camilla dejo tras si un fuerte olor a eter.
Matias vio pasar indefensa aquella 'carne de su carne' y no acerto a contener un sollozo. 'Carmen…', musito. Ignacio y Pilar querian gritar: '?Madre!', pero no se atrevieron. Mosen Alberto se acaricio las rasuradas mejillas. Mateo se paso la mano por la recia cabellera. En cuanto a Paz, lloro. La hermosa Paz rompio a llorar desgarradamente, como Manuel habia llorado el dia de Navidad.
La camilla rodante penetro en la habitacion numero 21, que estaba al fondo. Dos minutos despues la enfermera salio de ella y les dijo: 'Pueden entrar, pero de dos en dos. Y no hagan el menor ruido'.
Matias fue el primero, acompanado por Ignacio. La habitacion estaba tan oscura que apenas si se veia nada, solo la mancha blanca de la cama. Acercaronse a la cabecera y vieron de cerca el rostro de Carmen Elgazu. Esta continuaba inmovil, ligeramente despeinada, y de su boca seguia brotando aquel gemido que partia el alma.
Matias beso a su mujer en la frente. Luego lo hizo Ignacio. En la mesa de al lado habia agua mineral. En otra mesa, un inmenso ramo de flores.
Matias e Ignacio abandonaron, casi de puntillas, la habitacion, pues sabian que los demas querian comprobar que Carmen Elgazu vivia. Entro Pilar, acompanada de mosen Alberto. Mas tarde lo harian Mateo y Paz. Todos se acercarian tambien a la cama haciendo identico esfuerzo para adaptarse a la oscuridad.
Matias e Ignacio, al encontrarse fuera solos, en el pasillo, se miraron por primera vez a los ojos. Y sin saber como se abrazaron uno al otro conteniendo los sollozos. La misma pregunta seguia martilleandoles el cerebro: '?Seria capaz aquel cuerpo de resistir semejante amputacion?'. Ignacio musito: 'El doctor Chaos parecia tranquilo…' 'Si', contesto Matias.
Ignacio se separo de su padre, pues vio venir a mosen Alberto y tuvo la secreta impresion de que el sacerdote propondria algo asi como rezar colectivamente una accion de gracias. Aquello le produjo malestar. Asi que el muchacho dio unos pasos y de repente vio abierto el quirofano, del que salia una luz blanquecina. Le vinieron a la mente muchas escenas vividas en el Hospital Pasteur, de Madrid. Una fuerza irresistible lo impulso hacia aquella habitacion. Penetro en la estancia, en la que ya no habia nadie. Los focos encendidos, la mesa vacia, el instrumental reluciente. Pero, en una mesa aparte, en una palangana, un amasijo rojo y violento, que parecia tener existencia propia: la pieza cobrada por el doctor Chaos: la pieza entregada por Carmen Elgazu.
Ignacio, ante aquella viscera sanguinolenta, en cuyo interior el fue engendrado, experimento una emocion incontenible. ?Que pequena era, que importante! Alli estaba en realidad su madre, lo nuclear y fundamental de su madre. En aquella palangana. Todos cuantos intervinieron en la operacion lo habian abandonado como se abandona algo ya inutil. Alli estaria, ademas, el tumor…
Todo aquello era demasiado fuerte para permitir cualquier reflexion. Ignacio se convirtio en un mero centro de sensaciones. Sintio un amor profundo y deseos de llevarse 'aquello' con animo de guardarlo para siempre en su cuarto, en alguna cajita sagrada. Pero al propio tiempo, ?Dios, que complicado era el espiritu!, sintio una repugnancia extrema que le atenazo la garganta.
Miro por ultima vez los restos violentos y rojos, y salio al pasillo, demudado el semblante. Su padre, su hermana, todos estaban alli esperando, esperando no se sabia que. Tal vez le esperaran a el, pues advirtio que era el blanco de todas las miradas. ?Que habria visto? Ignacio se sobrepuso. 'Todo ha ido bien', dijo, arrogandose una inexistente autoridad. Y saco el paquete de cigarrillos. Se disponia a invitar a su padre y a Mateo a fumar; pero entonces advirtio con asombro que ambos se le habian anticipado, que sostenian entre los dedos el correspondiente cigarrillo. 'Si -repitio-. Todo ha ido bien'.
Entonces Ignacio miro a mosen Alberto. Este sonrio. Pero acerto a hacerlo con tal discrecion que el muchacho se le acerco y tomandole la mano se la beso.
Discretamente, y con paso rapido, cruzo a su lado el anestesista Carreras. Un hombre menudo, que siempre miraba al suelo. No lo reconocieron. El anestesista llevaba doblado debajo del brazo un ejemplar de Amanecer.
Carmen Elgazu permanecio en la Clinica Chaos doce dias. Desfilo mucha gente por su habitacion, llevandole ramos de flores como si fuera una parturienta, es decir, lo contrario de lo que era. Cuando desperto pregunto por Matias. Estuvo mucho rato pronunciando exclusivamente este nombre: Matias… Luego deliro un poco y hablo de Bilbao y de algo que debia de referirse a su infancia.
