?Para que? Pero continuaba ocupandose de los que morian en los hospitales franceses, de las mujeres que esperaban en la carretera el regreso de su 'hombre' y seguia trayendo para Espana, en cada viaje, un monton de cartas, que de este modo salvaban la censura, puesto que Ignacio las echaba en cualquier buzon de Figueras o Gerona.
Hablo con el coronel Triguero y este, que rebosaba buen humor, le dijo: 'La semana proxima tomate un par de dias de vacaciones y vete donde quieras a remojarte el trasero. Pero llevate albornoz, porque tengo entendido que hay guardias civiles custodiando las playas'.
Era cierto. La requisitoria del senor obispo sobre la moralidad en la costa habia traido consigo ese bando del Gobernador. Parejas de guardias, fusil al hombro, se turnaban vigilando. Habia que enfundarse el albornoz nada mas salir del agua, bajo pena de multa a la primera infraccion y de expulsion en caso de reincidencia. Asi, pues, en la postal que Ignacio escribio a Ana Maria le puso: 'Esperame el dia 12. Pero procura tener sobornados a los guardias, porque mi deseo es ver el color de tu piel'.
Llego el dia 12. Ignacio se dispuso a emprender el viaje a San Feliu de Guixols. La excusa que invento para justificarse con Marta y con la familia, fue: deseaba visitar el campamento de verano que Mateo habia instalado alli para los muchachos de las Organizaciones Juveniles. 'Me apetece conocer aquello -dijo-. Ver a Mateo y a sus soldaditos de plomo'. Uno de esos soldaditos era el pequeno Eloy.
Todo el mundo lo estimo natural e Ignacio subio al tren sonoliento que enlazaba Gerona con el pueblo costero.
El trayecto, que habia de durar dos horas cumplidas, le dio tiempo a pensar mucho. Primero se acordo del verano de 1933, durante el cual David y Olga reunieron en San Feliu de Guixols a sus alumnos -embrionaria anticipacion del Campamento de Verano organizado ahora por Falange-, lo que le permitio a el conocer a Ana Maria. La imagen de Olga en banador, saliendo del agua como una diosa, se le clavo de nuevo en la mente con un relieve inusitado: los cabellos alisados, el cuerpo color de aceituna. Al verla, Ignacio se habia estremecido como pocas veces en su vida. Se acordo tambien de que David y Olga hicieron cuanto pudieron, en aquella Colonia, para convencer a sus alumnos de que el alma no era inmortal. ?Con que resultado? El alma seguia siendo inmortal y ahora los maestros, segun la carta de Julio Garcia, se encontraban exiliados en Mejico, editando libros -?que clase de libros?- y probablemente echando de menos la humilde escuela de la calle de la Rutila y los acantilados de la Costa Brava.
Luego Ignacio penso en lo que Gaspar Ley, el flamante director del Banco Arus en Gerona, le habia dicho del padre de Ana Maria, cuando el muchacho fue a la oficina a reclamar sus haberes. ?Por que le incomodaba tanto a Ignacio que Gaspar lo llamara ahora don Rosendo y dijera de el que era 'importante' y 'algo tremendo'? Sin duda gracias a ello Ana Maria podia ahora tumbarse al sol en San Feliu de Guixols.
Luego, penso en Ana Maria. ?Que sentia por la muchacha? Lo ignoraba… En realidad, aparte las postales suyas recibidas, los dos ultimos recuerdos que tenia de la chica eran de signo contrario. Uno, el calido beso que le dio al marcharse el con Moncho a Madrid, a incorporarse al Hospital Pasteur; otro, el anatema con que ella lo fustigo al enterarse, por boca del malogrado mosen Francisco, de la existencia de Marta. La muchacha le dijo, en aquella ocasion: 'Has jugado conmigo de una manera innoble'. La frase parecia zanjar el asunto. Pero Ignacio, ahora, mientras el sonoliento tren iba acercandose a su destino, cruzando por entre los dilatados campos que hacian presentir el mar, tuvo la secreta intuicion de que Ana Maria seguia queriendolo y de que la suerte de todo aquello, ?pese a Marta!, no estaba echada.
Los hechos le dieron la razon. Ignacio llego a San Feliu de Guixols a media manana y se dirigio raudo a la playa de San Telmo. No vio el balandro en el agua, porque no existia; pero vio el balon azul. Y a su lado, ?tapada con albornoz!, pero hecha tambien 'una diosa', a Ana Maria… Y la alegria de esta al reconocer al muchacho se le contagio como a veces en un banco de peces se contagia el panico o el afan de emigrar.
– ?Ignacio! Crei que no venias…
– ?Que estas diciendo? ?No te lo escribi?
