Todos, excepto Pablito, la habian conocido en la zona 'roja' y habian visto ametralladoras, milicianos y aviones de bombardeo. Algunos hablan quedado sin hogar -la casa destruida- y la mayor parte habian presenciado la huida a Francia del Ejercito 'rojo' derrotado; pero sus mentes solo habian registrado lo que en todo ello habia de subversion, de rotura y desconcierto; poca cosa mas. La idea de 'grandeza' les era tan ajena como podia serlo para las estrellas la idea de 'firmamento'. Respondian al toque de los cornetines, al ondear de las banderas y cantaban a pleno pulmon los himnos; pero su entusiasmo era instintivo, con dosis de admiracion por el orden reinante, despues del caos que los rodeo a lo largo de tres anos. Ya no pasaban hambre. Ya no oian blasfemias. En los escaparates habia luz electrica y el alcalde llevaba chistera. Hasta los perros engordaban. Pero seria preciso una dura labor para hacerles comprender que debajo de aquel cambio latia algo mas que el triunfo del mas fuerte o que el fin inevitable de un ciclo. El sufrimiento habia sido excesivo para aquellos espiritus en embrion, por lo que a menudo adoptaban ahora, sin darse cuenta, actitudes defensivas. Si, les roia por dentro un punto de amoralidad, de cinismo, o de repentina indiferencia. Eloy, por ejemplo, el 'renacuajo' de los Alvear, que se habia convertido en el asistente de Mateo, en una ocasion habia mirado la pistola que este llevaba en el cinto y le habia preguntado: 'Pero ?tu has matado a alguien?'.
Un muchacho del pueblo de Llers, pueblo que habia volado practicamente a consecuencia de una explosion, una noche se dedico a cortar con una navaja cabritera las cuerdas de varias tiendas por el simple placer de verlas desplomarse. Y el benjamin del Campamento, llamado Ricardito, pese a ignorar lo que eran las privaciones, pues su padre habia sido jefe de Suministros, se dedicaba a aplastar lagartijas con la punta de la alpargata y cuando le mandaban algo miraba con desparpajo y preguntaba: '?Y eso por que?'. En otro orden de cosas, de repente un grupo de chavales le formulaba a Mateo preguntas absurdas, como por ejemplo si era cierto que los ninos alemanes no estaban nunca enfermos.
Pese a todo, Mateo, curtido por tantos avalares, tenia plena confianza en que el tiempo y el metodo salvarian todas las vallas psicologicas que se opusieran a su tarea. El optimismo lo ganaba sobre todo a la hora en que los cien chavales se banaban, gritando y braceando con una alegria incontaminada, bautismal y, mas aun, a la noche, cuando cada escuadra encendia una fogata delante de la tienda correspondiente. Mateo entonces, mientras acariciaba la cabeza casi rapada de Eloy, contemplaba la ceremonia y sentia que se le esponjaba el alma. Recordaba noches vividas por el en el frente, otras fogatas; y los rostros iluminados de los chicos y el temblor de las llamas le repetian como un estribillo: 'Seran mios, seran nuestros. Se canalizaran sus sentimientos. Nadie nos podra arrebatar esa juventud'.
Por descontado, el muchacho tuvo un acierto de enfoque que por si solo denotaba que la 'politica', con pesar sobre el mucho, no lo habia deshumanizado. Procuro no exagerar en su plan de catequesis. Precisamente el comportamiento de sus pupilos le demostro que estos eran 'hombres' y no un amasijo de reflejos. De ahi que programo en el Campamento, para cada jornada, un setenta por ciento de actos de libre expansion y un treinta por ciento de disciplina. No mas. Su lema fue: 'Si esos chicos han de encauzarse a traves de la Falange hacia puestos importantes, ?que menos puedo hacer que conocer sus inclinaciones temperamentales?'.
Mateo fue fiel a este lema. Desde el primer dia puso manos a la obra. Quiso conocer uno por uno a los muchachos que poblaban las laderas de San Telmo. Confecciono un cuestionario, que los chicos habian de rellenar de su puno y letra. Hizo preguntas a granel y anoto las respuestas. Observaba la expresion de los rostros al oir determinados vocablos, al experimentar fatiga e incluso al contemplar el mar. Llevaba un fichero que el, de acuerdo con su lexico, calificaba de 'caliente y directo'. Y cabe admitir que tal fichero habia de resultarle de gran utilidad.
