todo el mundo hablaba mucho por entonces.

– Todo el mundo, no -protesto Mateo-. Habia uno que no decia apenas nada: Pedro, el disidente. ?Te acuerdas de Pedro? Queria recibir ordenes directas de Moscu…

– Si, me acuerdo. Y tambien de aquella criada que tenias, que se llamaba Orencia…

– ?Menuda ficha!

– Cuantas cosas han pasado… -De pronto, Ignacio puso cara comica-. ?A que no sabes lo que ahora me viene a la memoria?

– No…

– La primera caja de bombones que le enviaste a Pilar. Era de lo mas cursi. En la tapa habia una orquidea en forma corazon.

– Pero, ?chico! ?Es posible?

– Corno te lo digo.

– No me reconozco en esa orquidea.

Llegados a este punto, Mateo saco su mechero de yesca e invito a Ignacio a fumar. Ignacio reconocio el mechero y mil pensamientos agradables invadieron su mente.

– Bueno… -reanudo Mateo-. Volviendo a lo de antes… ?Como estas, Ignacio? ?Todavia eres tan… esceptico?

Al oir esta palabra, Ignacio abrio expresivamente los ojos.

– ?Esceptico yo? Olvida eso…

Mateo simulo sorpresa.

– No te entiendo… Habias jurado serlo toda la vida, ?no es asi?

Ignacio se rasco con una una la ceja derecha.

– Mas o menos. Pero aqui me tienes. Hasta ayer al mediodia no abandone el fusil.

– Eso ya lo sabia -replico Mateo-. Pero lo que yo te pregunto… es si estas convencido.

Ignacio hizo un gesto ambiguo.

– Si me hubieran dicho que algun dia lloraria al cantar Cara al Sol, hubiera reventado de risa; y resulta que en el frente llore mas de una vez.

– Lanzo una espiral de humo-. Y en Barcelona estuve a punto de incendiar la iglesia de Pompeya porque la Sanidad 'roja' la habia convertido en deposito de medicamentos.

Mateo se echo para atras en el sillon.

– ?Querras creer que casi lamento oirte hablar de ese modo?

Ignacio manifesto estupor.

– No te comprendo.

– Veras… A mi me parece todo esto tan apasionante que necesitaria oir a alguien que me pusiera pegas. ?Comprendes lo que quiero decir?

Ignacio movio divertido la cabeza.

– ?Pues mira por donde no soy yo ese alguien que te hace falta!

Los ojos de Mateo se empequenecieron. Pareciole que Ignacio habia hablado con cierto retintin.

– ?De modo -prosiguio, arriesgandose- que eres acerrimamente optimista?

Ignacio irguio el busto.

– ?Por favor, yo no he dicho eso! ?Como voy a ser optimista? La guerra esta ahi…

– ?Asi, pues…?

– Simplemente… ?que se yo! He llegado a la conclusion de que hay que seguir adelante.

Mateo se paso la mano por la cabellera.

– ?Estas hablando en serio, Ignacio?

Este asintio con la cabeza.

– Pues si, hablo en serio. A pesar de todo. A pesar de que los militares no me gustan. Y de que no me gusta esa pistola que has dejado ahi. Ni que los jerarcas os reserveis una fila de butacas en todas las salas de espectaculos. A pesar de que sigo sin entender lo que significa Sindicato Vertical… -Ignacio reflexiono y agrego-: Una gran parte de Espana es ignorante… y cruel. Partiendo de esta base…

Mateo prosiguio, implacable:

– ?Pero antes, cuando yo te hablaba de eso, de la necesidad del Mando unico, te enfurecias!

Ignacio se encogio de hombros.

– ?Que voy a decirte! Te repito que tampoco ahora soy feliz. Es absurdo, ?no crees?, que un muchacho de tu edad tenga un coche oficial en la puerta y censure todas las noticias destinadas a la poblacion.

– Al decir eso, senalo una pila de galeradas de imprenta que Mateo tenia a su lado-. Pero cuando recuerdo aquellos retratos de Lenin… Cuando recuerdo a Teo…

Mateo acuso una extrana sacudida.

– ?Por que has mencionado a Teo?

– No lo se. Se me ha ocurrido… ?Por que lo dices?

Mateo aplasto el pitillo sin inmutarse.

– Porque yo mande, en Teruel, el piquete que lo fusilo.

– ?Ves? -comento, al cabo de unos segundos-. Tal vez lo unico que de verdad me inquieta sea eso: que me cuentes una cosa asi y me quede tan fresco.

Mateo se mordio el labio inferior.

– Crees que nos hemos vuelto insensibles, ?verdad?

– Insensibles, no… Pero hemos partido el queso por la mitad y actuamos en consecuencia.

– ?Te parece que no tenemos derecho a ello?

– Por favor, Mateo… Ha corrido tanta sangre, que hablar de derechos resulta un poco ironico.

Mateo reflexionaba.

– Bueno… hay un hecho irrebatible: salimos todos al ruedo y nosotros hemos ganado.

– Si, ya lo se… Pero ahora viene lo mas dificil: justificarnos a nosotros mismos.

Mateo hizo un gesto ambiguo. Penso que, de hecho, Ignacio le habia puesto las 'pegas' que andaba

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