prueba. 'Esta usted bajisima de tension. No es aconsejable'. Carmen Elgazu se quedo de una pieza. Llevaba unos dias sintiendose fatigada, pero no le daba importancia. 'El cambio de estacion'. 'El otono y esas cosas'. Pero que su sangre no le fuera util al projimo casi la hizo llorar. Tuvieron que darle unas galletas y un cafe porque estaba en ayunas. Y al contemplar a Matias tendido en el camastro, mientras su sangre generosa iba fluyendo, le gano una extrana sensacion a la vez dulzona y de envidia.
La operacion termino y volvieron al piso de la Rambla. Carmen Elgazu se asio del brazo de Matias, porque sintio una especie de mareo. 'No es nada, mujer. Son los nervios'. De todos modos, era preciso que le hicieran un reconocimiento. Llamaron a Moncho, que desde hacia un mes habia regresado de Panticosa. El resultado de los analisis fue tranquilizador. En efecto, Carmen Elgazu era hipotensa y, sobre todo, estaba descompensada. Le receto unas grageas y Moncho dio el asunto por terminado. Pero Carmen Elgazu habia hecho la promesa de una novena a santa Teresita del Nino Jesus para que no tuviera nada malo. Y Matias tuvo que acompanarla nueve dias seguidos a la parroquia del Carmen y alla rezar el rosario y echar unas monedas al cepillo.
Al margen de esto, Mateo estaba contento. Y tambien el gobernador. Y tambien Marta, quien habia regresado rebosante de El Escorial. Los gerundenses se portaron muy bien y cabia preguntarse: se hubieran comportado lo mismo de haberse pedido sangre para los heridos alemanes? Hubiera acudido Paz? Hubiera acudido Jaime, el librero, hubieran acudido Agustin Lago y Sebastian Estrada? Esto no podria saberse nunca. Pertenecia al secreto sumario de Dios.
La sangre saldria hacia el frente por avion, en bidones preparados al efecto. Y como siempre en estos casos, segun Cacerola, pronto llego la recompensa: penicilina de los Estados Unidos. Un buen lote, que salvo muchas vidas. Tantas, que la Voz de Alerta, en su calidad de alcalde, decidio poner el nombre de Fleming a una calle centrica y eligio la calle del Norte, que no significaba nada.
Otra recompensa: la Compania Telefonica instalo nuevos telefonos publicos, que funcionaban introduciendo monedas por un valor de treinta centimos. La gente se divertia entrando y saliendo de las cabinas y llamando innecesariamente a alguien. Pronto las cabinas se llenaron de publicidad y tambien de algun que otro 'Muera Alemania'.
La gente se distraia. Aquellas ferias y fiestas de San Narciso, a finales de octubre, habian de ser las mas atrayentes que se hubieran celebrado jamas. El gobernador y la Voz de Alerta confeccionaron el programa. Sardanas: manana y tarde, con abundancia de las compuestas por el maestro Quintana, injustamente olvidado durante cinco anos. Toros: contrataron, y ya era contratar!, a Alvaro Domecq, Mario Cabre, Pepe Bienvenida y Manolete, Feria de ganado. Concurso de tiro al plato. El Club de Futbol Barcelona, con la presencia de Pachin! Carrera de antorchas. Y el circo Imperial, con fieras salvajes que deberian de salir drogadas, lo que valdria una reclamacion firmada por los componentes del Arca de Noe.
CAPITULO XXIII
SOR GENOVEVA, monja contemplativa, de las adoratrices -hermana de don Eusebio Ferrandiz, jefe de policia-, estaba enferma. Sentia angustias de muerte, que en cierto modo recordaban las de santa Teresa. Habia hecho los tres votos, que pronto deberia renovar. Dicha renovacion estaba prevista para el 1 de octubre, pero a mediados de septiembre sor Genoveva empeoro. Habia momentos en que se quedaba como en extasis, pero no ante el Sagrario, sino ante un Cristo expresivo y sangrante que tenian en la capilla. Se abrazaba a el y le acariciaba las cinco llagas. Habia leido la vida de la estigmatizada Teresa Neumann, que antano interesara a Ignacio y a menudo se contemplaba las manos, los pies y el costado por si le brotaba sangre.