– ?Ah, Ignacio, que contenta estoy…!
Ignacio esta vez no habia llegado alli cruzando por debajo del agua la valla que acotaba la zona de pago. Habia llegado por el paseo del Mar, con americana, pantalones y zapatos. Sintiose tan ridiculo vestido de aquella manera bajo el sol abrasador, que le dijo a la muchacha: 'Perdona. Voy a desvestirme y vuelvo'. Alquilo una caseta y a poco reaparecio enfundado tambien en el albornoz reglamentario, albornoz rojo, largo hasta los pies, que tampoco lo favorecia demasiado.
– ?Donde esta tu padre?
– Se ha ido a pescar al rompeolas.
– ?Y tu madre?
– Se fue con el.
A Ignacio lo alegro indeciblemente que Ana Maria se encontrase sola. Se sento a su lado en la arena, bajo un techo de canas. Al sentarse le asomaron las piernas, blanquisimas, y se sintio ridiculo de nuevo. Pero se olvido de ellas. Vio a su lado el balon azul, lo acaricio… y los dos muchachos se pusieron a charlar.
Ana Maria, siguiendo su costumbre, se intereso al momento por la familia de Ignacio. '?Que tal en tu casa? ?Estan bien? ?No hay novedades? ?Que hace Pilar?'. Ignacio le dio los detalles precisos.
– Todos bien… ?En fin! Aparte lo de Cesar, no podemos quejarnos.
Ana Maria asintio.
– ?Sigue tu padre en Telegrafos?
– Si. Con su bata gris… -Ignacio anadio, sonriendo-: Pero al salir se pone el sombrero.
Ana Maria trazaba con los pies nombres imaginarios en la arena. De vez en cuando se volvia hacia Ignacio y lo miraba con fijeza a los ojos.
– ?Y Pilar? Cuentame detalles…
– Pues Pilar esta hecha un bombon. Un bombon falangista, claro…
Ana Maria formo una O con los dedos pulgar e indice, como si fuera a decir: Okey. Luego comento:
– ?Sigue con tu amigo, con Mateo?
Ignacio se sorprendio de que Ana Maria se acordase del nombre de este, y contesto:
– ?Ah, claro! Eso es cosa hecha.
Ignacio estimo entonces indispensable corresponder con Ana Maria y la pregunto por los suyos. Le dijo que ya sabia de ellos por Gaspar Ley, pero en realidad la conversacion con este habia sido breve.
– ?No se resentira tu padre de su estancia en la carcel? ?No estara enfermo o algo asi?
Ana Maria protesto con energia, confirmando con ello los informes de Gaspar.
– ?Enfermo el? ?No! En plena forma… -La muchacha anadio-: ?Hasta que punto! -Y miro el rompeolas, como si desde el lugar en que se encontraban pudiera reconocer la silueta de don Rosendo.
Ignacio, simulando la mayor naturalidad, pregunto:
– ?A que se dedica ahora tu padre?
Ana Maria arrugo el entrecejo. Sin duda el tema le desagradaba.
– No se. ?Negocios! Nunca explica nada en casa.
– Inesperadamente, anadio-: Pero se marcha a Madrid lo menos una vez a la semana.
Ignacio no quiso insistir. Y repentinamente sintio calor y le propuso a Ana Maria meterse en el agua. Ella acepto y se puso un gorrito blanco. Miraron a los guardias -sentados sobre una roca, fumando- y se quitaron el albornoz justo en la orilla. Y entraron en el mar…
?Cuantos recuerdos! Ana Maria, con su gorrito, se fue para adentro. Ignacio la siguio, avanzando tan lindamente que le parecio que esquiaba. Y de repente se zambullo y, como antano, simulo asir a la muchacha de las piernas y tirar de ellas como si quisiera convertirla en sirena. Y Ana Maria se rio. Y su risa sono como si 'El Nino de Jaen' tocara las castanuelas.
Fueron diez minutos de embriaguez, pues el agua, si se convierte en memoria, puede subirse a la cabeza. Flotaba alli cerca una balsa saturada de gente, pero ellos descubrieron un hueco por donde meterse, y desde arriba se lanzaron al mar una y otra vez, ensayando toda clase de figuras. A Ignacio le dio por hacer el payaso, y a Ana Maria por aplaudir. Y de pronto, por desaparecer. '?Adios!', decia. Y se sumergia, se sumergia hasta el fondo, fondo verde y claro, como lo eran sus ojos.
Terminado el bano, regresaron a la arena y se tumbaron boca abajo, un tanto distanciados, pues a Ignacio, viendo fumar a los guardias, le apetecio tambien hacerlo. Y reanudaron el dialogo, esta vez en tono mas intimo.
