Miguel recorre las barricadas calmando los animos. En la de la Sarten, Valdespino se muestra dispuesto a hacer las paces con los guardias a los que mantiene sitiados, pero en un momento alguien grita «?Muera la Guardia Civil!» y por poco no se pasa de las confraternizaciones a la masacre. San Miguel y Valdespino son decisivos para impedirlo. El jefe de la barricada se encarga personalmente de disolver a los agitadores. Pero antes de que las aguas se remansen, aun se producira alguna accion siniestra, como el linchamiento del jefe de policia, Francisco Chico, a quien llegan a sacar de la cama donde lo tiene postrado la enfermedad. El torero Pucheta excusa los atropellos por el desahogo logico del pueblo por su triunfo, pero Valdespino se muestra resuelto, asegura, a que «la revolucion no sea manchada». San Miguel, por su parte, dicta un bando prohibiendo los desmanes.
Por las calles empieza a correr el rumor de que la Guardia Civil sera disuelta y sustituida por la Milicia Nacional, en la que esperan integrarse los revolucionarios. El dia 25, Espartero hace su entrada triunfal en Madrid, y se funde en un abrazo publico con su antiguo rival, el general O'Donnell. Entre tanto, el duque de Ahumada ha cesado en el mando del cuerpo, y el brigadier Alos saca a sus guardias de la ciudad. El dia 27 de julio entregan la custodia del Palacio Real y la Inspeccion General a la Milicia Nacional, restablecida de manera fulgurante. Apenas una decada despues de su formacion, parece llegada a su fin la Guardia Civil, deshecha en medio de las contiendas politicas.
Ilustrativo es el hecho de que tras el cese de hostilidades se dictara una orden concediendo generosos ascensos a todos los miembros del ejercito (empezando por Leopoldo O'Donnell, autoascendido a capitan general, a imagen y semejanza de lo que hiciera Narvaez, otro espadon aupado al poder por la fuerza de las armas), pero nada se dijera respecto de los guardias civiles, que habian combatido durante dias, sin alimentos, apenas con el agua suficiente para soportar el calor sofocante del julio madrileno, y en muchos casos con fiebres y enfermedades intestinales que los llevaron al borde de la deshidratacion. Para ellos, se duele Aguado Sanchez, «ademas de sus siete muertos y diecisiete heridos, solo hubo silencio, y hasta las armas perdidas e inutilizadas y los uniformes estropeados no se consideraron como perdidas de guerra, determinandose que el armamento fuese dado de baja y el vestuario se repusiera con cargo a los haberes de cada uno».
Sin embargo, de la revolucion sale un gabinete en el que se mezclan progresistas y conservadores. Lo preside uno de los primeros, Espartero, pero la cartera de la Guerra la ocupa el moderado O'Donnell. Este resulta decisivo para que la Guardia Civil sobreviva. Influye tambien el hecho de que, al haber salido los guardias de nuevo a los caminos que rodean la capital, hayan desaparecido los ladrones que se ensenorearan de ellos durante la concentracion de los efectivos de la Benemerita para hacer frente a los disturbios. Los ayuntamientos, alineados con el nuevo regimen, insisten empero para que les sean devueltos «los guardias suyos», es decir, los que prestaban servicio en sus pueblos antes de que se produjera la concentracion. Se nombra nuevo inspector general a Facundo Infante. Un veterano general, sexagenario y marcadamente progresista, con quien el cuerpo salvara el bache
Capitulo 5
Si en la fundacion de la Guardia Civil fueron determinantes el poder que lograra concentrar Narvaez y la rigurosa vision y la capacidad organizadora del duque de Ahumada, en su pervivencia tras su primer decenio de funcionamiento se revelara igualmente trascendente otro binomio analogo, aunque de distintas caracteristicas: el formado por O'Donnell (verdadero hombre fuerte del gobierno revolucionario, elevado Espartero a la condicion de figura mas bien simbolica) y el general Infante, un hombre de notoria personalidad que tras ser nombrado inspector general de una maltrecha Guardia Civil supo entender lo que tenia entre las manos y como hacer para arraigarla en un terreno que a la sazon amenazaba con privarla de riego y extinguirla.
