– No tiene pinta de muerto.
– Ya lo veo, ya. Pero tu me diras. Un hombre al que le mojas toda la cara, aunque sea con chorro caliente, y no se estremece…
– Usted que es casi medico reconozcalo.
Don Lotario saco el panuelo y con gesto de mucha repugnancia, aunque fuese suyo el liquido a enjugar, le seco el pelo y la cara a
– Esta tan vivo como tu y como yo.
– Que raro… Hagale cosquillas.
Don Lotario le rasco en los sobacos y Manuel Garcia
– Se rie y todo. Que tio.
– Vamos a subirlo que este mas comodo.
Lo tomaron de un brazo y de una solapa cada uno y en dos tirones lo dejaron sobre la senda del rio. Don Lotario le cruzo los brazos sobre el vientre, porque quedo muy desparramado. Tan grandon y bien vestido, como iba siempre, aunque con arrugas y la calva sucia, ahora estaba echado paralelo al cauce seco.
– ?Y que hacemos ahora, Manuel?
– Esperar a ver si se despabila… No entiendo que puede hacer aqui un hombre como este, solo y sin sentido. Borracho tampoco parece.
Don Lotario le acerco la nariz a la boca entreabierta.
– No huele.
– ?O estara drogado?
– Yo no se como se quedan los drogados. En mi vida he visto a uno.
– Yo tampoco… Y cualquiera se lo lleva al pueblo. Con lo que pesa este hombre necesitariamos otros dos como nosotros para acercarlo al auto… Voy ahi, a la casa de los Peinado, que alguien debe de haber, puesto que estan los chicos, y nos echan una mano.
– Esperate un poco, a ver si resucita.
– Espero un pito -dijo
– Bueno. Todas tus esperas son tabaqueras.
– Nuestras esperas.
– No estaria mal poderse fumar un pito, el ultimo cuarto de hora, en espera de la muerte.
– Yo, desde luego, como tenga aliento, me lo fumo.
– Y yo… A ver si nos entierran con la colilla en la boca.
Encendieron y, despues de dar la primera chupada, con los ojos bien puestos en la lumbre, quedaron mirando a Manuel Garcia
– Y el tio va de traje nuevo, corbata hermosa y camisa limpia.
– Ya sabe usted que estos
– Si, para andar por el pueblo, pero para salir al campo, no me digas.
– Entonces usted cree que ha venido de excursion.
– Yo, Manuel, creo lo que tu digas.
– Como va a venir solo y se va a tumbar ahi en tan mala postura… A ver que lleva en los bolsillos.
Se puso
– Lleva su cartera con billetes…, el reloj de oro, monedas, mechero, gafas, la alianza.
– Normal.
El Toledano, como incomodado al sentir manos por tantas partes del cuerpo, se dio media vuelta y quedo con el perfil hacia la zarzamora.
Cuando acabaron el cigarro los justicias, el tumbado seguia igual.
– Bueno, creo que ya ha estado bien. Este no amanece. Voy a ver si hay algun Peinado y nos ayuda a llevarlo.
– Venga. Te esperamos.
«Cada dia cosas nuevas. Pero un hombre con la cara meada no habia visto nunca. Y un
Iba diciendose
Apenas llego al solar del viejo molino, sono una voz entre los arboles:
– Pero hombre, Manuel, ?que hace usted por este Guadiana jubilado?
Era Eladio Peinado, con su hermano Anselmo, el catedratico y astronomo.
Despues de cambiar saludos, les conto
– Pues nosotros no hemos visto ni oido pasar a nadie por aqui.
– Habra sido mientras echabamos la siesta.
Plinio iba delante sin hacer preguntas, de momento.
El Toledano estaba panza arriba, como quedo despues del registro, despatarrado, y con amago de sonrisa.
Lo estuvieron contemplando todos un rato y haciendo suposiciones nada esclarecedoras, hasta que por fin decidieron llevarlo a la casa de
– Venga, a la una, a las dos y a las tres.
– Aunque somos tantos, pesa lo suyo.
– Estos
– No tengais miedo que se vaya a despertar por mas que lo movamos -dijo don Lotario-. Despues de irte tu, Manuel, le he hecho mas cosquillas, y le he tirado pellizcos, y que si quieres.
– El que no se despierta cuando se mean encima de el, no se despierta nunca -dijo una de las mujeres.
– No seas malaguera, que el tio esta vivo y caliente -le replico su marido.
– Creo que antes de meterlo en el coche convenia dejarlo un rato en una cama para ver si se anima - aconsejo Eladio-. ?Te parece, Manuel?
– Como querais… Era por no molestar.
El Toledano, con la cabeza caida hacia atras, daba una especie de ronquidos gorgoritosos.
– Con la boca abierta, y con el meneo, ronca -dijo Anselmo.
– Venga -dijo otra de las senoras-, dejadme que le sujete un poco la cabeza al pobre.
Y se puso tras el cruzandole las manos bajo el cogote.
Al llegar a la puerta de la casa lo dejaron en el suelo.
– Venga, chicas, abrid las puertad de par en par para que podamos entrarlo. Y preparad una cama bien fuerte.
– Si, aqui en la de hierro.
– Ya esta.
– Venga, vamos al ultimo viaje.
– Pero que gafe esta esta…
– A una, a dos, a tres…
Lo tomaron entre casi todos los presentes por donde podian, y lo entraron en la habitacion que estaba en el mismo portal, y dejaron caer sobre una cama muy ancha, de hierros dorados, que habia en la penumbra. Se le quedo alzada la pernera del pantalon y se veian petalos de flores de hinojo pegadas a los calcetines granate.
Ya bien posado en la cama, Manuel Garcia solto un suspiro muy profundo y reasomo la sonrisa de gusto, como si apreciara la comodidad del colchon o viera entre suenos algo de muy buen color.
– ?Y usted, don Lotario, que cree que puede ser esto? -le pregunto Emilio.
– Ni idea. Mis enfermos, cuando los tenia, tal vez por ser irracionales, no tenian males tan gustosos.
