delante del cafe Montana, el bar de los futbolistas, como antano lo hicieran los limpiabotas anarquistas. Tenia salidas ocurrentes y cantaba coplillas al gusto de todos. Le habia puesto musica al 'Como en Espana ni habla. Y eso lo digo en China y Madagasca'. Limpiaba las botas a media ciudad, desde los que salian de la barberia de Raimundo, como Ignacio, hasta las polainas de los oficiales a la salida de los cuarteles. 'Limpio, relimpio y cobro lo que me dan!'. Un dia se detuvo ante el chaval el doctor Chaos. 'Estas libre?', le pregunto. Y poso su pie derecho en el taburete. El doctor Chaos estuvo mirando la piel aceitunada del chaval. Y su pelo negro en revoltijo. Y la agilidad de sus manos. Y peco de pronto, sin que se enterara nadie, ni siquiera el doctor Andujar.
Noticia inesperada. Carmen Elgazu llevaba unos dias pensando: 'Algo malo va a ocurrir'. Hacia dos semanas que no sabian nada de Mateo. Amanecer continuaba publicando el goteo de los muertos en la Division Azul. Aquello no era vivir. 'Manana, cualquier dia, podemos leer la esquela, Mateo Santos, y ya esta'. Matias andaba tambien preocupadillo y sus amigos del Nacional se abstenian de citar la 'cruzada de Espana en Rusia'. Marcos, el hombre que se jactaba de ser el calvo mas calvo de Europa -Galindo le decia: la calvicie es el campo de aterrizaje de los dipteros-, estaba bastante enterado de los asuntos de la guerra, gracias a un camarero del hotel del Centro, donde se hospedaban los consules mister Collins y Paul Gunther. Por cierto, que el comisario Dieguez confirmo que Paul Gunther habia hecho unos cursillos en la Gestapo.
Y la noticia llego. Mateo estaba herido. Llego, por fin!, una carta suya, desde 'algun lugar de Rusia', en la que les contaba que estaba de baja por causa de una herida sin importancia, y estupendamente cuidado por Solita. 'A lo mejor me dan un permiso y puedo regresar pronto -anadia-. Es la costumbre. Nuestros jefes nos tratan con mucho afecto y estoy dispuesto a pedirles un descanso. No vivo pensando en mi hijo. Como esta? Repito que no os preocupeis. La herida es leve'. Y les daba las nuevas senas a las que podian escribirle.
La alarma fue total. Herido! Que tipo de herida, donde, con que se la hizo? Metralla, una bala, la explosion de una granada? Pilar se deshizo en llanto, porque le constaba que no podia fiarse del optimismo de Mateo. 'Si su herida fuera grave habria empleado el mismo lenguaje. El se fue alli dispuesto a todo, y ha encontrado lo que buscaba'.
Nadie sabia como consolar a nadie. Carmen Elgazu hizo mil promesas al cielo para que en la tierra no hubiera ocurrido lo peor. 'Lo peor, no -le decia Matias-. Lo peor seria que hubiera muerto. Tal vez esta herida haya sido providencial, si realmente es leve. Y por el momento, debe de estar en la retaguardia y no en el frente. A los heridos los llevan a un hospital. No ves lo que pone ahi? A lo mejor me dan permiso y puedo regresar pronto. No hablaria de ese modo si los aviones rusos zumbaran sobre su endiablada cabezota'.
Este argumento de Matias fue valido tambien para don Emilio Santos, quien estaba cansado de sufrir y se agarraba a la minima posibilidad. En cambio, Pilar e Ignacio presentian que algo duro, perforante, habia ocurrido. A Pilar se lo dictaba su instinto de mujer; a Ignacio, el exhaustivo conocimiento que tenia de las reacciones de Mateo. 'Si la herida fuera tan leve -pensaba para si-, no hubiera dicho nada y santas pascuas'. Animaba a Pilar; pero por dentro le bullia la sangre. Se lo confeso incluso al camarada Montaraz; y el gobernador, apretando un cacahuete lo partio y le dijo a Ignacio:
– Todo es posible. En principio, no creo que si estuviese grave le hubieran dado permiso para comunicarselo a la familia…
Ahi estaba. Todos miraban el mapa de Rusia y en vez de clavar en el banderitas, como hacia el general, clavaban en el mentalmente manchas de sangre.
La otra noticia procedia de Bilbao. Un telegrama a su nombre que Matias recibio en la oficina. 'Abuela Mati gravisima. Venid cuanto antes'. Habia transcurrido solo una semana desde la carta de Mateo. Mes de abril. Segun los poetas, flores y rebrotar de la naturaleza; la realidad no ofrecia el menor parentesco con la primavera.
De nuevo las dudas. 'Estara ya muerta?'. Carmen Elgazu temio lo peor. De nuevo el llanto. 'Es lo que se dice en esos casos. No nos pedirian que hicieramos el viaje si hubiera remedio'. De modo que ni siquiera intentaron poner una conferencia telefonica, que por otra parte hubiera tardado quien sabe cuanto tiempo.