Por de pronto, llego a la conclusion de que -como ocurria con los detenidos al presentarse ante el Tribunal, en Auditoria de Guerra- los chicos provenientes de pueblos de la costa eran mas avispados e imaginativos que los de la montana. Tal vez incluso fueran mas valientes o estuvieran mejor predispuestos a enrolarse en una aventura. Tambien observo que los mas delgados sonaban en voz alta y que los que siempre tenian sed eran los mas eroticos. Porque, esa fue una de las plagas con las que Mateo tuvo que enfrentarse: la masturbacion. Habia horas en que los muchachos desaparecian por entre la arboleda con cualquier pretexto y de pronto, como si les picara una culebra tan vieja como el mundo, miraban a hurtadillas, cerciorandose de que no los veia nadie, y cometian el pecado solitario. Mateo reflexiono mucho sobre el particular y al final, por decision propia, se abstuvo de intervenir. ?Que el doctor Gregorio Lascasas lo perdonara! Como hubiera dicho el camarada Davila, era aquello un desahogo natural que escapaba tambien a las ordenanzas. Otro hecho le llamo especialmente la atencion: existian diferencias fundamentales entre los chicos que tenian madre y los chicos que la habian perdido. Ello lo afecto enormemente, puesto que el, Mateo, perdio la suya en la ninez. A los que carecian de madre se los veia un tanto huidizos, como si los oprimiese una vaga inseguridad. A veces se encolerizaban sin ton ni son; y es que estaban mas necesitados de proteccion y de afecto. No comprendian que, a la llegada del correo, sus companeros, al reconocer en el sobre la letra de la madre o al leer en el remitente su nombre, dijeran '?bah!', y abrieran con desgana la carta. ?Si ellos hubieran podido recibir otra igual! Mateo comprobo que no tener madre era una terrible mutilacion, un lastre que impedia a los muchachos alcanzar en su yo mas profundo la plenitud y que en un momento dado los llenaba de incontenible tristeza.
Al margen de esto, Mateo, sin darse cuenta, presto especial atencion a las fichas correspondientes a los chicos de Gerona, de la capital. Y de ellas, varias lo sorprendieron hasta el punto de hacerle rascarse la negra cabellera. Con Eloy no le ocurrio eso. Su trayectoria estaba clara: el chico queria darle al balon, ser futbolista y no le interesaba sino tener amigos, crecer fuerte como un roble y aprender a caerse sin hacerse dano. Tampoco lo sorprendio la ficha de 'El Nino de Jaen': no habia conflicto. El gitanillo, gran triunfador en la Piscina el 18 de julio, queria bailar. Su cintura se cimbreaba por si sola, su cuerpo adoptaba posturas armonicas, convertia en castanuelas los guijarros y, chascando con los dedos, improvisaba toda suerte de ritmos. 'El Nino de Jaen', con su mechon de pelo en la frente y el color violento de los panuelos que utilizaba, era un poco el duende del Campamento y se habia convertido por derecho propio en la figura mas popular.
En cambio, Mateo se llevo una gran sorpresa con Felix, el hijo de Alfonso Reyes, el ex cajero del Banco Arus. El muchacho, que se encontraba en el -Campamento por recomendacion de Ignacio, escuchaba con semblante hosco todas las platicas politicas, lo cual era logico, dado que su padre sufria carcel en Alcala de Henares, donde, para redimir penas, tallaba tambien, como los demas presos, crucifijos; pero se pasaba el dia elaborando figuras de madera y dibujando. Dibujar era sin duda su obsesion. Siempre llevaba en los bolsillos lapices y gomas de borrar. Pero en sus trabajos hacia gala de una inventiva portentosa, como si quisiera evadirse o fundir unos con otros los elementos de la realidad. Cuando dibujaba el mar lo llenaba de bicicletas y no de barcos. Cuando dibujaba las picudas tiendas de campana colocaba en ellas escudos de rara simbologia. Y si alguna vez se atrevia con un rostro humano, lo llenaba de ojos. Ojos en la frente, en las mejillas, y uno muy grande en la barbilla. ?Que es lo que Felix queria ver? Tal vez la razon por la cual su madre estaba en la carcel y su padre tallaba crucifijos.
De todos modos, la sorpresa por antonomasia se la dio a Mateo el hijo del Gobernador, Pablito, quien con sus quince anos cumplidos era el chico de mayor edad en la montana de San Telmo. En el cuestionario habia puesto que queria ser 'un hombre'. La palabra sonaba a reto; pero Pablito no era fanfarron. Al contrario, siempre se lamentaba de que, por ser hijo de quien era, los demas chicos lo tratasen con deferencia, o no se atrevieran a intimar con el y que algunos incluso lo adulasen. Era alto y rubio -orgullo de Maria del Mar- pero no se acicalaba, sino todo lo contrario. Llevaba la camisa azul mas sucia del Campamento y ya el primer dia abollo la cantimplora. Mateo se desvivio por penetrar en los entresijos de su rebeldia pero fue inutil. El propio Pablito ignoraba por que era asi y no de otra manera. Habia cursado ya el cuarto ano de Bachillerato y sabia muchas cosas, pues de pasada era un memorion. Tenia dotes de mando, pero prescindia de ellas, como si sintiera por lo castrense una alergia casi rabiosa. Nunca hablaba de su padre. Mateo habia llegado a la conclusion de que durante mucho tiempo lo habia admirado el maximo, considerandolo un heroe; pero que ahora en su interior le censuraba que disfrutara de tanto poder.
– Pablito, ?que significa eso de 'quiero ser un hombre'?
– Pues eso, un hombre. Como los demas, pero a mi manera.
– ?No ves ahi una contradiccion?
– No.
– ?Por que te has retrasado para ir a la playa?
– ?Si, he de dar ejemplo, ya se! Pero estaba alla arriba, haciendo pis.
– Duermes mal, ?verdad?
– Depende. Tengo la impresion de que ronco y de que molesto a los demas.
