– Me suena que falta algo… Pero eso es cosa tuya.
– Tu, tocayo, si que siempre estas en lo tuyo.
– Eso, en lo mio, en el sentido comun.
El Toledano quedo callado. Don Lotario, frenando, se arrimo a la acera del Casino de San Fernando. Se bajaron los tres.
– ?Quieres una cana, Manuel?
– Gracias, voy a hacer un recadillo… Y muchas mas gracias por todo. De verdad, senores, que no tengo nada mas que decir.
– ?Ni siquiera por que parte de tu paseo, poco mas o menos, perdiste el sentido, te llego el sueno o lo que fuera?
– Ni eso. Uno nunca sabe en que momento se queda dormido.
– Pero si donde.
Toledano, ya fuera del coche quedo mirando a Plinio con los ojos muy severos.
– Gracias otra vez y hasta luego.
Cuando cerro la puerta don Lotario, y
– Has estado un poco duro con el, Manuel.
– ?Conque un poco duro? ?No se ha fijado usted en la cara de mentiroso que ponia a ratos?
– ?Entonces que piensas que ha pasado?
– No se, pero cualquier cosa, ademas de lo que ha contado.
– ?Tampoco crees que le ha sorprendido encontrarse dormido en la casa de
– Eso si. Me refiero al arranque de todo.
– ?Y que interes puede tener en ocultarlo si no ha pasado nada malo?
– ?Ah! Y que don Lotario este. Y yo que se.
Capitulo II
Aunque el sol estaba ya a ras de chimeneas, y rojizo, en la terraza del casino la gente se panueleaba el sudor y tomaba refrescos.
En los balcones de la plaza, tras persianas y cristales, bullian ojos, labios y manos.
– No se por que se casa la gente con estos calores.
– Si, Manuel…
– El pasarse la noche de bodas sudando, no convida.
– A lo mejor en cueros, con la ventana abierta y la luna a estreno…
– Perdon, don Lotario, pero no se que tenga que ver la luna, aunque tiene color de frio, con la temperatura.
Unos pajaros repentinos volaban en redondones sobre los arboles y las invitadas que echaban sonrisas al aire.
– ?Te acuerdas? Hasta los anos treinta o asi hubo un sacristan, Paco, que llevaba cuenta de todas las bodas que se habian celebrado en la parroquia desde su fundacion.
– Tambien de los bautizos y entierros.
– Ya, ya. Llevaba al dia las sumas de los archivos parroquiales.
A pesar del calor y por ello tanto paisano ausente, habia curiosidad en el pueblo por aquel matrimonio. Pues el novio, Jose Lorenzo, aunque hijo y oriundo de alli, vivia fuera desde que estudio; y ella era de Oviedo, nada menos. Contaban que Jose Lorenzo habia hecho cuestion de honra casarse y enterrarse donde nacio. Se lo puso por condicion a la asturiana y ella trago porque entre la solteria y Tomelloso prefirio este.
Pero despues de darle este primer gusto, nada. Ya vereis. Que uno siempre acaba siendo de la tierra de su mujer, comentaban los listos.
– Tambien contaba Paco el sacristan que como en aquellos tiempos las bodas duraban bastante, a algunos novios, por los nervios del ceremonial, les daba el rayo liquido, y era de verlos vibrandillo la pierna con disimulo para contener la fuente durante las bendiciones.
– Es verdad, tanto rato de pie, entre curas, suegros y novia debe alterarse mucho la espita.
– ?A ti te la alteraron, Manuel?
– ?Quien se acuerda! Pero yo siempre fui bastante tranquilo de piernas y muslo, y no como el doctor Federico.
– Debia ser gracioso, Manuel, que en el momento de preguntarle a uno si queria a la Milibia por esposa, a la vez que el «si» a la boca le llegase el chorrete calenton por la pernera.
– Que imaginaciones tiene usted, don Lotario.
– Las que no cuenta nadie y a todos nos llegan en los ratos mohinos. Los mejores… Que siempre estamos diciendo ecos.
El coro de los pajaros echaba sus pios agudisimos contra las piedras doradas de la iglesia.
Y de pronto, sin saber de quien, sono una carcajada ruda y aspirante.
– Hay carcajadas que matan, Manuel -dijo don Lotario mientras con una mano se hacia aire con el periodico y, con la izquierda, muy finamente, se rascaba los
– Son
– Diras la calina que nos juliea, que todavia no llego el de «frio el rostro».
Ya esta ahi el novio, ya esta ahi el novio, comenzo a oirse.
Muchos se pusieron de puntillas, y algunas mujeres se subieron en los bancos.
– Las boinas no dejan ver al novio -dijo un panza que habia junto a ellos, subido en una silla de hierro y casi tapando el asiento con sus pies grandisimos.
– Pero si va de uniforme -les voceo a
– ?Con uniforme de que? -pregunto desde abajo uno que tenia voz de sordo.
– De ingeniero, de lo que es.
– Pues ?sabe lo que le digo, Manuel?: que igual que embaularon las sotanas debieran hacer con los uniformes de civiles.
– Eso esta bien, las cosas como son -coreo don Lotario, guinandole el ojo a
– Yo soy municipal, no civil -dijo
– Pues si que trae el novio acompanamiento -proclamo el panza desde su altura.
– Acompanamiento de bacines sera, porque el, aqui, de familia, poca. Solo le quedan dos hermanos: Felipe el de la Agencia, casado con la Recinta; y la Rosa, que lleva treinta anos diciendo que va a ser monja, pero de las dos misas diarias y de confesarse con todos los curas cada vez que abren el armariete no pasa.
– ?Ay!, que don Lotario este -dijo el de los piezacos y la panza, sin dejar de mirar al publico- y que leche mas bailona tiene.
Plinio cabeceo gracioso por lo de la «leche bailona» y el veterinario encogio los hombros como satisfecho de que el dicho le hubiera gustado a Plinio.
Cada momento estaba la glorieta de la plaza mas repleta de convidados con corbata, sudorcillos de tetas y sequedades de boca.
– Quien tuviera tanta vista como para ver cuando se convierte un pelo en cana… Porque muchos se convierten de repente, seguido, sin pasar por el gris de entre tiempo. Ahora mismo, entre todos los que estamos aqui,
