iban a la Dehesa. Si, muchos de ellos se iban a la Dehesa, en compania de su baston, y alli se sentaban, en los bancos construidos con piedra milenaria. Parecian esperar la muerte, pero no era asi; en realidad observaban, como hacia Dimas en el frente de Aragon, la minuscula vida animal que pululaba a sus pies, y al propio tiempo estaban pendientes de las bandadas de ninos que inesperadamente brotaban de los arboles y se les acercaban, simulando amenazarlos con pistolas y con punales de juguete.
No faltaban quienes buscaban el alivio del Museo Diocesano, por cuyas salas mosen Alberto, pletorico de entusiasmo -aunque su salud no fuese tampoco la de antes-, se pasaba las horas catalogando las piezas que conseguia recuperar. Recientemente, el Servicio de Fronteras le habia devuelto algunas arcas antiguas, algunos cuadros y un par de imagenes; y, como adquisicion inedita, cabia mencionar que el nuevo comisario de Excavaciones lo habia obsequiado con una calavera encontrada en los alrededores de Ampurias.
Por las calles y aceras la gente hubiera ido gustosa ligera de ropa, pero la intima sensacion de que aquello recordaria la epoca 'roja', la 'groseria' de los milicianos, hacia que todo el mundo procurase guardar la compostura. Todo el mundo, excepto un discreto porcentaje de mujeres, que de pronto aparecieron exhibiendo blusas atrevidas, bajo las cuales asomaba la carne temblorosa. De hecho dichas blusas -blancas, rosas, verdiazules, como las estrellas de los fuegos artificiales- fueron multiplicandose y parecieron aduenarse de la ciudad. Esa era la cuestion.
El senor obispo podia ordenar la separacion de sexos en los banos de la piscina y vigilar el tamano de los slips usados en el Ter; pero el leve temblor de la carne de las mujeres escapaba a las ordenanzas. Tambien escapaban a las ordenanzas el sudor de los enfermos en los pisos sin ventilacion y el martirio de los fogoneros que debian alimentar de carbon las maquinas de los trenes.
Podia hacerse una salvedad: las noches refrescaban un poco. De ahi que las mesas de los cafes, sobre todo de los cafes de la Rambla, se llenasen despues de cenar de hombres que, al igual que los panaderos, salian a fumarse unos pitillos y a charlar. Se organizaban agradables tertulias, dialogos sin prisa, interrumpidos de vez en cuando por las campanadas del reloj de la Catedral, que a aquella hora sonaban con gotica majestad. Ramon, el camarero del Cafe Nacional, contemplando, servilleta al hombro, aquel sosiego, recordaba mas que nunca a Mallorca y tarareaba tactiles notas de Chopin.
Asiduos de esas tertulias solian ser, en una mesa, siempre la misma, el coronel Triguero, que ahora menudeaba sorprendentemente sus visitas a Gerona, y el capitan Sanchez Bravo, el hijo del general. En otra mesa, los sempiternos jugadores de ajedrez, algunos de los cuales habian soportado impavidos, durante la guerra, la apocalipsis de los bombardeos. Y en dos mesas juntas, ya tradicionalmente reservadas, Matias y sus amigos, que en aquellas semanas habian acordado trasladar sus reuniones a aquella hora, para poder dormir la siesta despues de comer.
Los jugadores de ajedrez no veian nada. Pedian un cafe y, absortos en el tablero, a veces tardaban media hora en deshacer el envoltorio del terron de azucar.
El coronel Triguero y el capitan Sanchez Bravo, por el contrario, lo veian todo. Aficionados al alcohol, pedian conac, estiraban las piernas… y hablaban de negocios. ?Que negocios? Nadie lo sabia. Barajaban cifras y nombres raros. Si alguien pasaba cerca, se callaban. En alguna ocasion los camareros y el limpiabotas habian captado palabras sueltas: chatarra, subasta, Sociedad… ?Que diablos significaba aquello? El capitan Sanchez Bravo era el presidente del Gerona Club de Futbol y faltaban pocas semanas para que empezara el campeonato. ?Por que no hablaban nunca de futbol? Los limpiabotas de los cafes hacian muecas de escepticismo: '?Estaria bueno que el presidente olvidara sus deberes para con la aficion…!'.
?Y Matias y sus amigos? ?Por fin parecian haber olvidado la politica! Como si el calor de agosto hubiera arramblado con los discursos patrioticos y con los editoriales de Amanecer. Hablaban de puerilidades, aunque siempre con un poquito de picante. Galindo, el solteron de Obras Publicas, empenado en subir el sueldo de los peones camineros, aparte de preguntar por que el Alcalde no organizaba en la Rambla sesiones de cine al aire libre, como segun noticias habia organizado en sus tiempos Cosme Vila, vivia obsesionado por las mujeres. Matias suponia que los ventiladores de su oficina estarian tambien averiados, como los de Telegrafos. Galindo negaba con la cabeza. 'Comprendame. Soy feo y cobro un sueldo de risa. Las mujeres no me hacen caso. ?Y estan tan buenas! ?Que puedo hacer yo? Ustedes estan casados; pero un seguro servidor…' Todos se mofaban de Galindo, pues sabian que era un mujeriego obstinado y militante.
Marcos, el gallego de Telegrafos, el hombre que se lamentaba de la falta de urinarios publicos en Gerona, afirmaba que por aquellas fechas era simultaneamente feliz y desgraciado. Feliz porque su calvicie absoluta, que tanto lo hacia sufrir normalmente, en aquella epoca del ano era una bendicion. 'No se como pueden ustedes soportar tanta pelambrera'; desgraciado, porque el calor le provocaba terribles diarreas, las cuales lo obligaban a continuar comprando sin cesar medicamentos, variando de farmacia para no llamar la atencion. Galindo atribuia la dolencia de Marcos al miedo que tenia a que su mujer, la 'guapetona Adela', la que queria alternar con las damas de la buena sociedad, le jugara una mala pasada. 'Adela le trae a usted frito, Marcos, confieselo… ?Yo, en su lugar, no la perderia de vista…!'. Eso ultimo era un insulto, pero Marcos no reaccionaba. Era apocado. En casa, mientras Adela se contemplaba en el espejo -a menudo enteramente desnuda-, el se dedicaba a su coleccion de sellos de Ceilan y Madagascar. Se habia especializado en esas dos islas, no sabia por que. Algunas noches Adela, que se aburria en casa, aparecia de pronto en la Rambla, en la tertulia. ?Por todos los santos! Cada vez el sombrero de Matias se elevaba varios centimetros sobre su cabeza. Y cada vez Adela, sentandose a su lado, le decia: '?Sabe usted, Matias, que su Ignacio es un picaron? Ayer me lo encontre y me piropeo como si yo tuviera veinte anos…'
El otro contertulio, Carlos Grote, vivia feliz. Acostumbrado a las islas Canarias, en aquellas noches veraniegas se sentia como el pez en el agua. Cuando llego a Gerona, en invierno, se considero perdido; pero en agosto recobro la seguridad. Tenia mujer y tres hijos y, en su calidad de funcionario de la Delegacion de Abastecimientos, disfrutaba de algunas ventajillas para nutrir la despensa. Era, por otra parte, el mas chismoso y malpensado de la reunion. Siempre llegaba con la trompa llena de noticias… 'La viuda esa, Oriol o como se llame, anda a la caza… ?Y cobrara pieza! Al tiempo'. '?Les parece bien a ustedes eso de los Ejercicios Espirituales? Una semana encerrados, oyendo hablar del infierno. ?Deberian prohibir ese numerito! Y el infierno deberia estar tambien prohibido…' Galindo se ponia nervioso oyendolo. 'Basta, amigo canario… ?Por que no deja usted en paz a la gente y no nos cuenta aquel chiste de la sueca que hacia nudismo en Tenerife?'.
Primer verano de posguerra. Agosto torrido. Morian insectos en los faroles. Jaime, el 'depurado', empujaba por las calles un carrito de helados marca La Mariposa. La idea de Esther, de fundar el Club de Tenis, prosperaba. La idea de 'La Voz de Alerta', de fundar el Tiro de Pichon, prosperaba tambien. En las canteras proximas al cementerio habia empezado a sonar, durante el dia, el martilleo de los picapedreros, indicio de que los hermanos Costa, desde la carcel y valiendose de sus esposas, volvian a cuidar de sus negocios. En el restaurante del Puente de la Barca volvian a servir ranas y eran muchos los gourmets que se acercaban a los viveros y decian, senalando con el indice: '?Esa…! ?Y esa otra tambien!'.
La vida renacia y en consecuencia se oyo de nuevo la palabra 'veraneo'. La gente penso como antano en el placer del mar. Sin embargo, era todo tan reciente que fueron muy pocas las familias que pudieron tomarse unas vacaciones y trasladarse al litoral. El notario Noguer y su esposa alquilaron una casa en el pueblo de Calella. Manolo y Esther se fueron, con sus dos hijos, a San Antonio de Calonge porque les habian dicho que las puestas de sol en la bahia de Palamos eran una maravilla y porque Manolo no abriria su bufete particular hasta octubre. Varios concejales, que subitamente habian salido del anonimo, se fueron con los suyos a La Escala, donde alquilaron barcas, y compraron flotadores y canas de pescar. Apenas nadie mas se ausento de Gerona; y circulaban muy pocos automoviles.
Pero he ahi que 'alguien' salio, volviendo a su antigua costumbre, de la ciudad -en este caso, la ciudad de Barcelona-, y se instalo en San Feliu de Guixols: Ana Maria y sus padres. Ignacio recibio de Ana Maria una postal fechada en aquel pueblo costero tan prenado de recuerdos. 'A ver si un dia tomas el tren y vienes a verme -le decia la muchacha de los monitos uno a cada lado-. Me encontraras en la playa que tu sabes, la de San Telmo, tumbada al sol; o sentada en alguna barca, leyendo. Mi padre no ha recuperado todavia su balandro de antes de la guerra; pero me ha comprado otro balon azul… Y el mar esta donde siempre, respirando'.
Ignacio se paso unos minutos con la postal en la mano. Marta lo estaba esperando. Sintio la necesidad imperiosa de acudir a la cita de Ana Maria. La letra de la muchacha era grande, preciosa, de 'colegio de pago'.
Lo malo era que el coronel Triguero lo tenia amarrado en Fronteras. Continuaba con sus viajes a Figueras y a Perpinan, e inmerso, solitariamente, en el mundo de los exiliados y sus problemas. No habia vuelto a ver a Canela.
