– Tapadlo un poco con la colcha, no sea que se enfrie -dijo la hermana de los Peinado.

– ?Como va a enfriarse con esta tarde?

– Venga, vamonos fuera a tomar un vino y a ver si mientras se le hace de dia.

Quedaron todavia unos segundos, como rebinando, con los ojos fijos en aquel corpachon con corbata, camisa con iniciales y brillantina en los aladares, y salieron a la sombra de los arboles que rodeaban la casa deSan Juan.

Una de las mujeres saco vino del pueblo y queso en aceite ya casi verde, de puro regustoso, y empezaron a lenguetear entre sorbos, cigarros y recuerdos del rio que se fue de alli. Ante las cales sonaban las palabras alegres y las risas que hacian historia de la familia deEl Toledano. Aunque la historia era tan flaca, que no se pusieron de acuerdo si les llamaban Toledanos porque tuvieron antepasados de Toledo o porque siempre vivieron en la calle de ese nombre.

Varias veces entraron las mujeres a ver si se despertaba, pero el hombre seguia tan a gusto, hasta que ya cerca de las diez, cuando andaban en los ultimos vasos y primeros silencios, se oyo un bostezo larguisimo.

– ?EsEl Toledano!

– A lo mejor se ha despertado.

Todos se acercaron a la ventana. Plinio, sin sitio por donde mirar, paso rapido al portal. Don Lotario fue tras el. Manuel Garcia, con ambas manos debajo de la nuca, volvio a bostezar con la misma fuerza y son que antes. Luego soplo y, por fin, entreabrio los ojos y quedo fijo en la luz de la mesilla. En seguida empezo a mirar hacia uno y otro lado. Se incorporo con cara de no saber donde estaba. Plinio, para sorprenderlo, dio al interruptor de la bombilla del techo, que estaba junto a la puerta.

El Toledano, deslumbrado, miro al corro de los que ya habian entrado en la alcoba. En seguida reparo en Plinio. Luego comprobo que estaba vestido de pies a cabeza. Y quedo pensativo, como dandole vueltas a la cabeza hacia atras. Y por fin, con voz miedosa, pregunto:

– ?Donde estamos, jefe?

– EnSan Juan, en la casa de los Peinado, los de la ferreteria. ?No los ves?

Se paso la mano por la calva, como para acelerar el cejar de su cerebro.

– ?Y como llegue aqui?

– … No llegaste, te trajimos.

– ?Desde donde? -pregunto con ansia.

– Don Lotario y yo te encontramos esta tarde tumbado junto al rio… Vamos, junto a lo que fue rio, entre zarzamoras e hinojos.

El Toledano puso cara de preocupacion mas consciente y miro la hora.

– ?Y vosotros, Manuel y Lotario, que haciais por aqui?

– De paseo. Vinimos a recordar banos viejos.

– Ya.

El recien despertado se volvio a mirar la sortija y el reloj, luego saco la cartera y conto los billetes.

– ?Te falta algo?

Sin contestar volvio a contar.

– Unas tres mil pesetas… Pero no -reacciono en seguida-, esas las gaste yo. No me falta nada.

– Si recordaras lo que hiciste esta tarde…

– Recuerdo lo que hice en las primeras dos horas, poco mas o menos… Despues de comer di mi cabezada, como siempre, fui al casino, tome cafe con los amigos hasta eso de las cinco y, tambien como siempre, me fui a dar un paseillo como me tiene mandado el medico…

– ?Y que mas? -insistioPlinio, mirandolo con fijeza.

Despues de pensarlo un momento o intentar forzar la memoria inutilmente, dijo con aire muy convencido:

– Despues… No me acuerdo, jefe.

– ?De nada, de nada?

– De nada.

– Entonces -pincho don Lotario- no te han robado, no te han pegado, ni recuerdas que nadie te haya dado adormidera para poderte traer aqui aSan Juan y dejarte sin sentido entre los arboles… ?Para que?

– Yo que se, Lotario. Y no he mentado para nada las adormideras.

– ?Hablaste con alguien cuando dabas el paseo?

– … Hablar no, algun saludo.

– ?Y por donde fuiste?

– Por elPaseo de la Estacion… El Parque Nuevo… hasta Santa Rita. Por donde casi todos los dias.

– Por esos sitios con todo el calor de la siesta.

– Si, Manuel, ya te he dicho que es mi costumbre, en invierno y en verano -dijo con un punto de mal genio.

– Oye, que intentamos ayudarte, nada mas ni nada menos.

– Perdona.

Quedaron todos en silencio.

Toledano probo a ponerse de pie. Se mantenia bien. Se paso las manos por las corvas, como dandose masaje. Ya bien firme, se estiro la americana y enderezo la corbata:

– Es todo lo que puedo decir, senores. Lo siento.

– No, si era por ti. Pero estas sano y salvo, que es lo principal.

– Y bien dormido -dijo una de las mujeres.

– Eso si. ?Vais alguno para el pueblo?

– Don Lotario y yo.

– ?Me quereis llevar?

– No faltaba mas.

– Asi acabo de daros la tarde -dijo acercandose aPlinio y dandole una manotada en el hombro-. El gran Plinio, que descubre hasta cuando dejan a uno dormido en la orilla del Guadiana.

– Quien te descubrio fue don Lotario cuando se le ocurrio… acercarse a una zarzamora a ver como estaba de granillos, y te… vio debajo.

Don Lotario hizo un mohin de risas.

Salieron todos de la alcoba detras deEl Toledano, que seguia meditabundo. No quiso tomar un vaso de vino. Luego de pasarse la mano por la cabeza se la olio con desagrado. Plinio y don Lotario se miraron.

– Por favor, Eladio, ?podria lavarme un poco las manos?

– No faltaba mas. Pasa.

A poco salio bien peinado, ya claro, sin brillantina y bien puesto.

Ya en el coche callaron. Todavia se veia sin faros.

– Con estos cambios de horas no anochece nunca.

El Toledano no contesto de momento y volvio a pasarse las manos por la cabeza y a olerselas.

– … Desde luego, Lotario. Y si continuan adelantando los relojes, nos levantaremos sin que haya anochecido todavia -contesto como distraido y en vista de que no le contestabaPlinio.

– ?Cuantos nietos tienes ya, Manuel?

– Dos y gracias, Lotario.

Con frases asi, sueltas y forzadas, entraron en el pueblo.

– ?Donde te dejamos?

– Ahi, en la plaza… Jefe, no dices palabra.

– ?Que quieres que diga? Ya me lo has contado todo.

– ?No te has creido lo que os he dicho que hice esta tarde?

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