Mosen Alberto era el confesor de la comunidad. El convento estaba situado en un callejon estrecho proximo al seminario. En verano solo se oian los canticos de las monjas y los de los pajaros del jardin. Sor Genoveva, de cuarenta anos de edad, se paso toda la guerra escondida en casa de su hermano, don Eusebio Ferran diz, y de la hija de este, que murio en el accidente del santuario del Collell. Terminada la guerra regreso al convento, que habia sufrido pocos danos y ya no se movio. Desde entonces -marzo de 1939-, apenas si habia visto otros hombres que mosen Alberto, el obispo, que las visito un par de veces y un fontanero que les arreglo unas averias. Tambien don Eusebio Ferrandiz, a raiz del accidente de su hija pudo visitarla en tal ocasion. Pero fue al otro lado de la reja y ni siquiera pudieron darse la mano.
Sor Genoveva estaba desconectada del mundo -no escuchaba la radio, no leia los periodicos-, y solo estaba enterada de que una guerra mundial azotaba los cinco continentes. De vez en cuando la madre superiora las reunia para ponerlas al corriente de algo que estimase importante. Por ejemplo, las reunio el dia en que se produjo el bombardeo del Vaticano y con ocasion de las rogativas por la paz solicitadas por el Papa. Sor Genoveva sabia de millones de muertos, de heridos y prisioneros, pero no hubiera podido recitar la lista de los principales beligerantes. Y lo que mayormente llamaba la atencion de mosen Alberto era que las alusiones a la guerra la dejaban por completo indiferente. Para ella era aquello un mundo abstracto; en cambio, eran concretas las gracias que para tal o cual familia debia de pedir, a cambio de unas pequenas limosnas o dadivas que recogia la madre superiora: 'Para que mi hijo se cure'. 'Para que mi marido saque las oposiciones'. 'Para que mi esposa tenga un parto feliz'. Un parto feliz! Esto la aturullaba, pues sor Genoveva no se habia contemplado jamas desnuda ante el espejo.
Mosen Alberto habia ensayado con ella todas las probaturas imaginables. Sor Genoveva era la responsable de que en el convento entero de pronto se notara un aire enrarecido, de escrupulos y de hondos problemas de conciencia.
Llego un momento en que el caso de sor Genoveva desbordo a mosen Alberto y este no tuvo mas remedio que redactar un informe para la madre superiora y para el senor obispo, aconsejandoles que permitieran intervenir al doctor Andujar, hombre de fe, psiquiatra, acostumbrado a tratar enfermos del cuerpo y del alma.
El doctor Andujar entro en el convento. Hubiera querido visitar a la monja en su propia celda, pero esto no era siquiera imaginable. La visito en el llamado recibidor, escueto y frio, con un Sagrado Corazon presidiendo, un retrato del Papa y un ramo de florecillas silvestres.
Con una paciencia infinita el doctor Andujar fue interrogando a sor Genoveva, arrancandole medias verdades. Porque la monja se resistia. Un hombre, un medico! Temblaba ante la idea de que quisiera auscultarla o le ordenara quitarse el habito. El doctor Andujar la tranquilizo. 'De momento, no veo necesidad de nada de eso. No soy cirujano ni medico de cabecera. Mi profesion consiste en descubrir las causas de los sufrimientos del espiritu'.
Poco a poco la paciente fue desembuchando pequenos detalles. De pronto, al oir de sus labios que acariciaba diariamente, largo rato, las cinco llagas del Cristo 'expresivo y sangrante' -a Cefe le hubiera gustado ser su escultor-, el psiquiatra chasco los dedos, sin darse cuenta.
– Nota usted, sor Genoveva, algun consuelo al acariciar esas llagas?
– Si… A veces… -Vacilo-. A veces todo lo contrario: me siento como si yo fuera tambien responsable.
– Ese consuelo… es muy profundo? Casi podria compararse a una alegria interior?
– Pues, casi… Y es entonces cuando me miro las manos para ver si me han brotado llagas tambien a mi.
– Y el rostro de Cristo…?
Sor Genoveva miro al suelo.
– Cuando veo la corona de espinas le amo con toda mi alma. Es algo… hermoso e inexplicable.
– Encuentra usted hermosa la sensacion que experimenta, o encuentra hermoso el rostro de Cristo, el Ecce Homo?
Sor Genoveva vacilo de nuevo.
– Las dos cosas a la vez…
Inesperadamente, el doctor Andujar senalo con el indice la imagen del Sagrado Corazon del recibidor.
– Y esta imagen, la conmueve a usted?
– Conmover…? No sabria decirle. Creo que no -sor Genoveva se coloco a la defensiva-. Dios mio, me obliga usted a decir barbaridades!
– Calmese, por favor. Si me equivoco, digamelo. Segun la madre superiora, ante el Sagrario no llega usted nunca a un estado previo al extasis…
Ella asintio con la cabeza, lentamente.
