– Comprendalo, profesor… Me encuentro solo en Auditoria. Mis companeros 'de oficio' no quieren complicaciones. Se limitan a levantarse y decir: 'Pido para el acusado la maxima clemencia', sin aportar testigos a su favor ni atenuantes de ninguna clase.

– Te comprendo, Manolo. Pero no vayas a creer por eso que tu papel es el peor. ?Conoces al alferez Montero?

– Si, es amigo mio.

– Pues dile que te cuente… Cuando le toca mandar el piquete de ejecucion, ha de acercarse luego a los fusilados y pegarles el tiro de gracia…

– Lo se, profesor. Pero el no hace mas que obedecer. Yo, en cambio, participo en los procesos y me siento responsable…

– ?Por que? Haces lo que puedes, ?no?

– No lo se…

– Me consta que has conseguido mas de una absolucion.

– Exactamente, dos.

– ?Te parece poco?

– ?Bah! Las sentencias son absolutamente arbitrarias. El mismo delito igual puede ser castigado con seis anos que con doce anos.

– Es muy natural.

– ?Natural?

– Claro… La arbitrariedad forma parte del juego. Cuando se juzga con impunidad, cualquier factor puede variar la sentencia. La prisa del Tribunal; una buena o mala digestion; si el dia esta nublado o hace calor…

Manolo se servia mas conac y se lo tomaba de un sorbo.

Dialogos agobiantes… Dialogos que acababan siempre con una alusion a la indiferencia que, pese a la gravedad del asunto, mostraba la poblacion gerundense por lo que sucedia en Auditoria y en el cementerio. Si, Manolo habia comprobado que la gente se desentendia por completo del tema, lo mismo que se desentendia de lo que pudiera pasarles a los exiliados. ?La historia de siempre! Los vencidos formaban un mundo aparte, virtualmente sepultado.

Tambien ahi el profesor Civil intervenia con precision.

– Eso es tambien natural… Cuando las personas han sufrido con exceso o tienen miedo, rehuyen los problemas ajenos, los simplifican. Las guerras son el invierno, ?comprendes, Manolo?

– Si, claro…

No podia decirse que Manolo saliera del hogar del profesor Civil con el problema resuelto. Ni siquiera se sentia confortado. Pero por lo menos recababa fuerzas para callarse en publico por espacio de dos o tres dias.

Lo malo era que al regresar a su casa sus hijos volvian a preguntarle: 'Papa, ?cuando volveras a llevarnos a hombros?'. Lo contrario de lo que ocurria en casa del profesor Civil. Alli, en cuanto Manolo habia salido, el profesor se dirigia al cuarto de su esposa. Y esta, que desde la cama no se habia perdido una silaba de la conversacion sostenida por los dos hombres, le reprendia carinosamente:

– ?Por que le has dicho que en cuanto una persona ha sufrido con exceso se desentiende de los demas? Tu has sufrido mucho y me cuidas que es un primor.

El profesor Civil estaba en lo cierto: la arbitrariedad era la nota descollante de los juicios sumarisimos. Pero ello no podia aplicarse exclusivamente a las personas que integraban el Tribunal. Eran tambien arbitrarios los fiscales, los testigos de cargo… y los propios acusados.

?Cuantas reacciones imprevisibles! Sin ir mas lejos, ahi estaba el caso de Jose Luis Martinez de Soria, hermano de Marta, que solia ejercer de 'acusador'. No era de ningun modo, como Manolo suponia, una maquina automatica, implacable. Precisamente el muchacho se dejaba influir por elementos tan inefables como la simpatia o la antipatia, lo que lo afianzaba mas que nunca en sus creencias sobre el aleteo de Satanas en torno al espiritu de los hombres. Para citar un ejemplo, el muchacho no olvidaria nunca lo que le ocurrio en el transcurso del juicio celebrado contra una bellisima muchacha llamada Elena, del pueblo de La Bisbal. Viendola en el banquillo, fue tal su estremecimiento, que sobre la marcha escamoteo mas de la mitad de los cargos que habia acumulado contra ella. Y le salvo la vida. Ahora el recuerdo de Elena consolaba a Jose Luis mas de una noche, lo reconciliaba consigo mismo y cada vez que se confesaba con el padre Forteza, tenia que morderse la lengua para no suplicarle al jesuita que, cuando visitara la carcel de mujeres, le explicara a la chica lo que por ella habia hecho.

Algo parecido podia decirse de los testigos de cargo. ?Por que algunos de ellos, inesperadamente, en el momento de la verdad, se sentian invadidos por una oleada de compasion y declaraban en favor del acusado? Todo el mundo recordaba al respecto lo que le ocurrio a la viuda de un propietario asesinado en el pueblo de Vidreras. La mujer habia sido citada para que, por mero formulismo, identificara a uno de los milicianos que habian participado en la detencion y asesinato de su marido. La mujer lo reconocio en el acto, con solo verlo. Si, era el. Aquel hombre estuvo en su casa, una noche de luna. En la Sala se hizo un silencio que bien podia llamarse, por esa vez, sepulcral. Pues bien, la viuda, subitamente incitada por algo superior al resentimiento, de improviso, musito, con voz apenas audible: 'No, no conozco a este hombre'. El Tribunal se quedo estupefacto y el reo, que al principio abrio desmesuradamente los ojos, de pronto rompio a llorar de forma desgarrada. Luego, la viuda, de regreso al pueblo, declaro: '?Quien soy yo para condenar a muerte a alguien?'.

?Y los acusados?… Los habia que entraban en la Sala temblando, absolutamente derrotados, y que luego, a medida que iban escuchando el pliego de cargos, iban serenandose y acababan oyendo la sentencia con una sonrisa casi ironica. Por el contrario, otros, de apostura desafiante, de pronto empezaban a palidecer y al final sufrian un desmayo o se humillaban desesperados pidiendo perdon.

Alguien creia saber que los acusados mas valientes acostumbraban a ser los del litoral, muy por encima de los de montana. ?Seria ello cierto? ?El yodo del mar infundiria valor a los hombres? ?Y seria cierto que las mujeres demostraban, por lo general, mayor entereza?

Secretos del corazon humano, que tal vez el doctor Chaos, si se le daba otra oportunidad, revelaria en alguna de sus charlas…

A lo largo del mes de junio fueron juzgadas varias personas muy conocidas en la ciudad.

La primera de ellas, el coronel Munoz, el cual al finalizar la contienda se encontraba en una fonducha de Alicante, dudando entre pegarse o no pegarse un tiro. El coronel fue localizado en esa fonda, identificado y enviado a Gerona, donde se le juzgo -a puerta cerrada, puesto que pertenecia a la Masoneria- una manana de nubes bajas… Dada su condicion de militar que boicoteo el Alzamiento, no disfruto de ninguna eximente, unicamente fue informado de que 'si denunciaba a otro mason que no figurase en el fichero' ello podria servirle de atenuante. El coronel Munoz no tomo en consideracion la propuesta y fue condenado a muerte y ejecutado. Su muerte fue poco ruidosa. De hecho, apenas si se enteraron de ella media docena de gerundenses. El hombre, gris a pesar de todo, habia sido olvidado.

La segunda persona juzgada fue Alfonso Reyes, el ex cajero del Banco Arus. Ahi la sorpresa fue mayuscula. El hombre estaba convencido de que el fiscal de turno, un teniente llamado Barroso, no podia acusarlo sino de haber pertenecido a Izquierda Republicana y de haber levantado el puno con ocasion de algun desfile. Y se equivoco. Alguien, no se sabia quien, le habia denunciado como participante en la quema de varias iglesias y como delator de varias personas derechistas, entre ellas, el senor Corbeta, que murio fusilado al lado de Cesar.

Alfonso Reyes protesto e Ignacio, que habia solicitado testimoniar en favor de su amigo, hizo cuanto pudo para poder entrar en la Sala. Hubiera querido decir: 'Todo eso es falso. Le conozco bien. Tenia sus ideas, pero no denuncio a nadie ni quemo ninguna iglesia. Y a mi me favorecio. Era simplemente de Izquierda Republicana'.

Ignacio no consiguio entrar… Y el defensor de oficio se limito, segun la costumbre citada por Manolo, a levantarse y a decir: 'Pido para el acusado la maxima clemencia'. El Tribunal condeno al amigo de Ignacio ?a la pena de veinte anos y un dia!, a cumplir en la penitenciaria de Alcala de Henares, donde, segun noticias, los reclusos se dedicaban a tallar cruces de madera con destino a las escuelas.

La mujer de Alfonso Reyes, tambien en la carcel, quedo anonadada. En cuanto al hijo de ambos, Felix, recogido en Auxilio Social, despues de llorar inconsolablemente, le pregunto al profesor Civil: '?Y ahora que voy a hacer?'. El profesor le contesto: 'No te preocupes. Cuidaremos de ti'.

El tercer juicio, el mas popular de cuantos se celebraron en la ciudad, fue el de los hermanos Costa. Los hermanos Costa, confirmando los rumores que circulaban al respecto, decidieron regresar a Espana y saldar cuentas. En la frontera fueron esposados y luego conducidos a Gerona, entre dos guardias civiles. Gracias a las

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