Ignacio, inesperadamente, fue incorporandose con lentitud gimnastica y por fin dio media vuelta y se quedo sentado. Y miro a lo lejos.
– Es imposible no creer en Dios mirando el mar.
La respuesta gusto tanto a Ana Maria, que esta imito al muchacho y se sento a su vez, situandose justamente a su lado.
– Sigues siendo un adorable farsante. ?Donde aprendiste lo que acabas de decir?
Ignacio se rio, halagado.
– En ese asunto me ayuda mucho un jesuita que hay en Gerona: el padre Forteza.
– ?Ah! ?Si? ?Lo tratas mucho?
– Nunca he hablado con el. Pero lo veo… y es bastante. Tarda tres cuartos de hora en decir la misa. ?Si te descuidas, te hace santo para toda la vida!
Ana Maria se volvio hacia Ignacio y lo miro a los labios intensamente, con un ligero temblor.
– No me gustaria que fueras santo… -dijo la muchacha.
Ignacio miro a su vez los labios de Ana Maria, rojos y humedos:
– Espero no caer en semejante tentacion.
Ana Maria, que habia ido estudiando a Ignacio con mucho detenimiento, llegados a este punto se dijo: 'basta'. Miro tambien a lo lejos, al mar. Y tuvo dos intuiciones. La primera, que Ignacio el proximo invierno haria muchos viajes a Barcelona, pues ella se encargaria de rogarle al Cristo de Lepanto que el Servicio de Fronteras lo mandara alli en vez de mandarlo a Perpinan. La segunda se referia a algo mas contundente: Ignacio, cuyo aspecto era noble pese a sus bravatas -y pese a su albornoz-, seria para ella. No sabia como y sin duda deberia luchar fuerte contra Marta. Pero algo le decia que Ignacio al final, con o sin dinero, seria suyo, y esto era lo principal. Claro que deberia obrar con astucia y pedirle algun consejo a su amigo Gaspar Ley y, mejor aun, a la esposa de este, Charo. Y dejar de escribir simples postalitas y llenar hojas y mas hojas, en papel muy femenino, poniendo intencion en cada palabra. Pero no la asustaba ese menester. Si hacia gimnasia sueca para conservar la linea, ?por que no habia de hacer gimnasia espanola para conquistar a Ignacio?
– Estoy contenta, Ignacio. He sacado la conclusion de que, pese a todo, la guerra te ha mejorado. Eres menos desconcertante. Te has propuesto una meta y a ella vas. Eso inspira una gran confianza.
– ?Ah, no te quepa la menor duda! ?Te vienes al agua otra vez?
Permanecieron alli, en el agua y en la arena, hasta que, a eso de las dos y media, Ana Maria vio llegar por el Paseo, majestuosamente, un coche gris, bastante parecido al que en Gerona usaba dona Cecilia para ir a la peluqueria y a las mesas petitorias.
– ?Mis padres! Ahi vienen…
Ignacio pego un salto y se puso en pie, enredandose con el cinturon del albornoz.
– Me voy pitando…
– ?Bueno! No tan de prisa…
– Si, si, me voy…
– No te vayas. Quedate por ahi cerca… -Ana Maria anadio-: Donde pueda verte aun.
Se dieron la mano, un tanto precipitadamente.
– ?Hasta cuando estareis en San Feliu?
– Hasta fin de mes, creo.
– Volvere.
– No quiero crearme ilusiones…
– Escribeme.
– Descuida…
Ignacio se separo. Se fue hacia las rocas silbando. Acabo sentandose en ellas, cerca de los guardias, a los que saludo.
– Mucho calor, ?eh?
– Figurese… -Uno de los guardias se palpo la manga del uniforme y luego, enderezando el indice, senalo su tricornio.
Desde aquel punto exacto Ignacio pudo contemplar a placer como los padres de Ana Maria bajaban del coche gris. Don Rosendo Sarro: el hombre que olia los negocios y que hacia un viaje semanal a Madrid, era alto, deportivo. En efecto, no se le notaba la Carcel Modelo y tenia sin duda autoridad personal. Saco del interior del coche una enorme cesta de mimbre. La madre estaba mas achacosa y tenia, pese al veraneo, la piel de color de leche.
Ana Maria no se levanto siquiera para saludarlos. Los recibio con frialdad, mientras hurgaba con el pie derecho la arena.