Esta vision no es compartida por algunos historiadores. En particular, Aguado Sanchez (que es nuestra guia principal para el relato de estos primeros anos de la Benemerita, por su esfuerzo sin parangon en acopiar y consignar las circunstancias que los rodearon) juzga que la Guardia Civil no salio adelante sino por sus propios merecimientos, demostrados en esos diez primeros anos de duro trabajo en los caminos y los pueblos de Espana. No es cuestion de restarles merito a los guardias, forjados en el espiritu de Ahumada, que sin duda fueron quienes hicieron el grueso de la labor, y nadie mas proclive que quien escribe estas lineas a ponderar el esfuerzo de los peones de brega por encima del de dirigentes y figurones. Pero el hecho innegable es que junto a esa tarea, de todo punto beneficiosa y sentida como tal por el grueso de la poblacion (habria que excluir a los delincuentes), se habia distinguido en demasia el Cuerpo en otro quehacer, mucho menos favorable para su subsistencia en el enrarecido ecosistema politico que era la Espana del XIX. Merced al abuso de los guardias en la represion de asonadas y disidencias, empeno en el que habian demostrado ademas su temple y eficacia, se corria el riesgo de que quedaran identificados con una de las facciones en liza, y por tanto incapacitados para servir al conjunto de la nacion. Mal bagaje para superar el vaiven continuo que seguiria marcando los acontecimientos en esa convulsa centuria y en la siguiente, no menos sacudida por las disensiones entre compatriotas. Quien mas hizo por contrarrestar ese nefasto efecto, quien se aplico con inteligencia y generosidad a impedir esa desgraciada consecuencia, que habria privado al pais de uno de los pocos recursos publicos realmente efectivos y fiables con que contaba, y quien, en suma, acerto a consolidar a la Guardia Civil como patrimonio comun de todos los espanoles, fue, y es de justicia reconocerlo, el veterano general y curtido conspirador Facundo Infante Chaves.
Este militar, que se puso al frente de la Guardia Civil a la edad de 64 anos, tiene una biografia digna de resena. Nacido en Villanueva del Fresno (Badajoz), en una familia acomodada, estaba estudiando Derecho en Sevilla cuando se produjo la invasion napoleonica. En septiembre de 1808 lo nombran subteniente de los Leales de Fernando VII y por sus acciones de guerra (principalmente en la zona de Cadiz, distinguiendose entre otras en las escaramuzas de Chiclana y Sancti Petri) asciende a capitan. Cae prisionero en Valencia, pero logra fugarse. Participa en la reconquista de Sevilla y acaba persiguiendo a los franceses en retirada hasta su propio territorio. Enemigo declarado del absolutismo, ha de emprender en 1819 el camino del exilio, del que vuelve tras el pronunciamiento de Riego. Bajo el gobierno revolucionario progresista asciende a teniente coronel y obtiene acta de diputado, condicion en la que vota la incapacidad del rey, lo que lo obliga a refugiarse en Gibraltar cuando vuelve la ola absolutista. En 1825 embarca en Rio de Janeiro con intencion de llegar a Peru, aun en poder de Espana. Cruza a pie la cordillera andina pero cuando llega a Peru se lo encuentra convertido en republica independiente. Su amistad con el general Sucre le vale el nombramiento de ministro del Interior de la nueva republica, con la condicion de no perseguir a ningun espanol y de que si Espana intenta recuperar su antigua posesion, sera relevado de inmediato. La nostalgia de Europa lo mueve a instalarse en 1831 en Paris, donde recibe en 1833 la noticia de la amnistia general a la muerte de Fernando VII. Regresa entonces a Espana, donde ocupa la jefatura politica de Soria y alli ha de fajarse en la persecucion de la famosa partida carlista del cura Merino. En 1835 Mendizabal lo recluta como subsecretario del Ministerio de la Guerra, y en 1838, ya con el grado de brigadier, esta de segundo jefe en Valencia a las ordenes de O'Donnell. Pasa por el Congreso y el Senado y durante la regencia de Espartero, mientras San Miguel desempena la cartera de Guerra, ocupa la cartera de Gobernacion, donde impulsa los institutos de segunda ensenanza, dependientes por aquel entonces de su departamento.
Tras la batalla de Torrejon, y la capitulacion de sus companeros y correligionarios Zurbano y Seoane, se exilia en Londres, desde donde escribe nuevos capitulos de su carrera conspirativa. Participa en las revueltas progresistas de 1846 y en 1847 logra acta de diputado por Betanzos. Con su ascenso a teniente general ocupa una plaza en el Consejo Real y escano de senador vitalicio. Paralelamente, y desde su afiliacion en su edad juvenil a la masoneria, llegaria a ostentar el mas alto grado en el Gran Oriente masonico espanol. Como se ve, un perfil nada anodino, y mas que oportuno para dar la batalla por la legitimidad del cuerpo que le toco dirigir ante la nada predispuesta Espana posterior a la revolucion de 1854. Tuvo ademas otra circunstancia que lo reforzaria en este papel, y es que a partir de ese ano, sacando partido de su condicion de viejo parlamentario, ocupo la presidencia del Congreso, cargo este que, pasmosamente para nuestros estandares actuales, simultaneo con la Inspeccion General de la Guardia Civil.
