– Si, ya se que por el pantano desviaron las aguas por unos canalillos. Y digo que se, porque creo que no me he asomado a los molinos desde hace treinta anos.

– Ni yo.

– Pues si quiere usted, ya que no tenemos mejor cosa que hacer, nos damos una vuelta por alli.

– Pues venga. Y asi recuerdas tus banos de mocete.

– El bano de rio y no digamos el de laguna, me gustaba mucho. Y claro, lo que mas, al salir del agua, secarse al solecillo del final de la tarde y hacer la merienda-cena bajo los olmos, sin que parase la bota de vino. Y luego, bien fresquitos, volver por la carretera, a la luz del farol de labici, cantando las cosas de entonces: «Donde se mete / la chica del diecisiete / de donde saca / pa tanto como destaca.»

– ?Hale, Manuel cantando! No te oia cantar desde que nacio Pepito Bolos.

– Que exagerao.

– Venga, vamonos, que Antonio no se donde para… Mira, Manuel, ya estan ahi las dos perdices. Aqui solo se ven dos perdices. No se si es que se turnan o son las de siempre. Nunca he visto tres o cuatro. Codornices si que hay bastantes en estos alfalfares.

– Alfalfares. Como soy asi tan anorante, me gustan mas las vinas que la alfalfa, y todas estas plantas de regadio.

– Lo mismo dirian los pastores antiguos cuando empezaron a plantar vinas por estas tierras de monte y trigo.

– Ya.

Con el sol de espaldas, desrodaron el camino. Pasada Argamasilla, se desviaron por la carretera de Ruidera. Frente aLa Alvesa, en los canales del Pantano, se banaban dos extranjeros. Uno rubio con las gafas puestas. Llevaban banadores de colorines y, junto a la cuneta, tenian unos mochilones enormes.

– Fijate, ingleses banandose en el Guadiana, aunque este envasado en cemento.

– O a lo mejor son de Villarrobledo, don Lotario. No presuma usted de saber de donde es la gente por el color de los calzoncillos, que el otro dia vio mi hija a Julia, la que fue monja, con unos pantalones vaqueros metidos en las dos rajas del culo.

– Todo se acaba. Con los curas y las monjas va a pasar lo que con lospay-pays, que ya ni se fabrican.

– Es que ha sido mucha historia… Que se ha pasado usted, don Lotario. El camino es aquel.

– Ah, es verdad. Crei que te referias a lo de los curas.

Aguardaron a que pasaran dos coches para dar la vuelta y meterse por el camino delMolino de San Juan, que sigue tan malo como en los anos 30.

– Pero oye, no se ve el molino. Y mira que esta esto desarbolado. Quien te ha visto y quien te ve, molino de San Jose.

– De San Juan.

Aparecieron unos chicos con cara de Peinado, montados en bicicletas. Don Lotario detuvo el coche, que por lo malisimo del camino llevaba a veinte por hora:

– Oye, chico, ?donde esta el molino?

– Se hundio hace mucho tiempo.

– No te digo…

Dejaron el coche junto a la casa de campo de los Peinados y subieron hasta la ribera del que fue rio. Entre las hierbas secas habia dos muelas de piedra blanca como unico resto del molino. Anduvieron unos pasos muy despacio. Vieron restos delladron. Habian desaparecido muchos arboles de las orillas, y todos los juncos. Abundaban troncos tumbados y medio podridos y hoyos de arboles que fueron. Lo unico verde y fresco que quedaba en aquellas margenes jubiladas eran zarzamoras. Hasta pocos anos antes, segun les contaron luego, corrio algun agua por aquel lecho, pero el molino se hundio mucho antes.

Despues de caminar unos metros mas se detuvieron con las barbillas caidas:

– ?Que, que me dice, Manuel?

– Hasta esto.

– Hasta esto, ?que?

– Que hasta esto puede quedarse tan inutil como la vida de un hombre.

– No dramatices, Manuel. Todo consiste en que el agua la han desviado un poco, hasta el canalillo.

– Eso si, pero que la Mancha se haya quedado sin Guadiana no habia pasado en toda la historia.

– Pero riega mas que regaba, aunque bane y luzca menos que banaba y lucia.

– Ya, ya.

Sentados y recostados en dos arboles medio podridos, liaron los cigarros y quedaron mirando a aquel canal somero de tantas aguas idas.

– Cuando ninos, nos parecia el rio tan hondo, y fijate.

– Bueno, yo siempre recuerdo que no me cubria. De mozo, a lo mas, me llegaba al pecho.

– Cuantas risas y magreos oirian y verian aquellas aguas desde que el mundo es mundo.

– Total, que hemos echado la tarde a tristezas. Menos mal que su alfalfa va bien.

– Eso si.

Despues de un corto silencio se levanto don Lotario, con el cigarrillo en el pico.

– ?Es que ya se ha cansado usted de estar a la orilla… del aire. Iba a decir del agua?

– Tiene gracia eso: a la orilla del aire. A la orilla de la nada estamos siempre.

– Ahora es usted el que ennegrece. No lo he dicho con esa intencion. Mas bien como chiste.

– Ya, ya. Es que con tanto hablar de aguas me han entrado ganas de hacerlas…, aunque a la orilla del aire… Siempre estamos a la orilla del aire… En cualquier momento. Perdona.

Y sin quitarse el cigarro de, justamente, debajo de la nariz, se arrimo a una zarzamora grande que se doblaba un poco hacia el cauce y mirando al cielo bajo el ala del sombrero comenzo a hacer sus aguas.

Plinio le echaba reojos, sonriendillo, porque el veterinario siempre orinaba asi, mirando a lo alto, con los ojos un poco guinados como si el vaciado de su vejiga le produjese amago de cosquillas.

Cuando el hombre acabo con sus aguas y bajo la cabeza como para ver - pensoPlinio- como le habia quedado de gustosa la minina, se le agravo el gesto, quedo mirando fijamente al yerbajoso pie de la zarzamora y sin quitarse ambas manos de donde las tenia, comenzo a llamarlo con voces desproporcionadas a la poca ribera que los separaba.

– ?Manuel, Manuel!… ?Ven, ven, ven!

– Pero ?que pasa?

– ?Ven, ven! Que me he meao en un muerto.

– ?En un muerto?

– En un muerto que, si no veo visiones, se llama de nombre, de apellido y apodo Manuel GarciaEl Toledano.

– ?Es posible?

– Como lo oyes.

Plinio, a pesar del rebato, se levanto con sus calmas, se manoteo la culera y fue hacia donde estaba don Lotario ya embraguetandose, pero clavados los ojos en el aparecido.

CuandoPlinio estuvo a su altura, el veterinario senalo, estirando la barbilla, al pie de la zarzamora. Y Plinio, apartando las ramas bajas con el pie, miro con mezcla de respeto y desconfianza.

– Pues si que es Manuel GarciaEl Toledano. ?Y como lo ha conocido usted tan pronto?

– Es que por la vertical de mi chorro se veia muy bien.

Entre las hierbecillas se le columbraba la cara mojada de orina, con los ojos cerrados, pero el gesto muy natural, como de dormido. El cuerpo, mas que tumbado, estaba medio vertical, sobre la cuestecilla que hacia la ribera por aquella parte.

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