Toda la familia se reunio en el piso de la Rambla, mientras Matias habia abierto ya las maletas para que Carmen Elgazu las llenase con lo que fuera menester. Don Emilio Santos no supo que decir. La abuela Mati le pillaba lejos… Pilar e Ignacio se inquietaron mucho, porque sabian lo que aquello significaba para su madre, Carmen Elgazu.
Matias y Carmen se marcharon en tren -trasbordo en Barcelona-, y el viaje se les hizo interminable, como el de la Pasionaria hacia Ufa. En total, unas catorce horas. Tren sucio, con el hollin que penetraba por las ventanillas mal cerradas. A Carmen le habia entrado polvillo en un ojo y le escocia el alma. Apenas si se hablaban; pero ambos pensaban en su anterior viaje a Bilbao, durante el cual se cogieron de la mano y se gastaron toda clase de bromas. El termo del cafe les aliviaba un poco el cuerpo. A Matias le entro un hambre feroz; Carmen, en cambio, no podia probar bocado. 'No pierdas la esperanza, mujer. Y si ha ocurrido lo que temes, piensa en la edad de tu madre. Mas de los ochenta, algun dia tenia que llegar'.
– Pero si hace un mes me escribio una carta de su puno y letra, y me decia que estaba fuerte como un roble!
– Ah… -replico Matias-. Esas cosas, a veces, ocurren en un minuto.
Matias acerto. Llegados a Bilbao, en el piso paterno de los Elgazu conocieron la verdad. La abuela Mati habia muerto. Cuando mandaron el telegrama estaba en coma profundo -hemorragia cerebral-, y segun los medicos el corazon iba a detenerse de un momento a otro. Asi ocurrio. 'Ha sufrido poco. Del mal al menos…' Alguien dijo eso y sono fatal. Todos los hijos estaban presentes, rodeando el cadaver de la abuela, la 'alcaldesa', que con su baston autoritario daba ordenes a todo el mundo y le habia contado las verdades al lucero del alba. La muerte no le habia suavizado las facciones. Estaba como crispada, con las manos cruzadas sobre el pecho y sosteniendo un rosario. Carmen Elgazu le beso la frente. Que frio! La volvio a besar. Mas frio aun! Matias, haciendo de tripas corazon, la beso tambien y no pudo evitar una sensacion de repugnancia. Matias detestaba la muerte en cualquiera de sus facetas y en cualquier circunstancia. A veces le ocurria eso incluso cuando iba a pescar.
Salieron de la habitacion, en la cual esperaba ya el ataud. Faltaban dos horas para el entierro. En el interin, y mientras iban entrando visitas, los hermanos Elgazu iban abrazandose una y otra vez. Podia decirse que no habian estado todos juntos desde mucho antes de la guerra civil. Josefa y Mirentxu, las dos hermanas solteras que confeccionaban munecas, parecian las mas afectadas. Jaime Elgazu, el del fronton Gurrea, separatista y, por las trazas, desplazado y con sobredosis de alcohol, rondaba por el piso como un alma en pena. Lorenzo, el de la fabrica de armas de Trubia -el unico que en el anterior viaje no consiguieron abrazar-, era una incognita. Alto, fuerte, impavido, no se sabia si era una losa o si lloraba por dentro. Pero la menos afectada, por lo menos en apariencia, era sor Teresa, de Pamplona. Sentada al lado de su madre, la 'abuela Mati', iba desgranando oraciones. Por lo visto habia dicho repetidas veces: 'Ya esta en el cielo. Aprendamos a aceptar los designios del Senor'. Matias se sulfuro. Se acordaba muy bien de sor Teresa, de su frialdad en el convento, de su distanciamiento. 'Menos mal que no ha dicho que debemos alegrarnos!'.
El entierro y la misa de requiem fueron tristes. El cielo de Bilbao estaba plumbeo, cumpliendo su obligacion. Los Elgazu tenian un panteon y en el depositaron el feretro, junto al abuelo, Victor Elgazu Letamendia, del que Ignacio, segun Carmen y Matias, era el vivo retrato. La oracion en el cementerio sono de un modo especial. El sacerdote rezo un responso, un padrenuestro y con el hisopo bendijo la lapida, todavia sin nombre. Poco a poco todo el mundo se retiro, mientras en Bilbao silbaban las chimeneas de las fabricas, se oian sirenas, gentes se hacian a la mar y la ria, la ria que Carmen Elgazu echaba siempre de menos, estaba donde debia estar, al igual que el verde intenso de los montes circundantes.
Los seis hermanos juntos, y Matias. Fueron veinticuatro horas de dificil convivencia. Sin la abuela Mati, la casa parecia un orfelinato, sobre todo para Josefa y Mirentxu, a quienes las munecas a medio terminar, sin los ojos, se les antojaban caricaturas grotescas.
Las palabras fluian con pena. Comieron mucho, presos de una inesperada voracidad, comparable a la que