Todas las noches, sin exceptuar una sola, la velo Pilar. Pilar no quiso ceder tal honor a nadie mas. Al principio lo maximo que se permitia, cuando veia a su madre tranquila, era echar unas cabezadas. A partir de la tercera noche se acosto en el divan junto a la cama y durmio a ratos pacificamente, aunque despertandose al menor movimiento de la enferma.
Carmen Elgazu, los primeros dias, creyo morir. De pronto perdia totalmente las fuerzas y desfallecia. En esas ocasiones, cuando volvia a abrir los ojos parecia despedirse para siempre de los suyos, que se turnaban o que, segun la hora, estaban todos a su lado. Por suerte, el doctor Chaos y el propio doctor Morell estuvieron siempre pendientes de ella y desde el primer momento confiaron en que no sobrevendrian complicaciones, como asi fue.
Una de las visitantes mas asiduas fue la madre de Marta. Ignacio se lo agradecio de veras. Si por azar coincidia con Paz, o con tia Conchi, la mujer saludaba y luego permanecia mirando al suelo.
Otros visitantes asiduos fueron Eloy y el pequeno Manuel, aunque ninguno de los dos acababa de ver claro lo que habia ocurrido. Solian ir juntos, al salir del Grupo Escolar San Narciso. A veces subian antes al Museo Diocesano para hacer el viaje en compania de mosen Alberto, quien por supuesto se comporto como un autentico amigo y que, antes de que Carmen Elgazu entrara en el quirofano, la oyo en confesion.
Matias hizo tantas veces el recorrido a la Clinica, desde su casa o desde Telegrafos, que tuvo la impresion de conocerse de memoria casa por casa y todos los accidentes de la acera y de la calzada. Los ultimos dias caminaba ya con mayor desparpajo, mas erguido, y hasta se permitia, a la ida o a la vuelta, detenerse un poco a contemplar las obras que se efectuaban en el Jardin de la Infancia, o a los tranquilos pescadores que pescaban en el Onar.
El dia en que se efectuo el traslado de Carmen Elgazu a su casa, la familia tuvo la impresion de salir de una pesadilla e intuyo que todo volveria a su cauce normal. ?Normal…? Bueno, eso era decir mucho. Ignacio, por lo menos tuvo la sensacion de que no olvidaria aquello nunca. ?Y si su madre hubiera muerto? Una y otra vez notaba en el cerebro el alfilerazo de aquel olor a eter que le penetro en la clinica al salir Carmen Elgazu del quirofano. ?El eter! El muchacho se acordo de una frase de su amigo Moncho, pronunciada en lo alto de una montana, desde la cual los valles y los hombres parecian enanos. 'Un poco de eter -habia dicho Moncho- y todos iguales'.
Tan arido recuerdo vapuleo con intensisima fuerza a Ignacio, por cuanto contrastaba con la exaltacion religiosa, trascendente, que se apodero de la familia: lamparillas encendidas, triduos de accion de gracias y, sobre todo, la comunion. Carmen Elgazu manifesto deseos de comulgar y mosen Alberto la complacio, llevandole una Sagrada Forma, en una cajita antigua, pequena, del Museo Carmen Elgazu comulgo en la cama y rodeada de todos, todos con una vela en la mano y un minuto despues, al quedarse a solas con Dios, entornados los postigos de la ventana, se apreto el pecho con las manos deseando fervorosamente que Jesus se quedara instalado alli para siempre. Se habia puesto su mejor camison: el camison de novia, de color blanco que habia guardado en el armario siempre. Y sin saber como, de pronto le parecio que junto al lecho, acompanando a Jesus, brotaba la figura de Cesar. Fueron unos minutos de profunda introspeccion, pues tanto mas claramente veia a su hijo cuanto con mayor fuerza cerraba los ojos. Siendo lo curioso que Cesar no llevaba en la mano, como la habian llevado los demas, una vela encendida, sino que su propia mano era una llama resplandeciente y sus ojos despedian tal felicidad, que Carmen Elgazu por un momento deseo unirse con el, separandose del resto de la familia.
Aunque, de pronto, venciendo el rapto mistico que la embargaba, se asusto. Entonces deseo ardientemente que fueran todos a unirse con Cesar, todos juntos; incluida Paz, la sobrina, incluidos Conchi y Manuel. Por mas que ?era licito desear aquello? No, no lo era. Que fuera el propio Jesus, el Jesus que se habia dignado entrar en su pecho y diluirse en el, en su sangre, quien decidiese el momento de la partida.
La comunion obro efectos taumaturgicos sobre Carmen Elgazu. A partir de aquel momento se dedico a sonreir. El primer dia que intento levantarse de la cama -?Dios, como le dolian las entranas, que ya no tenia!-, al sentir que las rodillas se le doblaban, sonrio. Y al dia siguiente, al conseguir llegar, del brazo de Matias e Ignacio, al comedor amado, donde la estufa ardia y la esperaba la mecedora en la que tantas veces habia echado la siesta, sonrio otra vez. Una alegria inmensa se apodero entonces de la casa, pues la enferma se recuperaba a ojos vistas. Entonces todos le contaron a Carmen Elgazu la terrible impresion que les produjo verla pasar exanime en la camilla rodante, gimiendo como si estuviera en la agonia. Produjese un contagio de confidencias. Todo el mundo volco lo que habia sentido en el hondon del alma. No hubo sino dos detalles que fueron escamoteados:
