– Yo pienso ampliar la fabrica de mi padre.

– ?Fabrica de que?

– De sabanas y de panuelos. El pobre se ha quedado muy Pachucho y necesita un empujon.

Otro dijo:

– A lo mejor mi hermano y yo abrimos una joyeria en el Paseo de Gracia. Despues de la guerra las mujeres piden joyas caras, ?no es eso?

El alferez Colomer, el que estuvo interno en el Collell, donde conocio a Cesar, ironizo:

– Yo quiero dedicarme a fabricar medallas.

– ?Por que medallas?

– Porque me huele que nos pasaremos unos cuantos anos condecorandonos unos a otros.

Habia excepciones raras, como la de un muchacho de Vich, apellidado Bayeres, que decidio dar la vuelta al mundo. Le habia tomado gusto al aire libre y no se imaginaba otra vez en su pueblo, tan clerical. Se largaria a America, o a Asia. '?Cualquiera me encierra a mi ahora en un piso con tres habitaciones!'.

?Y Moncho? Moncho… era Moncho. Lamentaba horrores separarse de Ignacio, pero no descartaba la posibilidad de que sus existencias volvieran a coincidir. Porque su idea era terminar la carrera de Medicina y luego abrir consulta en alguna capital de provincia que no fuera precisamente la suya, Lerida. '?Me comprendes, Ignacio? Dejame sonar… Dejame sonar que siento plaza en Gerona. ?No me dijiste que los rojos mataron alli a casi todos los medicos?'.

Tal perspectiva encandilo a Ignacio.

– ?Brindemos para que ese sueno se realice!

– ?Brindar? ?Con que?

– No se… Con lo que haya por aqui.

– No hay mas que leche.

– ?Pues brindemos con leche!

Mientras llenaban los vasos, Ignacio anadio, de sopeton, cambiando el tono de voz:

– Moncho, ?puedo hacerte una pregunta?

– Naturalmente…

– ?Crees, como creo yo, que Espana va a ser ahora mejor?

Moncho se bebio la leche de un sorbo. Luego se relamio los labios.

– Chico -contesto, al cabo-, ya sabes que las profecias no se me dan bien…

Cacerola, al oir esto, sonrio en silencio. ?Cuanto echaria de menos las sutilezas de Ignacio y Moncho! ?Habia aprendido tanto con ellos! El no sabia nada. No tenia la menor idea de lo que haria en el futuro ni tampoco de si Espana seria mejor o peor. Desde luego, que nadie le hablara de volver al campo. Tal vez estudiara algo por correspondencia: Radiotelegrafia, Correos… A lo mejor solicitaba el ingreso en la Guardia Civil.

– ?Eh, Ignacio! -grito alguien-. ?A las doce en punto sale el camion del suministro!

– ?Gracias! Lo tomare…

El sargento furriel lo llamo.

– Tendras que entregarme el fusil, la cazadora y el gorro.

– ?Oh, claro!

– Y las botas…

– A tus ordenes, sargento. ?Y los pantalones?

– Quedate con ellos.

Al entregar el fusil Ignacio recordo, con repentino sobresalto, el momento en que, emborrachado por la lucha en la llamada 'Bolsa de Bielsa', disparo y vio caer a un hombre. ?Lo habria matado? Ahora entregaria la mitad del alma para que no hubiera sido asi.

A mediodia tuvo lugar el ultimo acto colectivo a que Ignacio asistiria. La Compania de Esquiadores celebro una misa en sufragio del alma del gran heroe de la aviacion 'nacional', Garcia Morato, quien habia perdido la vida estupidamente, el 4 de abril, estrellandose al tomar tierra en el aerodromo de Grinon. El pater, en su platica, dijo: 'Estos son los inescrutables designios de Dios. Garcia Morato, con su divisa Vista, suerte y al toro, desafio mil veces a la muerte durante la guerra, contra aviones de todas las nacionalidades. Siempre salio airoso. Y he aqui que, terminada la guerra, se estrella en el suelo. Hermanos mios, queridos soldados esquiadores, no olvideis la leccion'.

Saltando de camion en camion, tardo unas diez horas en llegar a Gerona, debido a los puentes hundidos y a los desvios, en los que trabajaban grupos de prisioneros. Uno de los choferes le dijo:

– ?A Gerona te vas? ?Ni forrado de oro! Aquello es un cementerio.

Ignacio barboto, tirando la colilla por la ventana:

– ?Tu que sabes…!

A las diez de la noche llego a la plaza del Marques de Camps y se dirigio andando hacia su casa, hacia el piso de la Rambla. Al subir la escalera el corazon se empenaba en salirsele del pecho. ?El hogar! ?Por que esta palabra le impresionaba tanto?

Su entrada fue triunfal. Vitores, besos, aplausos. '?Ignacio! ?Ignacio!'. Carmen Elgazu grito: '?Aleluya!', y Matias Alvear, inesperadamente, levanto el brazo y le dedico un saludo fascista, alegando que lo hacia tantas veces, que ya levantaba el brazo incluso cuando entraba en Telegrafos. En cuanto a Pilar, despeino al muchacho repetidas veces, riendo y exclamando: '?Cuidado que eres guarro! ?Voy ahora mismo por champu!'. Eloy, el pequeno Eloy, se dejo izar por Ignacio a la altura del pecho, sin llegar a comprender del todo que el recien llegado formara parte de la familia.

Ignacio traia consigo… una maleta de madera identica a la que trajera un dia su primo Jose. Al abrirla, brotaron de su interior una ristra de salchichones, botes de mermelada, cartas Que habia recibido en el frente, la chapa de combatiente -se la regalo a su madre- y la insignia de esquiador, que pudo escamotear y que pensaba conservar como recuerdo. Aparte, en un voluminoso paquete, ?la radio que requiso! Era alemana, ultimo modelo. Se la regalo a su padre, Matias Alvear, quien la coloco en el rincon del comedor preparado al efecto. Pilar quiso enchufarla en el acto y fue un fiasco. No funcionaba. Matias se acaricio el menton y dijo: '?Y la tecnica alemana, pues?'.

Carmen Elgazu intervino:

– Tambien yo te he preparado un regalo, hijo. Entra ahi…

Ignacio entro en su cuarto, que compartiria con Eloy, y en un pedestal entre las dos camas vio una imagen de San Ignacio con una mariposa encendida. ?Decididamente, estaba de nuevo en su hogar!

Esta idea, subitamente, lo sobrecogio. La vez anterior, sabiendo que el permiso que le habian dado era tan corto, apenas si se fijo en nada. Estuvo pendiente de los suyos, de Marta y del desasosiego del momento. Ahora, sabiendo que iba a quedarse, todo adquiria otra dimension, a semejanza de lo que les ocurria en el frente cuando debian atrincherarse en un lugar determinado para pasar una temporada.

Ignacio decidio tomarse veinticuatro horas antes de presentarse al que en adelante seria su jefe, el Gobernador Civil y Jefe de Fronteras, camarada Davila, cuya fama de caballerosidad habia llegado hasta Ribas de Fresser. Una jornada entera que emplearia en deambular, en hacer las visitas de rigor y en arreglar el importante asunto de reclamar en el Banco Arus los haberes que le correspondian.

Durmio a pierna suelta y al dia siguiente, se puso el unico traje que tenia, azul marino -Pilar, al verle, exclamo: '?Pero si te sienta de maravilla!'-, y se calzo unos zapatos puntiagudos, brillantes. Se desayuno, pellizco en la mejilla a Carmen Elgazu y salio a la calle. Tenia una idea fija: ir a la barberia. A que le cortaran el pelo y lo afeitaran como Dios mandaba. ?Que voluptuosidad! Le hubiera gustado una barberia de lujo, pero no la habia en Gerona; entonces se decidio por lo opuesto y se fue a la de Raimundo, en la calle de la Barca. Raimundo, que seguia aficionado a los toros y que habia quitado ya el cartel que decia 'Se afeita gratis a la tropa', al verlo exclamo: '?Pero si es el ilustre Alvear! ?Sabes que la guerra te ha sentado bien?'.

La tarea mas minuciosa fue el arreglo del bigote. Ignacio se puso exigente. Se acerco varias veces al espejo palpandose los rebordes. 'Por favor, Raimundo. Has perdido facultades…' El momento del masaje fue el mas solemne. Pareciole que el pano caliente y el Floid acababan definitivamente con su vida de cuartel, con los colchones de crin y con los piojos. '?Servidor, almirante!'. Raimundo llamaba almirante a todos los clientes 'nacionales'.

Al salir de la barberia, como nuevo, experimento una sensacion de plenitud. ?A quien visitaria primero? ?Por Dios, que pregunta! ?Acaso no tenia novia? ?Es que no estaria Marta esperandolo?

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