Ni siquiera parecio alegrarse cuando el padre abrio la cesta, que por lo visto pesaba lo suyo y que debia de contener la pesca de la jornada. En cambio, la madre hacia muchos aspavientos.
Ignacio, sin saber por que, se sintio a disgusto, como un intruso. Fue a la caseta y se vistio. ?Que calor! Consiguio, en el momento de abandonar la playa, hacerle a Ana Maria una sena de despedida. Y se fue al paseo del Mar, donde un fotografo ambulante lo acoso para retratarlo.
– ?Que no, que no, que no me interesa! -El fotografo se saco del bolsillo un bloc y un lapiz.
– ?Le hago una caricatura?
– Otro dia, amigo…
Ignacio se quedo solo. Le invadio un hambre atroz. Entonces miro hacia la montana de San Telmo, que se erguia a su derecha, salpicada aqui y alla de manchas pardas entre los arboles. Eran las tiendas de campana del Campamento de Verano que Mateo dirigia. Su amigo estaria alli, en su puesto, ensenandoles a los crios, a los soldaditos de plomo, a llamarse 'acto de servicio' y 'Alcazar de Toledo'.
Emprendio viaje en aquella direccion. Volvio a silbar, como si estuviera contento. Ataco la cuesta sin dificultad. ?Seria cierto que la guerra lo habia mejorado? Fisicamente, desde luego. Acostumbrado a las caminatas de Esquiadores, sus piernas le obedecian. De pronto advirtio que al caminar 'marcaba el paso' y modifico el ritmo. A medida que ganaba altura, el mar abajo se le aparecia mas transparente. Volviose y miro hacia la playa que acababa de dejar. Penso que uno de aquellos puntitos que veia seria Ana Maria y canturreo, pensando otra vez en Esquiadores, en las canciones a la luz de la luna:
Si te quieres casar con las chicas de aqui tendras que irte a buscar capital a Madrid…
Por fin llego a la puerta de entrada al Campamento. Dos flechas montaban la guardia. Un cartel colgando entre dos pinos decia: 'CAMPAMENTO JUVENIL ONESIMO REDONDO'.
Ignacio no se habia equivocado al suponer que Mateo estaria alli, en su puesto. Mateo se habia tomado tan a pecho la idea de conseguir un Campamento modelo, que lo habia previsto todo; desde el emplazamiento en aquella montana -ideal, por cuanto una ermita se alzaba en la cumbre y los vientos eran sanos y estimulantes- hasta el suministro, que se efectuaba a diario desde Gerona por medio de camiones. Habia escalonado y distanciado a proposito las tiendas para que los muchachos al subir y bajar para ir de una a otra pisotearan los matorrales y fueran creando nuevos caminos; pero desde cualquiera de dichas tiendas se rozaban los arboles con la mano y se veian el puerto de San Feliu en la hondonada y a la derecha la inmensidad azul.
Mateo habia reclutado en Gerona y provincia unos cien muchachos de la mas diversa procedencia social, a los que dividio por escuadras. Le interesaba precisamente la heterogeneidad. Que Pablito, el hijo del Gobernador, se codeara con huerfanos atendidos en Auxilio Social y con 'El Nino de Jaen'. Era preciso que el aire libre, la camaraderia y la extroversion propia de la edad barrieran en lo posible las diferencias. Aquel ensayo seria la piedra de toque para, en anos proximos, multiplicar los Campamentos a lo largo del litoral, organizando en cada uno de ellos los consabidos turnos.
Mateo, antes de salir de Gerona, le habia dicho a Pilar: 'Voy a ver si consigo meter en la cabeza de esos muchachos unas cuantas ideas basicas'; es decir, tambien en eso Ignacio habia imaginado certero. Pilar le habia contestado: 'De acuerdo. Pero prometeme que una vez al dia te acordaras de que existo'.
Mateo, pues, se habia ido de Gerona ilusionado. Le encantaba, desde luego, enfrentarse con el alma juvenil y sonaba -tal como Pilar le dijera a Marta en el tren, en el reciente viaje a Barcelona- con tener muchos hijos para moldearlos a su gusto. Los ojos iluminados de los ninos, en los que podian escribirse las mas hermosas palabras, lo estimulaban en esa direccion. Pensar que aquellas vidas formarian mas adelante la promocion que gobernaria a Espana, lo estremecia de responsabilidad. Sin embargo, habia comprobado en seguida que existia un obstaculo: aquellos ninos, sin duda por inmadurez, habian vivido la guerra pero no habian calado hondo en su significado.
